Campaña contra el fundamentalismo islámico en el Cáucaso

A la espera de los Juegos Olímpicos de invierno, las fuerzas federales rusas lanzaron este verano una importante campaña contra los insurgentes islámicos. Sin embargo, numerosas familias del Cáucaso Norte afirman que se han convertido en blancos aleatorios, lo que a su vez provoca el surgimiento de más jóvenes radicales.

A menos de seis meses del comienzo de los Juegos Olímpicos de Sochi, las fuerzas federales rusas lanzaron este verano una importante campaña contra los insurgentes islámicos fundamentalistas de Daguestán. En el Cáucaso Norte, numerosas familias del pueblo de Buinaksk, donde se ubica una gran base militar rusa, afirman que se han convertido en el blanco de operaciones militares.

Antes de julio, las autoridades detonaron explosivos en por lo menos tres casas particulares de Buinaksk. El director general de Asuntos Internos de Buinaksk confirmó que el allanamiento de viviendas es parte del importante Operativo Antiterrorista declarado en esa ciudad el pasado 1 de abril. Aparentemente, las explosiones se produjeron en el marco de esta campaña.

“No se presentaron documentos legales que justifiquen las explosiones", contó a Rusia Hoy Aisha Selimjanova, activista de la organización de derechos humanos Pravozashita.

Analistas y defensores de derechos humanos del Cáucaso sostienen que la campaña lleva el auténtico sello de esfuerzos anteriores que solo consiguieron radicalizar más a los habitantes.

Tazhuddin Kurajmayev, un paciente hombre de perilla color gris, es un ingeniero eléctrico con años de antigüedad en su profesión que trabaja en las oficinas de suministro eléctrico estatal de Buinaksk. Junto a él, sus compañeros de trabajo se apiñan para contar sus propias historias.

Kurajmayev cuenta que, en la mañana del 13 de mayo de 2013, sus vecinos lo llamaron al trabajo para informarle que su casa estaba sitiada. Kurajmayev volvió rápidamente a su hogar. Su casa estaba rodeada de vehículos de guerra y la policía exigía que su hijo de 24 años, Zaurbek Kurajmayev, saliera a la calle. La policía sospechaba que su hijo había ayudado a los insurgentes islámicos.

Kurajmayev convenció a la policía de que lo pusiera al frente de la formación de oficiales armados de manera que todos juntos pudieran ingresar a la vivienda. Cuando lo hicieron, vieron que su hijo Zaurbek estaba parado en la cocina, desarmado. Kurajmayev relató que la policía lo arrestó y, luego de allanar completamente la casa, los oficiales encontraron una pistola registrada. Sin embargo, ese no fue el fin del operativo especial. "Llegaron ocho francotiradores. Alguien llevó pesadas bolsas llenas de explosivos al interior de mi casa para volarla", afirmó Kurajmayev.

Kurajmayev logró defender su vivienda. Los oficiales de la Agencia de Seguridad Federal retiraron las bolsas con explosivos. Kurajmayev buscó a su hijo por tres días, hasta que lo encontró en el Comité de Investigación de la capital de Daguestán, Majachkalá, con moretones en sus muñecas y quemaduras en sus pies. "Gracias a Dios, a pesar de la tortura que sufrió, mi hijo no confesó haber estado involucrado en actos de terrorismo", dijo Kurajmayev.

Son incontables los padres del Cáucaso Norte de Rusia que viven con el constante miedo de que sus hijos se unan a los insurgentes del "bosque". El "bosque" es un término amplio para el Emirato del Cáucaso, una organización terrorista que intenta establecerse de forma permanente. En enero pasado, Zuleija Karanayeva, una mujer de contextura delicada de 41 años envuelta en un hiyab negro, se enteró de que su hijo más joven, Jan, se había unido a los insurgentes. La policía allanaba su casa cada dos semanas hasta una tarde reciente en que fuerzas especiales pidieron a todos los que se encontraban allí que salieran de la vivienda. Media hora después, Zuleija escuchó una explosión que voló la mitad de la fachada de su casa. "Todos los días le pido a Alá que mantenga a mi hijo con vida", dijo Zuleija hace poco tiempo en una entrevista que le realizaron en su casa parcialmente destruida.

A principios de este mes, el comandante del Emirato del Cáucaso, Doku Umarov, pidió a sus correligionarios, a través de un video subido a Internet, que participen en atentados en los Juegos Olímpicos de Sochi a llevarse a cabo en febrero de 2014.

“La violencia engendra violencia”, dicen los habitantes de Daguestán, una república de 2,9 millones de habitantes distribuidos en más de 30 grupos étnicos. La agencia de noticias Caucasus Knot, el único medio de comunicación masivo en Daguestán que intenta difundir información precisa e independiente sobre la violencia, afirma que en el año 2011 murieron 413 personas y que en 2012 las víctimas fueron 405. Muchos más han sufrido graves heridas.

En junio, las autoridades ordenaron arrestar a Said Amirov, alcalde de Majachkalá. Amirov se encuentra actualmente bajo custodia en Moscú: se lo acusa de haber ordenado asesinar a un investigador del estado, Arsen Gadzhibekov.

