“En todo el mundo aumenta la conciencia de pertenecer a una nacionalidad”

Vladímir Grusman, director del Museo Ruso de Etnografía. Fuente: ITAR-TASS

Vladímir Grusman, director del Museo Ruso de Etnografía. Fuente: ITAR-TASS

Vladímir Grusman lleva casi 40 años trabajando en el Museo Ruso de Etnografía y más de 15 dirigiéndolo. Su tarea le ha permitido convertirse en un gran conocedor –y defensor- de la diversidad cultural de la Federación Rusa. Puede presumir, además, de ser uno de los primeros turistas rusos que descubrió España. Por eso, Rusia Hoy ha podido aprovechar el descanso vacacional para entrevistarle en Valencia.

¿Qué es lo que un visitante no puede dejar de ver en el Museo Ruso de Etnografía

Es una pregunta complicada de contestar porque el museo tiene un fondo de 750.000 piezas, de las cuales solo hay espacio para exponer un máximo del 10%. Por eso, me resulta muy difícil decir qué es lo que tiene que ver un visitante. Lo importante es mostrar que la cultura rusa es muy diversa. Suelo decir que mostramos las culturas de los pueblos de Siberia al Cáucaso. 

¿Usted diría que Rusia se siente orgullosa de su diversidad cultural?

Sí, claro, hace siglos que lo estamos demostrando. Rusia es un país que tiene una cultura euroasiática. La cultura europea y la asiática confluyen en Rusia y estamos orgullosos de esta diversidad desde hace siglos. 

Así, el viejo debate de si Rusia es Europa o es Asia, ¿para usted es ambas cosas?

Es Eurasia.

Desde el punto de vista geográfico, es evidente, pero ¿y desde el punto de vista de la mentalidad, de la cultura?

Esto es un asunto más complicado. En Rusia hay un término que es la patria pequeña. Casi cada habitante de Rusia tiene la conciencia de ser ruso –en el sentido de ciudadano de la Federación Rusa- y al mismo tiempo de pertenecer a su región o pueblo.

Quizás por eso en ruso existen dos palabras diferentes –'natsionalnost' y 'grazhdonstvo'- que permiten diferenciar entre la nacionalidad desde un punto de vista étnico y desde un punto de vista legal o administrativo. Eso permite que alguien pueda ser buriato o tártaro, según su 'natsionalnost', y a la vez ruso, que es su 'grazhdonstvo'.

Sí, pero tampoco es tan extraño. En Canadá,  puedes encontrar a alguien que diga que es ciudadano canadiense, pero al mismo tiempo quebequés, o en Bélgica, se puede ser belga y valón y lo mismo en Alemania, se puede ser bávaro o prusiano y alemán.

En teoría, esto es como dice, pero lo cierto es que, en la práctica, no es tan fácil gestionar la diversidad y los conflictos nacionales, la xenofobia y el racismo existen en Rusia y en el mundo.

Claro que no es sencillo. Problemas hay en muchas partes. En España, los hay con los vascos, por ejemplo. Es algo común a todos los países, ya que la toma de conciencia de los ciudadanos respecto a su pertenencia a una nacionalidad, como individuos y como grupo, es un fenómeno que va al alza y eso está ocurriendo en todo el mundo: en África, en América, en Europa…

Desde el museo pusieron en marcha un programa de promoción de la multiculturalidad y de lucha contra el racismo y la xenofobia. ¿En qué consiste y cómo está funcionando?

Trabajamos sobre todo con escolares. Les mostramos –no solo a ellos, también al resto de nuestros visitantes- las diferentes culturas que existen en el territorio ruso y les explicamos que la gente puede pertenecer a culturas diferentes; puede practicar religiones diferentes, aunque todas ellas convivan en un mismo país, incluso, en una misma ciudad. Por eso hay que conocer las diferentes culturas, porque cuanto más se conoce la cultura de la persona de al lado, menos fobias van a existir. El año pasado, 12.000 estudiantes participaron en este programa.

La aparición de las nuevas tecnologías, internet, las redes sociales ¿ha hecho que los museos cambien su manera de explicar el mundo?

Solo tiene que visitar nuestra web, con esto se responde la pregunta. Por supuesto, Internet nos ofrece muchas posibilidades. Por ejemplo, como el Museo Ruso de Etnografía colabora con el Museo de la Ilustración de Valencia, podemos poner un link que conecte ambas webs, de manera que nuestros visitantes puedan ver la exposición que se está haciendo en Valencia, o al revés.

¿No ve internet como una amenaza que pueda restar visitantes a los museos tradicionales?

No. Internet es como un pasillo, no es la casa entera.

También hay otro debate candente: si las obras de arte tiene que estar en los museos o deben exponerse en sus lugares de origen. ¿Cuál es su opinión?

Si todos los museos devolvieran sus piezas a sus lugares de origen, sería una tragedia. Sé que existe este debate, pero a mí me sugiere una pregunta: ¿en esos lugares de origen, se reúnen las condiciones para preservar y mostrar esas piezas como en un museo? Además, una pieza que entra en un museo da sentido a toda una colección, ya no es un objeto privado y aislado. También hay que tener en cuenta la seguridad. Si una pieza no se resguarda como es debido, alguien la puede robar y entonces la gente, los ciudadanos ya no pueden disfrutar de ese objeto que es un bien público.

El museo que dirige intercambia a menudo parte de su colección con otros museos. Ahí también hay un cierto riesgo.

Considero que el intercambio de piezas entre museos incluso de diferentes países es un enriquecimiento de la cultura muy importante.

¿Los museos y la cultura en general tienen que estar sustentados por la administración pública? ¿Hasta qué punto tiene que intervenir el capital privado?

Pueden cohabitar ambas fórmulas, siempre que haya un proyecto común bien definido. En Europa, por tradición y por conveniencia, el estado se implica en la financiación de los museos, pero los museos también tienen que ganar algo de dinero por su cuenta.

Grandes museos como el Louvre, el Victoria & Albert Museum, el Ermitage, son de pago. Pero además el museo tiene que ganar dinero con sus publicaciones, su programa cultural y científico. Creo que debe haber una proporción entre lo que da el estado y los ingresos que pueda conseguir el propio museo.

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