Stalker 2.0

Sobre cómo la gente vive en ciudades muertas y los héroes siguen siendo héroes, solo que nadie lo sabe. Fuente: Antón Panin.

Sobre cómo la gente vive en ciudades muertas y los héroes siguen siendo héroes, solo que nadie lo sabe. Fuente: Antón Panin.

En Rusia hay cientos de ciudades fantasma: puntos habitados que surgieron alrededor de objetos de importancia estratégica o de yacimientos ricos que finalmente fueron clausurados al volverse inútiles. La historia más típica es la de la lenta muerte de ciudades nacidas durante la carrera armamentística de la Unión Soviética, durante las grandes construcciones y en la era del nacimiento de la Comisión Estatal para la Electrificación de Rusia. Tras la caída de la URSS, no quedaron ni recursos financieros para ayudar a las numerosas empresas, ni patriotismo, que había sido el motor del progreso soviético. Tras el intrigante nombre de “ciudades fantasma” se esconden miles de historias humanas de separaciones, mudanzas y listas de espera para acceder a una vivienda en otra ciudad. Hoy en día no es raro cambiar de lugar de residencia. Pero, a diferencia de la mayoría de inmigrantes, los habitantes de las ciudades fantasma no tienen un “hogar” al que volver.

Los grupos de internet consagrados a las ciudades fantasma son casi más numerosos que las propias ciudades. Sin embargo, sobre la aldea “muerta” de Korzúnovo se sabe muy poco: se encuentra más allá del círculo polar ártico, a 20 kilómetros de la frontera entre Rusia y Noruega, y tras la disolución de la guarnición militar, al parecer, allí ya no vive nadie. 

Pero hay muchas cosas que no se saben: en la base aérea militar de la Flota Norte, que se encontraba cerca de allí, hizo tres años de servicio Yuri Gagarin, el primer astronauta de la historia; además, internet está lleno de variopintos mensajes sobre un “puñado de locos” que se quedaron a vivir en la ciudad derruida y rechazaron los cómodos apartamentos en la cercana localidad de Múrmansk. 

La luz de los faros ilumina la ventisca y la carretera cubierta de nieve. En invierno la región subártica se presenta al viajero como una serie de oscuros contornos de colinas y objetos militares, casas prefabricadas con espacios cuadrados de ventanas sin vida, y árboles que se arrojan sobre la tierra helada... el paisaje que los rodea recuerda a los decorados de la película Stalker (dirigida en 1979 por Andréi Tarkovski). 

Al parecer, las bajas temperaturas conservaron las ruinas de Korzúnovo, sus monumentos sin nariz y los coches oxidados, convirtiéndolos en obras de exposición de la era soviética. En la oscuridad, y en un silencio casi estridente, llega a oírse la nieve caer. De repente, resuenan carcajadas. En las ventanas de una casita unifamiliar se ve a unos niños jugando a las carreras en chándal. Un grupo de niñas con lazos charlan coquetas en un banco. Una niña rubia toca un silbato. 

Un pequeño autobús escolar lleva al colegio a los niños de aldeas y casas vecinas que, a primera vista, parecen vacías. En Korzúnovo viven unas 250 personas; las casas 42 y 43 se calientan con carbonera. En las ventanas de la administración y de las escuelas de primaria y secundaria la luz brilla casi las 24 horas del día, pues en la noche polar el cielo apenas se ilumina unas horas. 

Gagarin es recordado en Korzúnovo en los bustos dedicados tanto a los héroes cosmonautas soviéticos como a los líderes, frente a la administración local, y también gracias al avión azul y verde que los trabajadores llegados de una aldea cercana decoran con guirnaldas desde hace ya muchos años en vísperas de Año Nuevo. Una multitud de niños observa con admiración las llamas de las hogueras. Los niños se desplazan por la aldea con patines sobre hielo, y es bien divertido: las huellas de los patines se entrecruzan por las calles nevadas. Las casas vacías y los edificios abandonados son tan parte de sus vidas como todo lo demás, ya sea paisaje rural o urbano. 


Fuente: Anton Panin, Vyacheslav Vaziulya

“Hace ya mucho que dejamos de notar la presencia de estas ruinas. Cuando disolvieron el regimiento y la gente comenzó a marcharse, por supuesto que fue triste. Pero las separaciones siempre lo son. Los saqueadores se llevaron casi todo de las casas vacías”, cuenta Tatiana, la directora de la escuela local. “A mi marido y a mí nos dieron hace muchos años un apartamento en Krasnodar. Pero decidimos quedarnos aquí”. La población de Korzúnovo se formó cuando fueron destinados a la aldea militares llegados desde todas las puntas de la URSS acompañados de sus mujeres e hijos. Así llegó Tatiana hace 35 años. 

