Siria: un trágico callejón con escasas salidas

Dmitri Divin
La guerra en Siria se prolonga y el Estado Islámico muestra su fortaleza. La situación está lejos de resolverse y parece imposible que haya una “victoria definitiva”. Las opciones pasan por decisiones pragmáticas capaces de contener al Estado Islámico y un análisis de la situación alejado de los prejuicios. En este sentido, Occidente debería no obstaculizar los intentos de Rusia.

Cuando en 2011 estallaron en Siria las protestas contra la autocracia de la minoría religiosa encabezada por Bashar al-Asad, las opiniones sobre el futuro del país se dividieron.

Los analistas en occidente, Turquía y los países del Golfo Pérsico esperaban una caída rápida del régimen de Damasco, siguiendo el guion de lo sucedido en Túnez (con una revuelta interna) o en Libia (con intervención externa). En Rusia señalaron las diferencias del caso sirio con respecto a los otros: la diversidad de la población, un ejército suficientemente capacitado, una clase dirigente consolidada, el fuerte apoyo de Irán, etcétera. Y llegaron a la conclusión de que en Siria el “efecto dominó”, como mínimo, se detendría.

El desarrollo de los acontecimientos ha demostrado que en Moscú comprendieron con más precisión la especificidad siria. Y la posición adoptada por Rusia (apoyo firme al gobierno de Damasco y rechazo categórico de cualquier intervención externa) de pronto resultó ser, si no la más ventajosa, por lo menos la más consecuente.

Entre 2011 y 2015 la situación en el país ha empeorado, pero ha desmentido los pronósticos sobre el inevitable triunfo de la rebelión. En este tiempo es mucho lo que ha sucedido, incluyendo la guerra casi iniciada –pero cancelada– de EE UU contra Siria, una operación sorprendentemente limpia de captura y destrucción de armas químicas, e inacabables intentos de unir a toda la oposición y encontrar una plataforma común entre los partidarios de Asad y sus adversarios. Pero hoy todo eso pertenece al pasado.

La explosiva aparición del Estado Islámico desbarató todos los esquemas. La antigua Siria ya no existe, y todavía es una cuestión abierta si podrá conservarse de uno modo u otro.

Los datos indirectos sobre la activación de la ayuda militar a Damasco por parte de Moscú permiten suponer que Rusia ha decidido participar de forma mucho más activa en la crisis.

La situación sobre el terreno es absolutamente confusa: todas las partes están implicadas en conflictos en múltiples planos. Las fuerzas de Asad contra el Estado Islámico y lo que se denomina la “oposición moderada”; el Estado Islámico contra Asad y la oposición; la oposición contra todos. Ello sin tener en cuenta, por ejemplo, a los kurdos, quienes libran su propia guerra contra Turquía, la cual, con el pretexto de la lucha contra el Estado Islámico intenta resolver la cuestión kurda.

Suponer que de este caos político-militar saldrá un orden para Siria parece de un optimismo desesperado y sin base alguna que lo sustente. Más aún teniendo en cuenta que sigue sin existir una posición común al respecto entre los actores externos.

En Siria, y en Oriente Medio en su conjunto, actualmente no puede haber una "victoria" definitiva como tal. Los diplomáticos rusos siempre han afirmado que no se trata de Asad, sino del principio "no interferencia", y que el principal objetivo era preservar el statu quo. Esta política no ha funcionado: en Siria ya no hay ningún statu quo.

Un “Israel alauí”

El punto de vista occidental es que, a causa del empeoramiento de la situación, la alternativa real al actual régimen ya no la representan unos opositores responsables, sino el Estado Islámico. Por su parte, Rusia cree que el dogmatismo occidental destruyó las posibilidades de una transformación suave del gobierno sirio. En cualquier caso, de lo que se trata ahora es de si será posible impedir la llegada del Estado Islámico a Damasco, lo que tendría un fuerte efecto propagandístico.

La capital siria es uno de los centros históricos y culturales del mundo árabe, y parte del patrimonio de la civilización europea. Su caída sería un símbolo del retroceso irreversible de la modernidad en Oriente Próximo. De hecho, los centenares de miles de refugiados procedentes de la región que desbordan Europa han comprendido lo siguiente: allí donde Estado Islámico puede gobernar no hay lugar para los estratos modernizados de la sociedad.

¿En qué caso los esfuerzos rusos se podrían considerar un éxito? Siendo realistas, sería en el caso de la creación de facto de algo parecido a un "Israel alauí", un enclave capaz de defenderse con ayuda externa que serviría como obstáculo a la expansión incontrolada del Estado Islámico. Por supuesto, la analogía es muy relativa, pero la mecánica es parecida.

Los intensos contactos diplomáticos del verano pasado, cuando una serie de representantes de Oriente Próximo pasaron por Moscú, hacen suponer que la actual activación de Rusia no es una sorpresa. Objetivamente, la disposición de Moscú a arriesgarse a conservar el "Israel alauí" beneficia a todos, excepto al Estado Islámico.

Cierto, los líderes occidentales expresan uno tras otro su descontento y preocupación por el crecimiento de la presencia militar rusa en Siria, aunque al mismo tiempo David Cameron, por ejemplo, llama a intervenir de forma decisiva para derrotar al Estado Islámico.

Si se considera que la derrota del Estado Islámico es posible y que tras ella se producirá de nuevo una lucha por el control del poder, la preocupación occidental está justificada: no desean de ningún modo que Rusia aspire a un papel importante en la futura Siria. Sin embargo, la perspectiva más verosímil no es la destrucción del Estado Islámico por las fuerzas de una coalición internacional ni el renacimiento de una Siria reformada, sino justamente la fortificación de los enemigos islamistas en ciertas áreas limitadas y una posterior lucha extenuante por la supervivencia.

En ese caso, para Occidente sería razonable no obstaculizar directamente las acciones de Rusia, sino cooperar en la medida de lo posible. Sin embargo, la historia reciente de Oriente Próximo y el acercamiento hacia esta zona por parte de las fuerzas externas muestran que éstas casi han perdido la capacidad de analizar los acontecimientos sin parcialidad ideológica ni emociones personales.

Artículo publicado originalmente en ruso en Gazeta.ru.

 

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