Los agujeros de Beslán

El 1 septiembre de 2004 se produjo el asalto de la escuela número 1 de Beslán, en Osetia del Norte. Más de 1.000 personas fueron retenidas en el centro. El secuestro duró tres días. El ataque terrorista terminó cuando las tropas rusas entraron en el edificio. Hubo 335 víctimas, incluidos 186 niños.

 

Fuente: Robert Neu

Como una premonición, empieza a hacer un calor asfixiante en Beslán. Es el mes de septiembre de 2004. Día 1. Y primer día de escuela. Más de mil personas se han reunido para acompañar a sus hijos en el inicio de una nueva fase de su vida. Terroristas enmascarados, armados hasta los dientes con rifles automáticos, bazookas y explosivos, les tienden una emboscada y los toman como rehenes en la Escuela Secundaria nº 1. Durante tres días interminables, niños, maestros y padres viven prisioneros en un gimnasio. Después, explosiones y un tiroteo. Lo que debía haber sido una celebración de la vida terminó con más de 300 muertos.


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El nombre de Beslán siempre estará ligado a una de las peores atrocidades cometidas en toda la historia de la humanidad.

Agotado y muerto de sed, entro en la tienda de comestibles de Borís en Prospect Kosta. Estamos en Vladikavkaz, capital de Osetia del Norte. El calor sofocante no me ayuda a tener buen aspecto, precisamente: mi camisa está sucia y empapada en sudor. Un hombre de pelo gris aparece desde el almacén. Es Borís. Vive en Beslán y va a enseñarme la ciudad.

Conducimos a través de la estepa osetia, dejando atrás las altas cumbres del Cáucaso. Borís me invitó casi inmediatamente y su mujer asintió, como si se tratase de un asunto ya decidido. Me monto en un Lada rojo sin asientos, cerca de la ventanilla.

Giramos hacia la calle de Borís. Muros de ladrillo rojo guardan los patios de esta ciudad, sus barbacoas, sus hogares y jardines. Una parra trepa hasta la ventana de su salón. Su anciana madre me toma de la mano y me da las gracias por ser su huésped ese día. “Siéntate, come”. Llama a su hija: “Venga, dales de comer a nuestro huésped y a tu marido.”

 

La fotógrada Oxana Yusko realizó una serie de retratos, con escolares que tienen una edad similar a las de las víctimas del ataque. Geor Tejov, 8: 
"Mi nomnbre es Spider-Man, salvo la ciudad, protejo a mis amigos, madre, padre, abuelos...Me encanta ser Spider-Man. He terminado."

Los osetios no han cambiado un ápice su hospitalidad desde el atentado terrorista del 2004. Borís me ofrece un vaso de licor. “No podemos emborracharnos, pero hay que seguir la tradición.” Pela un diente de ajo, parte pan y brinda. Suena una melodía, un himno de alabanza dedicado a la hospitalidad, a los extraños cuya presencia trae abundancia a una casa. Además de mis huellas polvorientas, tengo que dejar algo.

Emocionado, hago mío el sentido gesto y me estremezco cuando el aguardiente me quema garganta abajo, dejando una estela amarga. Después de tres chupitos, se acaban las exigencias de la tradición.

“Cuando oí los primeros disparos, cuando esos cerdos terroristas destruyeron todas nuestras esperanzas, nuestro futuro, cuando tomaron como rehenes a nuestros seres queridos, cogí mi fusil. Mis niños estaban en el patio, que Dios los guarde. Mis hijos, carne de mi carne, mi esposa, mi madre, todos estaban a salvo.”

Permanecieron tras el muro de ladrillo y las parras. Tres días de estar agachados y evitar la calle. Reinaba el caos. Hombres armados, soldados y ciudadanos, por todas partes. ¿Y quién podía decir que entre ellos no había terroristas? “Algunos salieron de la escuela. Eso dicen. La escuela estaba patas arriba por las armas y el caos. No sabía qué pasaba. No dormía, no lloraba, no comía. No viví durante tres días. Solo podía mirar al vacío y cuidar de mi familia.”

Grandes paneles de madera cubren las ventanas de la Escuela Secundaria nº 1. Abrimos una puerta de hierro y entramos en el patio. El guarda dormita en la caseta. Lo despertamos antes de deslizarnos silenciosamente hacia el gimnasio en ruinas. Hay animales disecados en todas las esquinas. Una gran cruz. Botellas de agua. Durante tres días no hubo agua. Una canasta de baloncesto como un memento.

Beslán parece un lugar bien cuidado. Recorremos la ciudad en bicicleta. El asfaltado es reciente y sólido. “Todo eso se ha pagado con el dinero que recibimos como compensación”, explica Borís. Pero no hay dinero que pueda pagar un sufrimiento así. ¿Ventanas nuevas y una verja? Un cambalache grotesco por padres, niños, parientes y amigos.

Después, pasamos con el coche enfrente de la nueva mezquita, de las casas restauradas, de camino al cementerio. Unos niños gritan jugando a la pelota en un nuevo parque que se extiende enfrente de nosotros. Sin duda, los campos de tenis más modernos al sur de Moscú están en Beslán. Todo está iluminado por focos; quizá están tratando de aliviar la oscuridad del pasado de este lugar.

“¿A qué llamas normalidad?” pregunto a Borís. Acaricia una lápida. Podría haber sido la de sus hijos. Medita. Las tumbas de mármol se extienden en la distancia.

“Hemos perdido muchas cosas, pero todavía hay futuro para nuestros niños”

La tienda de Borís le ha permitido enviar a su hija mayor a la Universidad en San Petersburgo. “He venido al cementerio cientos de veces, a rendir homenaje a amigos y conocidos. Aquí nunca habrá normalidad. Cada piedra representa un agujero en nuestros corazones y en nuestras almas”. Han tratado de tapar todos los agujeros: asfalto en las calles, un monumento en el gimnasio. Han construido parques de juegos para protegernos del resentimiento, han puesto farolas contra la oscuridad. Pero los agujeros de las almas se hacen más y más profundos; se puede sentir en Beslán.

Borís me protege como un padre. Comparte conmigo sus historias y sus pensamientos, comparte su tiempo conmigo. Su familia no debe lamentar ninguna pérdida. Pero, aún así, puedo ver un abismo profundo bajo su rostro.

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