En Korzúnovo recuerdan con gusto el pasado: las tiendas con productos “defectuosos” de la era soviética, la compañía de los jóvenes colegas, y el largo día polar, cuando nadie quería dormir hasta la madrugada. Después de 1998, año en que el regimiento se trasladó de Korzúnovo a Severomorsk, ya no quedaron aquí ni las tiendas ni el aeropuerto, desde el cual se podía volar a Moscú por muy poco dinero. 


Fuente: Anton Panin, Vyacheslav Vaziulya

“¿Por qué nos quedamos todos nosotros aquí? Es una pregunta difícil. Cada uno tiene sus propias circunstancias. Solo con la nostalgia no basta para tomar una decisión”, cuenta Vladímir, antiguo piloto militar y profesor en la actualidad. “En nuestra escuela trabajan profesoras jóvenes que crecieron en Korzúnovo, fueron a la universidad en Múrmansk y volvieron. Aquí estudian los pocos niños locales y cada vez más niños de las aldeas vecinas, donde han quedado militares pero ninguna escuela. Vivimos de esto. Cada año nos dicen que las bases vecinas van a disolverse de inmediato y nos quedaremos sin trabajo. Pero de momento seguimos viviendo...” 

El verano de 1965 Gagarin volvió a Korzúnovo ya como astronauta famoso. Visitó la escuela Nº7, que hoy contiene un pequeño museo en su honor. Los alumnos, que participan en el club del museo de amantes de la astronomía siguiendo la tradición soviética, organizan excursiones incluso para los extranjeros. Cada año llegan aquí turistas de Noruega, de Finlandia, de Gran Bretaña y de otros países del mundo. A veces incluso llegan delegaciones oficiales rusas. El resto del tiempo, “la casa de Gagarin” queda vacía y cerrada con llave.

 Marina Popova, administradora del museo, llegó desde la cálida Almatí en Kazajistán a Vérjneye Luostari, una aldea no muy lejos de Korzúnovo, junto con su marido militar. “Al principio se me hizo muy duro y no podía salir tranquilamente a las tiendas o pasear por la ciudad. Almatí es una ciudad grande y llena de gente y tiendas, y aquí no hay nada”, dice Marina. “Pero con los años se me fue haciendo más fácil vivir aquí, y ahora ya no me quiero marchar. Aquí sucede lo siguiente: si la mujer de un militar aguanta los primeros meses sin marcharse a casa, se queda aquí para toda la vida. El norte tiene algo inexplicable, incluso seductor.” 

El sol no ha salido por el horizonte, qué se puede esperar de la noche polar. Tras un crepúsculo de dos horas, vuelve a oscurecer. La luna, tan gigante como el sol, se alza sobre el puerto. Su fría luz ilumina la pista de patinaje frente a la escuela, dos casas con ventanas apenas iluminadas, y el avión decorado con guirnaldas. Los niños se van a casa, empujándose entre sí sobre los montones de nieve y jugando con un perro que encuentran por el camino. Cuando se va la luz de la luna, Korzúnovo vuelve a convertirse en una hilera de contornos de casas con ventanas vacías. 

“Korzúnovo vivirá mientras nosotros sigamos vivos”, concluye Tatiana. 

La existencia de Korzúnovo es fruto de muchos años de trabajo y sacrificio por parte de sus habitantes. Con perseverancia y tenacidad, las familias de militares han creado aquí su propia sociedad, surgida de la nostalgia, del miedo ante lo desconocido, de la costumbre, del cansancio, del deseo de vivir en paz y tranquilidad. Resulta que las bajas temperaturas no solo han conservado la propia aldea, sino también el tiempo, que aquí se congela y se sumerge en la época de sus obras de museo soviéticas. Quizá el patriotismo soviético que mantienen les permite no prestar atención al frío o a la oscuridad, quizá así puedan seguir considerándose héroes y creyendo que sus acciones son hazañas. Hoy en día la abnegación no aporta ni el reconocimiento con una medalla ni la prima por labor en el norte. Sin embargo, para los verdaderos héroes, la prima no es ni de lejos lo más importante.

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