15 años de la tragedia del submarino Kursk

Un niño junto a los retratos de las víctimas del submarino Kursk, en sus barracas, durante la ceremonia conmemorativa en el puerto Ártico de Vidiádevo. Las familias de las víctimas se reunieron en Vidáyevo para recordar a los 118 hombres que perecieron hace 15 años en el naufragio del submarino nuclear ruso Kursk.

Un niño junto a los retratos de las víctimas del submarino Kursk, en sus barracas, durante la ceremonia conmemorativa en el puerto Ártico de Vidiádevo. Las familias de las víctimas se reunieron en Vidáyevo para recordar a los 118 hombres que perecieron hace 15 años en el naufragio del submarino nuclear ruso Kursk.

Reuters
Hace 15 años, el 12 de agosto de 2000, el submarino atómico más moderno de la Flota del Norte, el “Kursk”, se hundió en las aguas del Mar de Barents durante unas maniobras. Dos explosiones en un intervalo de dos minutos enviaron el submarino al fondo del mar junto con los 118 miembros de la tripulación. 95 de ellos murieron en el acto, mientras que otros 23 tripulantes lograron sobrevivir a las dos explosiones, esconderse en el compartimiento de popa y sobrevivir 8 horas más.

El país tuvo noticias del Kursk la mañana del 14 de agosto. “En el Mar de Barents ha ocurrido un accidente. Se ha hundido un submarino”, informaron las agencias de noticias. Ese mismo día, desde la comandancia de la Flota del Norte declararon que se había establecido comunicación con la tripulación y que, según los datos preliminares, se habían producido algunas averías. Durante los días siguientes, los equipos de rescate de profundidad intentaron acoplarse al Kursk, pero sin éxito. Adujeron como causas la fuerte corriente, la mala visibilidad y la inclinación del submarino.

Con la ayuda de especialistas extranjeros, la escotilla se pudo abrir tan solo el 21 de agosto. En 2002, se cerró el caso de responsabilidad penal por la catástrofe del submarino atómico Kursk y la muerte de sus 118 tripulantes, por falta de elementos constitutivos de delito. La investigación concluyó que se había producido la explosión de un torpedo defectuoso propulsado por peróxido de oxígeno y la subsiguiente detonación de las municiones a causa del incendio.

                Lugar del hundimiento                             del     submarino     "Kursk"

implemente se durmió»

“Si quiere saber a quién se parecía, mire: su copia total” dice Lidia, la madre del teniente primero Andréi Panarin, y señala a su hija Olga.

La familia de Andréi temía que, desde el ejército, fuese a parar directamente a Chechenia, Osetia o Abjasia. Las probabilidades eran altas, “eran tiempos revueltos”. Pero Andréi tuvo suerte: ingresó en la academia y, más tarde, fue destinado a la Flota del Norte, a Vidyáevo. Allí tenía su base y desde allí partió por última vez el submarino Kursk.

Los Panarin se enteraron de la tragedia por las noticias, cuando aún nadie se refería a ello como tragedia. Ni siquiera sabían que Andréi estaba en el Kursk.

“Estábamos convencidos de que estaba en el Voronezh, un submarino análogo al Kursk, pero más viejo” dice Lidia. “Pero llamamos y nos dijeron que Andréi no estaba allí. Y cuando supimos dónde estaba, lo dejamos todo y el 19 de agosto ya estábamos en Vidyáevo”.

“En realidad, fuimos allí con la esperanza de que realmente todos estuvieran vivos. Solo queríamos recogerlo, darle ánimos…” dice Olga.

El 25 de octubre de 2000, los buzos subieron a la superficie 12 cuerpos del noveno compartimiento del submarino, el de popa. Andréi Panarin estaba en el cuarto compartimiento. A él, junto con el resto de cuerpos, lo sacaron al cabo de un año. Están en paradero desconocido los restos de tres personas. Lidia fue al reconocimiento sola.

«Nos decían que estaban vivos»

Sofía Dudko está sentada en su piso de San Petersburgo y tiene en las manos el libro “Los recordamos a todos por sus nombres”. Para este libro reunió dinero durante varios años, y al final recibió ayuda de tripulantes veteranos de submarinos. “La memoria es lo más importante. Personalmente me esfuerzo por hacer todo lo posible para que los recuerden”, afirma convencida.

En las paredes de una habitación luminosa están colgadas las fotografías de su hijo Serguéi, adjunto primero al comandante. En el centro de las fotografías, el submarino en el mar. En el pasillo hay una maleta aún sin deshacer. Sofía y otras 17 personas acaban de volver de Vidyáevo, donde las recibieron con una orquesta. Algunos de los familiares de los fallecidos viven en edificios vecinos; por orden del presidente, a todos les dieron pisos de nueva construcción en San Petersburgo. Sofía recuerda agosto de 2000 de mala gana.