Los hombres bomba tienen como objetivo tanto a la policía como a agentes del servicio de seguridad, jueces, imanes y otros representantes de autoridades. Las guerrillas pelean una guerra separatista con el fin de constituir en Daguestán un estado islámico independiente con un sistema legal islámico. Hasta que ello ocurra, dicen, también luchan para que en la actualidad se cumpla con la ley islámica. Durante la primavera pasada, fueron diversas las bombas que se detonaron en Daguestán.

En el año 2010, la gestión del presidente Dmitri Medvédev incentivó la realización de negociaciones de paz entre los dos grupos suníes de musulmanes sufíes y salafistas. Los expertos independientes argumentaban por ese entonces que esa era la estrategia más razonable que había llevado a cabo el Kremlin en el Cáucaso Norte en la última década. Se legalizaron parcialmente los grupos islámicos fundamentalistas. En los últimos tres años, el líder muftí y sufí de Daguestán, Ajmad-Jaji Abdullayev, por un lado, y la asociación ahlu-Sunna de estudiosos salafistas, por el otro, entablaron un diálogo que se desarrolló a lo largo de numerosas mesas redondas. Por el temor a que se desencadenara una guerra civil, los musulmanes pacíficos firmaron una resolución de paz en abril pasado.

Con el objetivo de lograr el retiro de los insurgentes del bosque de forma pacífica, el entonces presidente de la república, Magomedsalam Magomedov, tomó la decisión de crear comisiones que pudieran reinsertar a los insurgentes del bosque en la vida civil. A muchos de los que se rindieron y recurrieron a la comisión se les permitió volver a sus hogares.

No obstante, Magomedov no resolvió los problemas empujando a los jóvenes hacia los bosques en primer lugar. Magomedov reforzó el sistema tradicional a través del cual se dividían las oficinas gubernamentales y se distribuían los subsidios de forma tal que cada clan étnico poderoso tuviera sus propios fondos provenientes de Moscú. Medvédev, ahora primer ministro, sostuvo que el problema clave de Daguestán eran los "monstruosos niveles de corrupción" y afirmó que estos eran la causa principal del conflicto.

Poco después de su regreso al Kremlin el año pasado, Putin decidió expulsar al presidente de Daguestán, Magomedov, y designó en su lugar a Ramazán Abdulatipov, un líder interino de Daguestán. Abdulatipov, ex senador del Consejo de la Federación y diputado de la Duma del Estado, era considerado un gobernante mucho más estricto. El año pasado, Moscú desplegó todavía más fuerzas armadas internas y vehículos blindados para su transporte a la región.

La nueva estrategia de ampliar la presencia militar y capturar a los terroristas en todas las regiones de Daguestán parece ser contraproducente, sostienen los expertos. "Nos preocupa que esta nueva política estricta pueda entorpecer el diálogo constructivo y no deje espacio libre para los salafistas moderados ya que podría dar lugar a una radicalización todavía más marcada", advierte Sokirianskaya.

Irónicamente, unas semanas antes de su arresto, Amirov admitió que no podía combatirse el terrorismo sin una guerra simultánea contra la corrupción. "Ya vendrán diez Amirovs más a ocupar su lugar", asevera el líder gremial de la policía y activista de derechos humanos Magomed Shamilov. “La única solución para acabar con el terrorismo sería lanzar una sólida campaña contra la corrupción”.

El conflicto en Daguestán a fondo

Después de la explosión de la maratón de Boston, los estadounidenses descubrieron que Tamerlán Tsarnaev, el checheno sospechoso de haber detonado la bomba y que acabó muerto en un tiroteo con la policía, había viajado a Daguestán durante la primavera pasada. De repente, la región volvía a aparecer en el mapa internacional, aunque solo unos pocos estadounidenses comprendían realmente cuál era el conflicto en la zona.

El conflicto, que abarca múltiples frentes, se centra en la lucha de la policía (conformada principalmente por musulmanes sufíes), los agentes del servicio de seguridad federal ruso, soldados y tropas del ministerio del interior, todos pertenecientes a diferentes etnias, contra grupos de criminales diversos y radicales islámicos. A fines de la Segunda Guerra Chechena que trascurrió entre 1999 y aproximadamente el año 2009, la mayor parte de la resistencia islámica se trasladó a la república vecina de Daguestán. Desilusionados por los niveles abrumadores de corrupción y desempleo, los musulmanes jóvenes se unieron al grupo más grande de los varios conformados por radicales islámicos.

Según los activistas de derechos humanos, la policía local y los servicios especiales, que empleaban en su mayoría personal sufí o no musulmán, respondían a la violencia con más violencia sin intentar distinguir a los musulmanes pacíficos de los radicales islámicos que participaban de la guerra. Las agencias de cumplimiento de la ley veían la palabra Wahhabi, una forma de Islam fundamentalista, como sinónimo de terrorismo. Los musulmanes conservadores que veneraban, como sostenían, al 'Islam puro', eran secuestrados, torturados en prisiones secretas y ejecutados sin intervención judicial. Estos brutales métodos avivaron la jihad. La estrategia del gobierno de oponerse al salafismo mediante el denominado Islam tradicional del sufismo impuesto no funcionó. Así, la juventud de Daguestán fantaseó con la idea de la guerra y apoyó a sus hermanos en la lucha en los bosques y las montañas.

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