El fenómeno de “irse al bosque” en Daguestán

¿Por qué hay jóvenes en el Cáucaso Norte que se alistan en las filas de los grupos islamistas armados? Fuente: Reuters

¿Por qué hay jóvenes en el Cáucaso Norte que se alistan en las filas de los grupos islamistas armados? Fuente: Reuters

La expresión “irse al bosque” es muy utilizada en los medios de comunicación rusos para referirse al hecho de alistarse a las bandas armadas ilegales que actúan en la región del Cáucaso Norte. Concretamente en la república de Daguestán, una de las zonas más complejas de la Federación de Rusia desde donde a menudo llegan noticias de asesinatos, atentados terroristas, tiroteos u operaciones antiterroristas que combaten una insurgencia armada muy heterogénea, los motivos que empujan a dar el paso a “irse al bosque” son muy variados.

En algunos casos la violencia que azota la región tiene un tinte islamista por los vínculos de parte de la insurgencia armada con el Emirato del Cáucaso, liderado por Doku Umárov, u otros subgrupos que luchan por la creación de una república regida por las leyes islámicas de la sharia. De todas formas, la mayoría de expertos coinciden en que además de la insurgencia armada que se recubre ideológicamente con el escudo del salafismo, movimiento sunnita que aboga por el retorno a un Islam más puro, hay otras estructuras criminales.

En este contexto,  preocupa especialmente la huida al bosque para engrosar las filas de la insurgencia armada de jóvenes que profesan la corriente salafista del islam (en contraposición al islam sufí, tradicional en la región) y que a menudo son víctimas de reclutamientos por parte de las estructuras criminales. Además, en Daguestán muchos salafistas que aseguran no haber tenido ningún contacto con la insurgencia armada son víctimas de persecuciones, detenciones e interrogatorios por parte de las estructuras de seguridad. Las actuaciones policiales arbitrarias o el deseo de venganza en algunos casos empujan a los jóvenes a radicalizarse.


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Denís Sokolov, director del centro de investigación Kavkavski tsentr proyektnikh reshenii, constata que “la división que se establece desde círculos económicos y políticos entre el islam que es amigo del Estado, el tradicional; y el que es enemigo radical, político, el no tradicional, es muy peligrosa”. Este experto lamenta que “de esta forma algunos de nuestros conciudadanos caen automáticamente en la lista de enemigos del Estado, por su audacia, por su verdad o por sus convicciones”.

En cierto modo el salafismo se ha convertido en una religión de protesta para los jóvenes nacidos en el caos que derivó tras la desintegración de la Unión Soviética y que no encuentran su sitio en una sociedad dominada por la corrupción y donde la situación socioeconómica es muy compleja.

Sokolov explica que hay distintos motivos que empujan los jóvenes hacia el bosque. “En primer lugar, el miedo, la humillación y la no aceptación de la realidad. En segundo lugar, la falta de otras estrategias y la ilusión de que se trata de una salida digna de la situación que les rodea. En tercer lugar, la existencia de una ideología de lucha contra un Estado imperfecto, y no solo la ideología sino también un lugar que se llama “bosque”, aunque en realidad a veces se trate de un pueblo concreto o incluso de Moscú”, resume el experto. Además, para Sokolov el negocio que se ha creado alrededor de “los del bosque” está muy lejos de los ideales románticos pero a menudo no hay camino de vuelta.  

Falta de perspectivas

Murtazalí Magomédov, responsable de política juvenil en la comarca daguestaní de Gunib, considera que los jóvenes que se van al bosque lo hacen “buscando aventuras y dinero, por conflictos con el poder o para justificar su pasado y presente criminales bajo la cobertura de la religión y de unas actividades supuestamente misericordiosas”.

Dzhabrail es un joven de 21 años de la ciudad de Jasaviurt que sí que consiguió regresar del bosque gracias a la ayuda de la Comisión de adaptación de los guerrilleros de Daguestán, que funcionó desde noviembre del 2010 hasta marzo del 2013 haciendo de mediadora de los guerrilleros dispuestos a abandonar las armas. Dzhabrail, que aceptó ser entrevistada pero prefiere que su apellido no se publique, está casado, tiene dos hijos y trabajaba de soldador en un negocio de su tío pero los 12.000 rublos (unos 400 dólares) que cobraba no eran suficientes para mantener a su familia.

Dzhabrail explica que el rechazo a la realidad que le rodeaba y la falta de perspectivas sociales y laborales le impulsaron a ir más a menudo a la mezquita. Otro factor en Daguestán es que el Ejército ruso recluta pocos jóvenes del Cáucaso y hay muchos a los que les gustaría servir porque consideran que defender la patria es una forma de crecer como hombre y, además, el servicio militar es un requisito para optar a determinados trabajos. Dzhabrail es uno de esos a quiénes le hubiera gustado hacer el servicio militar.

Dzhabrail cuenta que “en la mezquita conocí a un miembro de la insurgencia armada que me explicó que si me iba a luchar por el islam y moría, inmediatamente me convertiría en un mártir e iría a parar al paraíso”. La no aceptación de la realidad en la que vivía, las ganas de descargar adrenalina y las frases que le habían inculcado le impulsaron a irse al bosque y estuvo en un campamento de la insurgencia armada durante tres meses el verano del 2012. Un año después Dzhabrail recuerda que enseguida se arrepintió y que en el bosque pensó que en Daguestán todos eran musulmanes.

En el caso de este joven y sus amigos sí que hubo camino de regreso. Habían desarticulado el campamento y a ellos les ofrecieron trasladarse a la vecina Chechenia pero lo rechazaron. Un día oyeron las voces de parientes que les estaban buscando y a través de la ayuda de la Comisión de adaptación regresaron a la vida civil. A Dzhabrail le acusaron de haber participado en las bandas armadas ilegales y de posesión ilegal de armas pero como se demostró que no tenía las manos manchadas de sangre le amnistiaron y en pocos días regresó a su vida anterior.

La Comisión de adaptación de guerrilleros de Daguestán, junto con otros métodos empleados por el anterior presidente, Magomedsalam Magomedov,  contribuyeron a que muchos insurgentes armados se entregaran y al diálogo entre salafistas y sufís. Con la llegada del nuevo presidente de Daguestán, Abdulatipov, se cerró la Comisión, se creó una nueva organización, la Comisión de la reconciliación y el acuerdo, que además del terrorismo también se ocupa de conflictos sociales.  Durante el 2013 se ha constatado un endurecimiento de los métodos para combatir el terrorismo.

Alí, que no quiere que su apellido sea publicado por motivos de seguridad, es un joven de 20 años que hace un año cambió de vida y se dedica exclusivamente al estudio del islam. Se adentró en el salafismo: acude regularmente a cursos a la mezquita, abandonó la música, se dejó barba, considera que todas las mujeres musulmanas solo pueden tener el rostro y las manos descubiertas y no acude a celebraciones donde haya música y alcohol. “El primer conflicto siempre es con la familia, porque creen que entre dejarse la barba e irse al bosque solo hay un pequeño paso, pero nuestra religión es pacífica”, explica el joven. Alí asegura que sus conocidos que se han ido al bosque “lo han hecho de forma voluntaria, consideran que tienen que luchar por la yihad de Daguestán aunque yo creo que aquí no se dan las condiciones para justificarla, ya que no nos atacan, como está pasando por ejemplo en Siria, de momento solo existen desacuerdos religiosos”.

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