Europa y los refugiados: retos de una nueva realidad

Alekséi Iorsh
Dado el carácter global de los procesos migratorios en la actualidad —los cuales afectan prácticamente a todos los miembros de la UE—, la opinión pública y los expertos rusos siguen de cerca la última oleada de refugiados sirios en Europa.

Para Rusia, que encarna las tres posibles caras del problema —es país de acogida, de origen y de tránsito—, esta es una cuestión de gran relevancia. Nosotros mismos vivimos una ola migratoria recientemente. Hemos acogido a cerca de un millón de refugiados ucranianos, lo que se puede comparar en magnitud con la crisis que está tomando impulso ahora en Europa.

Cabe señalar que el problema de la inmigración no es nuevo para Europa. En los últimos años, el flujo de inmigrantes ilegales se intensificó como consecuencia de las crisis económicas y de la inestabilidad política que asola la periferia de la Unión Europea, pero la aparición del Estado Islámico y la escalada del conflicto en Oriente Próximo han derivado en una verdadera crisis.

Es evidente que Europa no estaba preparada para un acontecimiento de tal magnitud por varias razones. En primer lugar, aunque se elaboraron los documentos pertinentes y el Consejo de Europa definió las medidas a aplicar, estas se ejecutan a un ritmo muy lento; en segundo lugar, la burocracia que encierran los mecanismos de coordinación y de toma de decisiones constituyen un importante obstáculo; en tercer lugar está la falta de voluntad política de una parte del establishment; y, por último, la dualidad de opiniones sobre el futuro de la UE, que van desde las más liberales al euroescepticismo.

De aquí la incapacidad de los países europeos para una asumir una toma decisiones y una responsabilidad conjunta. Los dirigentes europeos están desconcertados, ocupándose cada uno del problema a su manera. Lo que más sorprende a los expertos rusos es que los países de Europa del Este se sitúen a la cabeza de esta tendencia euroescéptica.

En mi opinión, tal como están las cosas, Europa necesita aprobar con carácter de urgencia un paquete de medidas tanto de cara al exterior como al interior de la UE. En lo que respecta al esfuerzo interno, es necesario revisar el Convenio de Dublín, donde se fija qué Estado asume la responsabilidad de examinar las solicitudes y conceder el asilo. También habría unificar las normativas y los procedimientos correspondientes a este tipo de solicitudes.

En el frente de la política exterior, hay que tomar las medidas administrativas y de fuerza necesarias para reforzar las fronteras. Por ejemplo, es necesario aumentar la vigilancia de las fronteras marítimas para combatir a las mafias y evitar que muera más gente. Y, por supuesto, enviar ayuda a los países de origen resulta crucial para reducir el número de posibles inmigrantes. La UE y la ONU deben ofrecer ayuda a los desplazados atrapados en Libia, gran parte de los cuales se encuentra repartida por la costa.

No debemos olvidar el trabajo diplomático destinado a estabilizar la situación en Oriente Próximo, en especial en Siria y Libia.

Es de esperar que Europa acoja a los inmigrantes que ya han llegado próximamente, pero esto conlleva graves peligros. En primer lugar, la amenaza terrorista, ya que entre los refugiados podrían ocultarse también extremistas. Además, podrían surgir conflictos interétnicos tanto entre los distintos grupos de inmigrantes —una parte de los cuales ha estado a ambos lados de las barricadas— como entre estos y la población local, como consecuencia de una crisis de la política multiculturalista. No se descarta tampoco un aumento del radicalismo en el seno de la sociedad.

La afluencia actual de inmigrantes supone un reto para la UE. Ya hay quien pone en duda la conveniencia de mantener el espacio Schengen, lo que hace que se tambaleen los valores europeos.

Sin embargo, no cabe duda de que la Unión Europea se mantendrá en pie, aunque ya no será la misma. Tarde o temprano sus políticos entenderán que hay cosas que no se pueden ignorar.

Quizás esta situación obligue a los líderes europeos a repensar su relación con la Federación de Rusia. Puede que entonces dejen de verla como un contrincante y entiendan que es un aliado para la resolución de numerosos problemas, como la regulación de las crisis de Siria y Ucrania.

Vladímir Zorin es vicedirector del Instituto de Etnología y Antropología de la Academia de las Ciencias rusa, así como miembro del Consejo Presidencial de Relaciones Interétnicas de Rusia.

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