Cuando Natalia acogió a Stiopa

Historia sobre el proceso de adopción de un menor con movilidad reducida por parte de una familia rusa monoparental. Fuente: Pravmir.ru

Historia sobre el proceso de adopción de un menor con movilidad reducida por parte de una familia rusa monoparental. Fuente: Pravmir.ru

Stiopa estuvo a punto de dejar el orfanato en una ocasión: conoció a unos padres estadounidenses, le trajeron regalos y una maleta en la que el niño guardaría sus pertenencias antes de partir hacia su nueva casa. Pero justo antes del juicio en el que se debía decidir la entrega del niño a sus padres, se aprobó la ley Dima Yákovlev... y Stiopa se quedó en el orfanato.

Aún así, Stiopa tuvo suerte. A finales de mayo este niño, que apenas puede desplazarse en silla de ruedas, encontró en Samara una auténtica familia: una madre, que se llama Natalia Kazháeva, dos hermanas de trece y catorce años, una abuela e incluso un perro. Aunque sobre quién ha tenido más suerte, Stiopa o su madre de acogida, Natalia, se podría discutir: para ella su hijo es el mejor niño del mundo.

“En realidad, todo empezó hace más de veinte años. Con mi primer marido no tuve hijos y, después de someterme a largas pruebas y tratamientos, pensamos en adoptar un bebé. Pero todo se quedó en la intención. Durante mi segundo matrimonio nacieron mis dos hijas, con solo un año de diferencia. Cuando las niñas llegaron al mundo, la idea de adoptar un bebé pasó a un segundo plano. Pero pensaba en ello continuamente. Cuando veía películas o leía artículos sobre el tema, siempre tenía sentimiento de culpa; pensaba que el niño que debía haber adoptado estaba por ahí, en alguna parte. Diez años después, por desgracia, también se rompió mi segundo matrimonio...

Y cuando me quedé sola con las niñas, les hice una propuesta: “qué os parece si organizamos una familia de acogida y traemos niños a casa”.

Sin emociones innecesarias

Ahora, cuando la gente acude a mí en busca de consejo, y me piden que les cuente cómo adopté a un niño de acogida, les digo: “lo importante es no apresurarse, porque en estos casos no hay que dejarse llevar por las emociones”. Una vez que había decidido firmemente que me convertiría en madre de acogida, comencé a leer por Internet historias de padres que habían adoptado niños, a consultar foros de padres, en definitiva, traté de recopilar toda la información que pude. Al mismo tiempo empecé a mirar en diversas páginas web fotografías de niños que buscaban una familia.

Durante mucho tiempo nada me llamó la atención... Los niños  me miraban a través de la pantalla con sus ojos tristes y me daban mucha pena, pero eso es todo. Y de repente, en la página Otkazniki.ru, me topé con un crío. A través de la pantalla me estaba mirando un pequeño al que solo quería abrazar y no soltarlo nunca... pero al leer su ficha, me enteré de que el niño no podía caminar. Lo primero que pensé fue que no necesitaba un niño discapacitado, qué iba a hacer con él, lo mejor sería buscar un niño sano.

Pasé media noche llorando: entendía que estos niños no se diferencian de los niños sanos en nada y que necesitan una madre todavía más. Esa noche decidí adoptar definitivamente a ese niño. Poco a poco, fui hablando con mis hijas… Esto ocurrió en noviembre de 2012. A finales de diciembre, ya fui al servicio de acogida, recogí la lista de documentos que debía reunir y me apunté a los cursos para padres de acogida. En enero comencé con los cursos y la recopilación de documentos.

Y aún así seguía teniendo miedo, dudas, por lo que me tomé la recopilación de documentos con bastante calma. Y finalmente, el 17 de abril, me llama mi hija y me dice: “mamá, en la página web pone que a nuestro niño lo ha acogido una familia”.

Entonces pensé que un niño discapacitado no era para mí y, como los documentos ya estaban casi listos, pensé en acoger a un niño sano de Samara. Escribí a una voluntaria de la fundación ‘Voluntarios por los huérfanos’ para explicárselo. Ella me envió tres enlaces: “si usted está dispuesta a acoger a un niño discapacitado, mire a estos tres pequeños”. La primera página era la de Stiopa. Simplemente se la enseñé a las niñas y las tres gritamos a coro: “este es NUESTRO niño”.

El encuentro

El inspector del servicio de acogida llamó al orfanato, donde nos estaban esperando. Todos los niños se fueron a dormir y Stiopa se quedó sentado con un grupo en su silla de ruedas: pequeño, solitario y muy triste.

