Saltar en paracaídas por Dios y por la patria

El reclutamiento de capellanes militares se acelera en un proceso del gobierno de Vladímir Putin para incorporar los valores de la ortodoxia con el fin de reforzar los sentimientos patrióticos en la sociedad.

En un campo nevado de la región de Riazán, a 160 kilómetros al sudeste de Moscú, cinco fornidos y barbudos sacerdotes rusos ortodoxos se tiran al suelo con los brazos elevados al cielo. Pero no están rezando, sino preparándose para su próximo salto en paracaídas. 

Los capellanes en breve despegarán hacia el cielo con los cadetes militares de un avión de la Fuerza Aérea, saltarán y tirarán de la anilla, esperando que Dios les proteja y que sus paracaídas se abran. 

Los sacerdotes son los últimos reclutas de la creciente tropa de capellanes militares,  casi unos mil, que ahora sirven en las fuerzas armadas rusas, no solo en Rusia sino también en el extranjero, en bases por toda la antigua Unión Soviética. 

El reclutamiento de capellanes militares se ha intensificado en los últimos meses al tiempo que, desde su regreso al Kremlin el año pasado, Vladimir Putin sitúa cada vez más los valores tradicionales de la ortodoxia en el corazón de la política de su administración. (También ha desvelado planes para aumentar el gasto de defensa en un 11 % anual). 

Algo más que una misión religiosa 

La tarea de los capellanes (elevar la moral de los soldados rusos y reforzar un sentimiento de deber patriótico en la sociedad) tiene como objetivo el intento de Putin de aumentar el apoyo para un coalición conservadora que declara tener como fin contrarrestar las influencias liberales, como ejemplifican las recientes protestas, las inspecciones de ONG  o el caso de Pussy Riot

Sobre el terreno junto a los sacerdotes paracaidistas está el padre Mijaíl Vasiliev, un veterano capellán de 41 años que ha servido con las tropas rusas en los conflictos militares de Kósovo, Chechenia y Kirguistán y que ahora es el encargado de las relaciones con la iglesia en las fuerzas paracaidistas.

Una iglesia desmontable de 3 metros por 9 desciende también sobre la zona de aterrizaje y es montada rápidamente por los sacerdotes y los cadetes. El kit al estilo IKEA "es muy útil en las montañas, donde no hay aeródromos", dice el padre Vasiliev, añadiendo que unos 7.000 soldados recibieron la comunión "sobre el terreno" el año pasado. 

En el último de los 11 saltos en paracaídas del padre Vasiliev sucedió lo inimaginable: su primer paracaídas no se abrió y el segundo no comenzó a abrirse hasta los 600 metros, lo que no es suficiente para amortiguar el golpe completamente. Se fracturó la espalda y desde entonces no ha saltado más. "Sobreviví gracias a Dios", dice. "Cuando saltas del avión con una bolsa a la espalda, solo Dios sabe si la bolsa se convertirá o no en un paracaídas". 

Los saltos son tan solo uno de los entrenamientos que llevan a cabo los capellanes en los cursos de dos meses, donde también aprenden a cargar y disparar un arma, hacer de artillero de tanque, conducir un blindado y usar un lanzallamas. 

Los capellanes llevan a cabo la misión patriótica de la Iglesia Ortodoxa: celebrar servicios religiosos para los militares y consagrar todo tipo de material militar con agua bendita, desde barcos hasta misiles. 

Esta semana el padre Vasiliev consagrará personalmente los tanques, los lanzamisiles y otro tipo de vehículos militares que desfilarán por la Plaza Roja de Moscú el 9 de mayo en el desfile del Día de la Victoria, para celebrar el 68 aniversario de la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi.

"Esta tradición comenzó hace 10 años", dice el padre Vasiliev. "Lo hago todos los años con uno o dos compañeros de armas. Bendecimos todos los vehículos del desfile a petición del comandante. La iglesia bendice el uso de las armas para defender a los débiles no para la conquista". 

La asociación de la Iglesia Ortodoxa con el patriotismo ruso se remonta al pasado, a los tiempos de los zares, cuyo credo "Ortodoxia, autocracia y nacionalidad" tiene fuertes ecos en la política y la sociedad de la Rusia actual. 

Aunque la iglesia fue perseguida durante la etapa bolchevique y el líder soviético Iósif Stalin destruyera iglesias, también  permitió durante la Segunda Guerra Mundial a los sacerdotes ortodoxos que celebraran misas y promovieran una “cruzada patriótica para defender la madre patria soviética”. 

El impulso de reclutar más capellanes ha tomado vuelo realmente desde que se nombrara a Serguéi Shoigú, un cercano aliado del presidente Putin, como Ministro de Defensa el año pasado. 

Experiencia en el campo de batalla 

Para el padre Vasiliev, sin embargo, los planes del gobierno para los capellanes son menos importantes que poder ofrecer guía y apoyo moral a los soldados en situaciones difíciles. 

Antes de su primera estancia como capellán en Kósovo en 1999, recuerda " Nunca había visto heridas o gente sangrando, te hace vomitar". 

Durante los siguientes cuatro años hizo 10 viajes a Chechenia, desde un año a varios días al mes para celebrar servicios religiosos para los soldados durante la segunda guerra chechena (que comenzó en 1999). "Muchos de los soldados eran adolescentes, tan solo adolescentes a los que les habían dado armas", dice. "Necesitaban la ayuda de un sacerdote para mantenerse sanos". 

Al reflexionar sobre las explosiones de este mes en la maratón de Boston provocadas por los dos hermanos chechenos, el padre Vasiliev dice que "una razón para la escalada del extremismo es la pobre educación y una mala interpretación de las tradiciones musulmanas", dice. 

"Las tradiciones del Cáucaso Norte no son lo suficientemente fuertes o viejas, la gente allí no se convirtió al islam hasta el siglo XVII y XVIII. Como las tradiciones no han arraigado allí, es un terreno fértil para los extremistas". 

Vasiliev dice que en tiempo de guerra se bautizan más soldados. "La gente a menudo se vuelve hacia Dios cuando se enfrenta al peligro", dice recordando "lo natural que parecía rezar mientras atravesaba un campo minado". 

Además de celebrar servicios organizó los paquetes CARE para los soldados rusos en Chechenia, en los que les traían de todo, desde dulces, calcetines y guantes, hasta kits de afeitado, navegadores por satélite y motosierras. 

También ayudó en la evacuación de ancianos rusos de Grozni a la región de Moscú, donde fueron posteriormente albergados en residencias de ancianos. 

"Eran ancianos abandonados, muchos de ellos habían perdido sus familias", dijo. "Tuvimos que buscarles en casas derruidas, refugios subterráneos y todo tipo de lugares". 

Los soldados buscan el consejo del padre Vasiliev en todo tipo de situaciones: le preguntan sobre una chica cuando quieren proponerse, si tienen dudas sobre si deberían seguir en el ejército o cuando sufren una herida grave. 

"Mi objetivo es ayudar a todos los soldados que pueda a entrar en el Reino de los Cielos", dice. "Ayudamos a los soldados a mantenerse humanos, a evitar que se conviertan en bestias". 

Pero admite que el trabajo de capellán es a menudo mucho más mundano. "Siendo realistas, se trata de evitar hasta donde puedan que engañen a su mujer o traicionen a su patria. No entra dentro de mis responsabilidades las novatadas, pero me sigo poniendo metas poco realistas: luchar contra el pecado, la humillación y las palabrotas".