La vida en una prisión de mujeres

Fuente: ITAR-TASS

Fuente: ITAR-TASS

Durante las últimas semanas la atención de los medios de comunicación y los activistas defensores de los derechos humanos en Rusia se ha centrado en el estado de los centros penitenciarios de mujeres. El motivo ha sido la huelga de hambre que inició la componente del grupo Pussy Riot, Nadezhda Tolokónnikova. Algunos expertos y testigos creen en la necesidad de humanizar el sistema penitenciario, aunque no opinan que la situación sea crítica.

A principios de la semana pasada, Tolokónnikova escribió una carta abierta en la que exponía casos de hostigamiento sobre algunas mujeres que se encuentran en prisión y declaraba que la dirección del centro la amenazaba. La joven se declaró en huelga de hambre. La dirección del centro penitenciario asegura que no hubo ninguna amenaza y que la vida entre rejas en Mordovia apenas se distingue de la de los centros análogos en otras partes del país. Los miembros del Consejo Presidencial para los Derechos Humanos iniciaron una investigación.

Un corresponsal de Rusia Hoy ha estado en uno de los centros penitenciarios para mujeres en la región de Ivánovo, parecido al centro en el que se encuentra Tolokónnikova.

Junto a una alta valla de hierro, mordiendo sus correas, tres grandes perros ladran hacia una fila de mujeres. Estas, sin decir una palabra, se detienen. La valla separa las barracas de la prisión del taller de costura.

- ¡Abrid las bolsas, rápido! – grita una centinela.

Obedeciendo, todas abren sus estropeadas bolsas de plástico en las que llevan calzado y el uniforme para el taller. La guarda se acerca a cada una de las reclusas y revisa sus bolsas. Las mujeres pasan por este ritual dos veces al día: al ir al taller y al volver de este.

- Esto es para comprobar que no se llevan nada del taller, - comenta la vigilante. – Las mujeres son más violentas que los hombres. Intentan llevarse algo a su habitación para atacar a su compañera.

Sin embargo, en este centro los ataques entre compañeras no suceden a menudo. En las celdas de la prisión de las paredes cuelgan unos trapos grasientos, y el largo pasillo, chirriante por la humedad, está lleno de cuencos con la ropa interior en remojo. “¿Qué habéis puesto aquí? – grita la guarda. – Iréis a una celda de castigo por esta falta de higiene”.

Una chica, saltando de su cama, corre hacia el pasillo y esconde el cuenco bajo la cama. Otra presa se apresura hacia la fuente en el patio y enjuaga en el agua fría su ropa interior y el cuenco. La situación recuerda a una residencia femenina soviética, en la que cada año se llevaba a cabo una reforma pero a los pocos meses la humedad volvía a aparecer en las paredes, y los suelos de madera podrían a una gran rapidez.

Según las normas, todas las internas deben trabajar en el taller de costura. Las mujeres de origen gitano se sientan en una mesa aparte. A ellas no les permiten usar las máquinas de coser. Utilizan tijeras, recortan los hilos que sobresalen de las costuras. Casi todas ellas cumplen condena por tráfico de drogas. En los últimos años su número se incrementa constantemente.

- Cuando es día de visitas viene todo un campamento gitano, pero sólo dejamos pasar a los parientes más cercanos. El resto se queda fuera de la valla festejando y cantando canciones, - nos cuenta la centinela.  

Las condiciones de trabajo en prisión

Con sus faldas azules por debajo de las rodillas, sus anchas chaquetas sin forma y sus pañuelos blancos, todas las reclusas de la prisión de Ivánovo parecen iguales. Entre la masa general de chicas que trabajan en el taller de costura de la prisión únicamente se distingue la joven Alina, de 20 años. De su pañuelo asoman unas rastas pelirrojas y en su nariz y sus cejas se perciben los huecos que han dejado los piercings – un recuerdo de su vida en libertad, en la que Alina salía incansablemente de fiesta y acudía constantemente a conciertos de rock y discotecas de música electrónica.

“No podía ni imaginarme que iba a acabar aquí, entre estas mujeres mayores reincidentes. Esto es una pesadilla, - reconoce Alina. – En las barracas hace mucho frío. Pero lo peor es que se forman grupos de mujeres y tienes que mostrar una gran firmeza para poder aguantar. Estas mujeres colaboran con la administración, así les es más fácil controlar al resto”.

En libertad, Alina estudiaba Química en la universidad y en su tiempo libre vendía drogas blandas en las discotecas. Fue condenada a tres años por tráfico de drogas y su vida cambió: pasó de ser una chica frágil a convertirse en una auténtica roca, siempre en guardia.

-Pero los meses de mayor tensión fueron los seis primeros, ahora he logrado imponerme más o menos, - comenta Alina.

Alexander Egórov dirige el centro de rehabilitación social más antiguo de Rusia. Nos cuenta que las mujeres apenas acuden a estos centros y que estas no suelen volver a caer entre rejas. “Hemos dejado prácticamente de trabajar con mujeres, aunque nuestra ayuda tampoco les es demasiado necesaria. En general, las mujeres constituyen un pequeño porcentaje de los presos, un 20%, y apenas tienden a reincidir, - explica Egórov. -  Y si son reincidentes, estamos hablando de personas incorregibles con las que no se puede trabajar. En un año, a nosotros han acudido unas pocas chicas. De todos modos, la administración de San Petersburgo planea crear un centro especial para ellas”.

María Kannabij, presidenta de la Fundación Benéfica de Ayuda a los Presos y miembro de la Cámara Pública de la Federación Rusa, comenta que existen realmente muchos problemas en los centros penitenciarios y los activistas hablan de ello a menudo. 

“Por supuesto, Nadezhda tiene razón cuando declara que el sistema penitenciario debe ser mejorado, volverse más humano. Pero, por desgracia, hay muchos centros con problemas. En muchos centros los reclusos trabajan más de ocho horas al día. Pero únicamente se puede trabajar en un tercio de los centros penitenciarios rusos, y existe una gran competencia entre ellos para ganar los concursos públicos”, aclara Kannabij.

La experta explica también que algunos reclusos trabajan unas diez u once horas al día, pero a cambio de ello reciben un salario equivalente al del personal contratado de estos centros. “He hablado con estos presos, cobran un salario de 7.000 rublos (215 dólares), más o menos lo mismo que los empleados del comedor. Sin embargo, los presos trabajan bajo coacción y es complicado conseguir de ellos testimonios verídicos”.

En los medios de comunicación han aparecido noticias que informaban de que los presos cobran en realidad muy poco dinero, pero en el Sistema Penitenciario Federal nadie ha querido hacer declaraciones al respecto.

Además de los trabajos de costura, las mujeres recluidas en prisión se dedican a tejer muñecas y pintar matrioshkas. En total, según Kannabij, en las prisiones de Rusia existen unas 58.000 mujeres.