Cuando le dijeron que tenía visita, la tristeza de su rostro se transformó en una extraordinaria alegría y en sorpresa: “¿seguro que es para mí?”. Y al mismo tiempo se mostraba ansioso, porque esperaba que el cuento se acabara, sabía que su visita se marcharía.

El primer día, cuando fui con Lena, la voluntaria, el niño se lanzó a nuestro encuentro. Se sentó en mis brazos y me dijo: “mamá, te estaba esperando”. Después se sentó en los de ella y le dijo: “mamá, te estaba esperando”. Los niños de los orfanatos se lanzan así a todo el mundo. Mientras estábamos paseando con Stiopa, entró un hombre y el niño se le acercó: “papá, te estaba esperando”.

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A las otras visitas fui sola. Y el jueves, cuando se firmó la aprobación, el tutor preparó los documentos y volvimos a ir Lena y yo. Entonces yo ya era su madre.

Un mundo nuevo

En todo el viaje hasta Samara, que duró más de un día, Stiopa no durmió nada. Seguramente a causa del estallido de emociones y a las numerosas impresiones que estaba experimentando. Además, le daban mucho miedo los trenes. Cuando veía pasar otros trenes a toda velocidad por la ventana, se me acercaba como un gatito asustado, temblando de miedo.

Los primeros días en casa, Stiopa iba y venía con los ojos desencajados; todo le sorprendía, incluso un paseo cerca de nuestra casa se convirtió en un acontecimiento. Y al acercarnos a un parque convencional, estaba tan confundido, que casi no pude hacer un par de fotos en las que estuviera sonriendo.

Ahora cada día aprende algo nuevo, descubre realidades que hasta ahora no le eran familiares y que un niño con familia conoce desde la edad más temprana.

Por ejemplo, Stiopa antes no iba nunca en transporte público. Cuando nos sentamos por primera vez en un autobús, se puso a tocar y a saludar a todo el mundo. Pero es tan positivo, tan brillante y sincero, tiene una sonrisa tan conmovedora, que todos los que le rodean comienzan también a sonreír.

Ahora viaja en transporte público sin problemas. Literalmente ayer Stiopa ‘trabajó’ de cobrador en el autobús: le pasó al conductor el dinero de los billetes y luego entregó los billetes a la gente; estaba tan feliz... Todo el mundo sonreía al verlo.

Y le encanta ayudar en casa, suele decir: “yo soy tu ayudante”. Han pasado dos meses y mi hijo ha cambiado tanto que está irreconocible: ahora tiene una mirada segura, concentrada, y lleva los hombros erguidos. Desde fuera ya parece un niño convencional, con familia.

Nuestras dificultades

Es evidente que la salud de Stiopa requiere una atención continua. Ahora está recibiendo un tratamiento en el Centro de rehabilitación de Samara. Además tiene sesiones con el logopeda y con el psicólogo. El 12 de agosto iremos al hospital para que le operen la pierna. Después llevará una escayola durante varios meses… y más adelante volverá a empezar con la rehabilitación.

Es imposible trabajar con un niño así; resulta que ahora mi trabajo es ser madre. Aunque en Samara las asignaciones que reciben los padres adoptivos son muy pequeñas: para mí y Stiopa recibo poco más de 12.000 rublos (274 euros).

Si no fuera por la solidaridad de algunas personas, sería muy difícil. El tratamiento en el centro de rehabilitación cuesta 115.000 rublos (2.632 euros), que ha pagado una fundación benéfica, y otros voluntarios han pagado los zapatos ortopédicos, 6.000 rublos (137 euros).

Nos hemos encontrado con un serio problema, y es que no tenemos coche. Porque desde que llegó a casa, el niño ha ganado en los primeros seis meses cinco kilos, y si al principio podía llevarlo sin problemas, ahora resulta muy difícil salir a alguna parte. En definitiva, estamos prácticamente atados a casa. Es un problema para el que no estaba preparada, no sabía que todo esto sería tan difícil sin tener un coche.

Estoy deseando acoger a otro niño con parálisis cerebral; hace tiempo que sigo su recorrido con ayuda de la página Otkazniki.ru ¿Por qué he decidido adoptar otros niños con discapacidades graves? Simplemente, he descubierto un mundo completamente diferente. Cuando lees en el foro las historias de estos niños, entiendes que solo tienen dos caminos: una familia o una residencia de discapacitados por el resto de sus vidas. No hay más opciones. Como dijo Lena, la voluntaria que me ayudó en Moscú: “da la sensación de que la casa está en llamas, hay miles de niños y tú solo puedes llevarte dos o tres. Y todos tiran de ti…” Y si no hubiera acogido a Stiopa solo por su enfermedad, prefiriendo así a un niño sano, ¿en qué me diferenciaría de los padres que dejan a los niños enfermos en el hospital?

Texto completo en ruso con fotografías.