La difícil reforma del Ejército ruso

Dibujado por Konstantín Máler

Dibujado por Konstantín Máler

El ministro de Defensa Seguéi Shoigú ha declarado en reiteradas ocasiones que uno de los objetivos de su política es que las Fuerzas Armadas rusas se profesionalicen completamente. Sin embargo, él mismo ha reconocido que debido a la extensión del país se trata de una tarea de gran complejidad y quizá sea imposible. RBTH analiza las dificultades de la profesionalización.

En Rusia, históricamente, el servicio militar había sido una vía de ascenso para la carrera de las élites, y, al mismo tiempo, una imposición para los campesinos que eran reclutados a la fuerza para servir en el Ejército prácticamente de por vida. Para los familiares de esos últimos que eran llamados a filas, esto significaba que ya podían olvidarse de volver a ver a sus hijos o maridos.

Con la URSS el Ejército pasó a ser una institución obrero-campesina y empezó a gozar de prestigio. El servicio militar duraba de dos a tres años y se consideraba una escuela obligatoria para que alguien se convirtiera en un “hombre de verdad”. Para muchos, el servicio militar, que podía ser una vía de acceso a una profesión, se convirtió en un medio de vida.

Pero mucho antes de la desintegración de la URSS la población de las grandes ciudades, que tenía muchas más opciones de vida, empezó a hartarse de tan “honorable deber”.

En la década de los 90 nuevas autoridades prometieron una reforma del Ejército al estilo del sistema norteamericano, el contractual. La ideal no gustó ni a los militares ni a los economistas, que en su mayoría tildaron la reforma de “delirante”, habida cuenta de la situación de crisis económica que atravesaba el país. Pero entonces la clase política actuaba movida por la urgencia de prometer una vida mejor a la población.

Contrato versus reclutamiento

En gran parte, aquella necesidad acuciante de hacer promesas tenía que ver con el caos en que se había sumido el Ejército ruso de la época. A quien recuerde cómo eran los planteles militares de la primera y la segunda Guerra de Chechenia no le costará mucho valorar las condiciones en que servían los soldados de 18 años que eran destinados a las matanzas que se producían en cualquiera de las múltiples zonas de tensión de la antigua URSS.

El cuerpo de oficiales perdió a sus mejores planteles que, por falta de dinero, se vieron empujados a buscar otro tipo de ocupación. Fue así como, en los cuarteles, floreció la dedovschina (“abuelismo”, en su traducción literal al español), un sistema jerárquico paralelo en el que los veteranos de edad avanzada infligían un trato denigrante hacia los quintos.

Para ser rigurosos, cabe señalar que este fenómeno, del que encontramos una descripción magistral, por ejemplo, en la novela La ciudad y los perros del escritor peruano Vargas Llosa, es frecuente en la mayoría de colectivos militares. Pero en el caso de Rusia adquirió unas proporciones siniestras. Los veteranos apaleaban a los soldados hasta la muerte, les torturaban y les maltrataban. Los oficiales les utilizaban como esclavos para construir sus propias dachas e incluso les “alquilaban” como mano de obra.

El Instituto de Soldados Contratados y Reservistas empezó a promoverse por primera vez durante la segunda campaña de Chechenia.

En vistas a las elecciones, a Vladímir Putin, delfín de Yeltsin, no le convenía que en las filas hubiera víctimas de más, y el Ejército empezó a contratar soldados. El Estado solo consiguió asignar 8.000 rublos (unos 145 euros) de paga para cada contratado, una cantidad exigua.

Pero la ley es la ley, y los oficiales tuvieron que cumplir la normativa, con lo que empezaron a forzar a los soldados a firmar contratos. Al cabo de tres años este tipo de prácticas fraudulentas desapareció, porque los contratos vencieron y los exsoldados, aliviados y contentos, regresaron a sus hogares.

Las lecciones de Georgia

En 2008, tras la Guerra de Georgia, que provocó enormes problemas técnicos y organizativos, se emprendió la reforma de las Fuerzas Armadas, que ahora se asocia generalmente al nombre del entonces ministro de defensa, Anatoli Serdiukov.

Se estimó que reorganizar el Ejército y crear un sistema contractual no era viable, por lo que se resolvió reducir la cantidad de efectivos, aumentar el avituallamiento de los oficiales y los soldados contratados, y poner en marcha una intensa campaña propagandística para reclutar efectivos. Esto último incluía limitar el plazo del servicio militar a un año.

Ya entonces los oficiales murmuraron que, con tan poco tiempo, no se podía pretender que un muchacho recién salido del colegio se convirtiera en un especialista militar capaz de dominar una tecnología tan compleja. Pero no había alternativa.

Para juzgar las declaraciones del ministro Shoigú, que tomó el relevo de Serdiukov en el liderazgo de la reforma del Ejército, ahora tan criticado, hay que tener en cuenta todo este trasfondo. Las declaraciones que hizo en 2013 eran de lo más lógicas, porque un millón de personas no son suficientes para defender un Estado tan extenso como Rusia. Pero al mismo tiempo, el país no contaba con fondos para mantener un gran Ejército.

El servicio militar debe servir para formar a reservistas por si llega una gran guerra, mientras que para los conflictos bélicos locales se continuará contratando efectivos.

Aun así, los dos frentes presentan problemas. Con la falta de ideología y una propaganda permanente de culto al consumismo, que ha empujado a la sociedad a moverse por estímulos exclusivamente financieros, la juventud, a quien se trata de inculcar valores como el “deber” y la “defensa de la patria”, no entiende qué ni de quién debe defenderse, ni por qué algunos de sus coetáneos que han tenido la suerte de nacer en familias de funcionarios o empresarios mucho más acomodadas pueden pagar su independencia y, directa o indirectamente, librarse del mismo servicio militar. Y ese es el motivo de que no haya cola ni siquiera entre los que realmente quieren alistarse mediante un contrato.

En Rusia el salario medio es de 32.000 rublos (unos 580 euros), y un soldado contratado cobra entre 30.000 y 40.000 rublos (entre 545 y 725 euros).

Con todo, el soldado profesional está obligado a vivir en la caserna, cumplir órdenes y arriesgar la vida. Shoigún explica que la creación del ejército profesional es el objetivo a largo plazo. Los soldados que han firmado el contrato alcanzan los 300.000. Sin embargo el ministro afirma que, así, al menos la mitad del Ejército se compone de militares contratados.

Con eso está asumiendo que, incluso habiendo reducido los efectivos del Ejército a un millón de soldados, siguen faltando 400.000 personas. Por ahora, Rusia no puede tener un Ejército exclusivamente profesional, pero su constitución debe ser el objetivo final de los militares.

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