“Nos reunían constantemente en la Casa de Oficiales y continuamente decían que había comunicación con el submarino, que estaban vivos y que se les suministraba oxígeno…”

Las conclusiones de la investigación no la convencieron. Sofía sigue considerando que emplearon mucho tiempo en el salvamento, y que no se avinieron de inmediato a aceptar la ayuda extranjera (la aceptaron tres días después de que se la ofrecieran diversos países), “porque aquí tenemos la costumbre de proteger los secretos, y no a las personas”. Para ella, la pregunta de si aún se podría haber rescatado a alguien durante los primeros días está cerrada hace tiempo. “Por algo las notas de Andréi Borisov no le fueron entregadas a su viuda, aunque ella presentó una reclamación judicial. Pero yo me enteré de que las notas tenían fecha del 15 de agosto. Los muchachos estuvieron vivos hasta el 15 de agosto”, dice Sofía.

Operación de salvamento

Andréi Zviaguintsev, comandante del grupo de buzos del escuadrón expedicionario de rescate de las Fuerzas Armadas de Rusia, fue el primero en entrar en otoño de 2000 al casco del Kursk a una profundidad de 110 metros, y de allí extrajo los cuerpos de 12 miembros de la tripulación. También él, como parte de una brigada internacional, llevó el submarino a dique seco.

“Encontramos el Kursk en el tiempo que se había establecido para encontrarlo. Otra cuestión es que encontráramos un submarino ya sin vida. Pero eso no dependía de la velocidad de la búsqueda…” asegura Zvyagintsev.

Según él, la flota tenía los mejores buzos, pero no había medios técnicos para hacerlos descender a esa profundidad. En consecuencia, la operación para hallar el submarino se realizó con ayuda de barcos transportadores extranjeros y por medio de buzos noruegos. En otoño, como parte del grupo entraron también especialistas de Rusia, Escocia, Irlanda y EE.UU.

“Bajamos todos juntos en una cámara barométrica, a una profundidad de 110 metros, y vivimos allí 28 días, sin subir a la superficie. Se trata de condiciones extremadamente duras” explica.

Para subir el Kursk a la superficie, Rusia empleó unos 70 millones de dólares. Fue “la variante óptima” entre las ofrecidas, asegura Zvyagintsev. “Una operación única, nadie en el mundo había hecho nada así antes”, repite varias veces.

Vivir de otro modo”

Según Zvyagintsev, lo que vio en el Kursk, a 110 metros de profundidad, coincide con las conclusiones de la investigación: “Para mí, esa versión (la explosión del torpedo) es más comprensible, y la considero correcta, porque vi la situación desde dentro, lo filmé todo. En cuanto al resto de versiones, se puede decir cualquier cosa, incluso hasta hablar del choque entre dos submarinos”.

En 2005, Román Kolésnikov, padre del fallecido comandante Dmitri Kolésnikov, presentó una denuncia colectiva ante el Tribunal de Estrasburgo, exigiendo que se realizase una investigación completa de la catástrofe del submarino. En aquel entonces, Irina, la mujer del capitán del Kursk, Guennadi Liachin, estaba en contra de la denuncia. “Es difícil de explicar” dice hoy Irina. “No había que hacer todo aquello en ese momento, de repente, cuando aún estaba todo en carne viva, cuando incluso no sabíamos cómo íbamos a vivir en adelante. Había que darle tiempo a los familiares para recuperarse. Por eso yo estaba en contra”.

Nota de despedida del comandante Dmitri Kolésnikov. Fue escrita en el interior del Kursk cuando este ya se hallaba hundido. Fuente: wikipedia

"Estoy escribiendo a ciegas. Parece que no tenemos esperanzas. Quizás un 10-20% de sobrevivir. Esperemos que esto por lo menos lo lea alguien. Aquí esta la lista de los tripulantes que se encuentran en el sector 9 y van a tratar de salir. Saludos a todos. No hay que desesperarse. Kolésnikov"

A la pregunta de si ahora ha llegado el momento de presentar una denuncia en el tribunal internacional, Irina responde que, en cualquier caso, los que quieran hacerlo están en su derecho (Kolésnikov retiró la denuncia en 2009), pero no sabe si les hará sentirse mejor. Se pregunta a su vez: “¿Y cuál es el objetivo? ¿Comprender la verdad? ¿Castigar a alguien? ¿Cambiar algo?”. Irina tiene una opinión particular sobre la verdad; mejor dicho, no se hace ilusiones al respecto: “Para que usted lo entienda, mi padre es militar, mi marido era militar, mi hijo es militar, y es muy probable que las verdaderas razones del naufragio ni tan siquiera las lleguen a saber mis nietos. Para mí, lo más importante es que los muchachos no tuvieron la culpa de nada”.

Todos los familiares de los fallecidos con los cuales RBTH ha tenido la ocasión de hablar dicen más o menos lo mismo: la catástrofe del submarino atómico y la muerte de toda su tripulación supuso un punto de inflexión en la vida del país: el Estado volvió su atención al ejército, y la gente cambió un poco, incluso los que nunca habían hecho el servicio militar. “Simplemente se produjo un cambio en la cabeza de la gente. Incluyendo a nuestro gobierno. Entendimos que no se podía seguir así, que debemos vivir de otro modo” dice Sofía Dudko.

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