Se festeja el Día de Rusia

Hace hoy 22 años que nació una nueva era para el país. Fuente: AP

Hace hoy 22 años que nació una nueva era para el país. Fuente: AP

Esta fiesta, señalada por los padres-fundadores de la nueva Rusia a imagen y semejanza del modelo norteamericano del Día de la Independencia, se ha convertido en un nuevo festivo veraniego y ha pasado a llamarse simplemente Día de Rusia.

Hace casi 20 años que este día es festivo en Rusia. El origen de esta fiesta tuvo lugar el 12 de junio de 1990, cuando el Congreso de los diputados de la RSFSR (República Socialista Federativa Soviética de Rusia) votó la Declaración sobre la Soberanía del Estado. A los ciudadanos de hoy en día les resultará difícil imaginarse la razón de esta votación. Sin embargo, en 1990, el simbolismo de esta declaración, no tanto el de su contenido, era bastante evidente.

He cumplido el objetivo más importante de mi vida. Rusia ya nunca volverá al pasado. A partir de ahora, Rusia solo caminará hacia adelante.

Borís Yeltsin, Primer presidente de la Federación de Rusia

En aquel momento, los parlamentos de las repúblicas de la URSS aprobaron uno tras otro sus propias declaraciones de soberanía y la RSFSR no podía mantenerse al margen. Los diputados votaron casi por unanimidad la inclusión de esta cuestión en el orden del día. Eso sí, el texto final del documento dio pie a numerosas discusiones, por lo que su redacción se alargó durante un mes para ser aprobado, finalmente, el 12 de junio.

Las primeras elecciones a la presidencia de la RSFSR se fijaron ese mismo día, pero de 1991. Esta decisión se tomó por motivos situacionales e ideológicos. Por un lado, el equipo de Borís Yeltsin temía que, si se retrasaba la votación, las posibilidades de victoria de su candidato se verían afectadas en la primera vuelta, ya que los votantes se dispersarían durante las vacaciones de verano. 

 

Borís Yeltsin, primer presidente de la Federación de Rusia. Fuente: ITAR-TASS

Un esfuerzo por recuperar las tradiciones

Los motivos ideológicos eran aún más sólidos. La construcción del nuevo país se apoyaba en dos promesas ideológicas. Por encima de todo, se trataba de un regreso a las tradiciones de la Rusia presoviética. De ahí la moda de los comerciantes y los nobles que se extendió por aquel entonces (surgían ‘gremios de comerciantes’ y ‘asambleas de nobles’ de debajo de las piedras); de ahí también la vuelta al uso de la palabra ‘caballero’ (‘gospodín’ en ruso), así como de la bandera tricolor, adoptada como bandera oficial de la RSFSR casi inmediatamente, aunque hasta agosto de 1991 no existían fundamentos jurídicos para ello. En cierto modo esta situación podría compararse con lo ocurrido en la misma época en los países de Europa del Este. Los antiguos países del bloque soviético se sacudieron el socialismo bajo el lema de “Regreso a Europa”. La idea de volver a la época anterior a los bolcheviques se convirtió en un símbolo del nuevo gobierno ruso. Tampoco fue casual que el 12 de junio de 1991 se celebrara un referéndum sobre la devolución del nombre de San Petersburgo a la ciudad de Leningrado. 

Al mismo tiempo, los creadores del sistema estatal ruso jugaban a imitar a los padres-fundadores de los EE UU, construyendo un país desde cero.

“En agosto de 1991 tuvo lugar un golpe de Estado. Este acontecimiento conmocionó al país y, según todas las evidencias, al mundo entero. El 19 de agosto nos encontrábamos en un país, y el 21 de agosto estábamos en uno completamente diferente. Solo tres días marcaron la separación entre el pasado y el futuro.

Borís Yeltsin, Primer presidente de la Federación de Rusia. Del libro ‘Notas del presidente’

Esto explica la decisión de convertir en fiesta nacional el día en que se aprobó esta declaración, un documento que, al fin y al cabo, era puramente simbólico. Y es que los símbolos tenían una importancia vital para Guenadi Burbulis, uno de los principales ideólogos de la época de Borís Yeltsin. Como parte de su estrategia, el presidente de la nueva Rusia tenía que ser elegido el mismo día de la aprobación de la Declaración de Soberanía. Se construyó un nuevo país, un nuevo Estado y un nuevo espacio público con sus tradiciones correspondientes, de ahí que la coincidencia de fechas debiera llevar una carga ideológica en sí misma.

Al principio, el Congreso de los Diputados de la todavía existente RSFSR (una república que formaba parte de la URSS) apoyaba el juego, incluso se involucró directamente en él. El 12 de junio se convirtió en festivo según las disposiciones del Sóviet Supremo en 1992. En 1994, Borís Yeltsin solo tuvo que ratificar la decisión mediante un decreto: el día del país no podía establecerse por decisión del Sóviet Supremo, que había sido disuelto en octubre de 1993. Para entonces, el entusiasmo que despertaba al principio aquella fecha ya se había esfumado. 

 

Borís Yeltsin frente a la Casa Blanca de Rusia. Fuente: Reuters

Un dilema a resolver

Consecuentemente, el nombre informal de Día de la Independencia en seguida se vio envuelto en preguntas.

La primera de ellas: independencia de quién y con respecto a quién. En junio de 1990 nadie podía imaginarse que la RSFSR acabaría separándose de la URSS. El colapso de la Unión Soviética era impensable y la Declaración de Soberanía solo fue un elemento más del juego político entre la dirección sindical y el equipo de Yeltsin.

La segunda pregunta tenía que ver con el papel que desempeñaron las autoridades rusas en el colapso de la URSS. A mediados de los 90, muchos ya percibían la desaparición del país como “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” (tal como lo llamaría Vladímir Putin al convertirse en presidente más adelante). Fue precisamente entonces cuando surgió en el país la nostalgia por la URSS. En aquel momento, el papel de los demócratas radicales en el equipo de Borís Yeltsin estaba en decadencia. La nueva generación del entorno del entonces presidente necesitaba la fiesta como prueba del derecho al poder, pero evitaba recordar las condiciones que le permitieron alcanzar ese poder, o los lemas con los que avanzaron a principios de los 90 hacia el Kremlin de Yeltsin.

Precisamente por eso, el 12 de junio es, desde mediados de los 90, un evento al que todos dan la bienvenida, pero que no todos comprenden; un puente entre las fiestas de mayo y las vacaciones de verano.

Y sin embargo, cuanto más tiempo pasa, mayor es su carácter oficial y solemne. Así se describe este día en la página web oficial del quinto aniversario de la fiesta del 12 de junio: “La víspera del Día de la Independencia, los presidentes de casi todas las regiones del país han adoptado una resolución para la celebración de las fiestas en honor a este día. Por primera vez, se respira un carácter verdaderamente festivo. La capital de Rusia se ha cubierto de carteles promocionales de felicitación del Día de la Independencia. En algunas ciudades, se han organizado concentraciones y conciertos en su honor, y en el Kremlin se ha celebrado la ceremonia de inauguración de los premios estatales’.

La ruptura definitiva con la idea original de esta festividad tuvo lugar en 1998, cuando Borís Yeltsin le cambió el nombre. Pasó a llamarse simplemente Día de Rusia. La declaración, las soberanías, los padres fundadores y la marcha hacia el pasado prebolchevique se perdieron en la distancia. Por delante solo quedaba la suspensión de pagos, la finalización de la guerra de Chechenia, Vladímir Putin y una desconocida nueva Rusia.  

Gleb Cherkásov es redactor jefe adjunto del periódico Kommersant.