El brote de ántrax en la antigua Sverdlovsk

Ekaterimburgo. Fuente: Lori / LegionMedia

Ekaterimburgo. Fuente: Lori / LegionMedia

La ciudad cerrada de Sverdlovsk sufrió un grave accidente biológico a finales de abril de 1979, cuando hubo una fuga de ántrax de la planta militar que provocó más de 60 muertes. El escape fue originado por un error humano en la cadena de control, instaurando un clima de desesperación durante semanas. Se trataba de un brote de una enfermedad totalmente desconocida.

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, el mundo confió en que el horror de un conflicto sin precedentes quedase sepultado para siempre. En parte fue así, pero con la Guerra Fría se desarrolló un nuevo miedo, subterráneo, sobre lo desconocido. Al pie de los montes Urales, frontera geográfica que separa Europa de Asia, la ciudad de Ekaterimburgo –renombrada Sverdlovsk durante la era soviética– fue el involuntario foco de atención durante unas semanas entre abril y mayo de 1979.

La imperial ciudad de Ekaterimburgo fue allí donde asesinaron al último zar de Rusia, Nicolás II, junto a toda su familia en 1918. Su mujer Alexandra, y sus hijos Olga, Tatiana, María, Anastasia y Alexei fueron sentenciados por los bolcheviques en el sótano de su casa.

Yákov Sverdlov fue uno de los responsables que dirigieron el ataque que acabó con la dinastía Romanov y su apellido fue utilizado para renombrar la ciudad: Sverdlovsk.


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El gobierno soviético, en su carrera por armarse ante Estados Unidos, creó una importante industria de defensa e investigación en Sverdlovsk, que obtuvo el estatus de ciudad cerrada, totalmente inexpugnable para turistas y occidentales.

El Complejo Militar 19 fue el ambiguo nombre con el que la agencia Biopreparat designó a una de las tres bases que producirían armas biológicas con ántrax en la Unión Soviética. Las otras dos centrales estaban situadas en las ciudades de Penza, a 600 kilómetros de Moscú en la Rusia europea, y Kurgán, próxima a la actual Ekaterimburgo.

El accidente

Lo que, en un principio, iba a ser un cambio de turno rutinario en la planta de secado del Complejo Militar 19 se convirtió en una silenciosa tragedia.

El último viernes de marzo de 1979, uno de los técnicos encargados en esa planta escribió en una pequeña y breve nota: “Filtro obstruido. Lo he quitado. Es necesario reemplazarlo”.

En la planta se estaba construyendo un arma especial de secado con ántrax y, para ello, el trabajo se dividió en tres turnos diarios. En cada uno de ellos, las máquinas debían detenerse para hacer diversas comprobaciones de seguridad, pero en ese fatal cambio de turno el filtro no fue sustituido. Ese fue el primer problema.

Por otra parte, las órdenes militares en la planta de producción eran muy estrictas y se hacía especial hincapié en que cada anotación se hiciese en una especie de cuaderno de bitácora donde cada anomalía o comentario quedase registrado.

Sin embargo, el técnico obvió este detalle y escribió la nota en un pequeño papel, por lo que la cadena de despropósitos era ya imparable. El encargado del turno siguiente, al no ver nada anotado en la agenda, dio por controlada la situación cuando el desastre ya se estaba gestando en la fría noche de los Urales.

Cuando se quisieron dar cuenta del error ya habían pasado varias horas. El supervisor correspondiente detuvo las máquinas y restituyó el filtro dañado, pero nadie informó a las cadenas superiores de mando.

En la misma semana del escape, varios trabajadores de la zona cayeron enfermos y fallecieron a las pocas horas. Los hospitales de la ciudad se vieron repletos de personas aquejadas de los mismos síntomas y todos ellos trabajaban o vivían en zonas próximas a la planta donde se produjo la fuga de ántrax.

Por supuesto, nadie podía hacerse a la idea de a qué se enfrentaban.

El ántrax es una toxina mortal que se puede desarrollar de manera natural en la tierra, por lo que el ganado sería una vía habitual de propagación de no ser por las vacunas.

Sin embargo, la peor de las formas era contraer el ántrax por inhalación, afectando de manera letal a los pulmones si no se trata con penicilina inmediatamente.

Lucha contra lo desconocido

Las muertes seguían produciéndose ante el desconocimiento de los sanitarios locales y el caos se instauró entre los militares enviados desde Moscú para investigar el brote y tratar de mantener el accidente lejos del conocimiento exterior. De hecho, muchos líderes no sabían de la planta secreta de Sverdlovsk ni de las armas biológicas que se estaban desarrollando allí.

El KGB y el Partido Comunista de Sverdlovsk, dirigido por un joven Borís Yeltsin, realizaron un eficaz trabajo de encubrimiento. Los habitantes de la ciudad recibieron información sobre el origen del brote: un camión de alimentos envenenado procedente del mercado negro.

Poco después fueron detenidos unos supuestos vendedores clandestinos de la comida envenenada y cerca de un centenar de perros callejeros fueron sacrificados tras haber sido vistos rebuscando comida en la basura.

Los oficiales del KGB, haciéndose pasar por médicos, fueron visitando las casas de los fallecidos para entregar a sus familias informes distorsionados o, directamente, falsos sobre la causa de muerte.

De hecho adjuntaron fotos de intestinos enfermos para demostrar la teoría de la comida envenenada, pero no mostraban las numerosas fotos que evidenciaban el ántrax pulmonar, el más letal.

Al mismo tiempo, los servicios secretos soviéticos destruyeron los archivos, historiales y evidencias de los hospitales de Sverdlovsk e, incluso, bañaron los cuerpos de las víctimas con desinfectantes.

El último caso procedente de este brote fue registrado el 19 de mayo de 1979 y el número de víctimas aún no se conoce con exactitud. La Unión Soviética aseguró, posteriormente, que 96 personas contrajeron la enfermedad y 66 fallecieron, aunque miembros de aquella expedición revelaron que las muertes sobrepasaron la centena.

En 1981, Leonid Brézhnev firmó un decreto secreto en el que reubicaba el Complejo Militar 19 de Sverdlovsk a la localidad kazaja de Stepnogorsk, 200 kilómetros al noroeste de la capital Astaná y cerca de la frontera con Rusia.

En 2001, Ekaterimburgo volvió a las portadas internacionales a causa del ántrax cuando se descubrieron esporas de esta sustancia en el consulado estadounidense en la ciudad.

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