La perestroika, ¿una revolución prematura?

En marzo de 1985 Mijaíl Gorbachov fue elegido Secretario General del PCUS. Comenzaba la perestroika, un periodo de cambios que tuvo como consecuencia la caída de la URSS. Hoy en día la mayoría de los rusos considera que aquel proceso de cambio fue un fracaso.

Dibujado por Tatiana Perelíguina

En Rusia, la lectura que se hace de la perestroika, sus frutos y consecuencias, sigue siendo contradictoria. La “paradoja de Gorbachov” reside en que tanto sus detractores como muchos de sus partidarios coinciden en que el proceso de reconstrucción que emprendió desembocó en un fracaso. Al mismo tiempo, mientras unos le recriminan lo que consiguió, otros le reprochan que incumpliera parte de sus promesas.

Al impulsor de la perestroika se le recrimina, ante todo, su falta de coherencia, las vacilaciones y los zigzags tácticos. Su cautela, su afán por anteponer y dar voz a la sociedad, dándole la oportunidad de madurar para el cambio, en un intento de empujarla desde atrás en vez de arrastrarla, fueron enfoques ampliamente percibidos como una falta de coherencia y decisión.

Sin embargo, si se intentan trazar, aunque sea con líneas discontinuas, los principales cambios que tuvieron lugar en la antigua URSS y en todo el mundo durante estos años, los zigzags del “indeciso” Gorbachov proyectan una línea prácticamente recta.

Nombraré lo que, bajo mi punto de vista, conforma el “legado indisoluble” de la perestroika. Rusia dio un mordisco a la “manzana” de las elecciones libres y la transparencia, y, con ello, pasó a incluir el derecho a las libertades de expresión y prensa en la lista de prioridades sociales.

Al renunciar a la aspiración de crear una civilización alternativa y someter al mundo entero a su doctrina ideológica, Moscú auspició una iniciativa para poner fin a la guerra fría, que a poco estuvo de desembocar en la Tercera Guerra Mundial. El resultado de estos años es una auténtica reunificación de la historia mundial, que a principios del siglo XX, tras la Revolución Rusa, se había bifurcado.

Pero en este mundo todo tiene su precio. El precio que Gorbachov, en contra de su voluntad, tuvo que pagar por la transformación de su propio país y la política mundial fue la desintegración de la Unión Soviética y su propia dimisión.

Se puede decir que ni la Rusia postsoviética ni el resto del mundo superaron el examen que les planteó la “revolución preventiva” de la perestroika. La sociedad rusa no aguantó el experimento que la libertad le había transferido de forma inesperada. Tras sumirse, en un principio, en el caos de la era de Yeltsin y el desenfreno mercantil del capitalismo oligárquico, la sociedad volvió a refugiarse, aliviada, bajo el ala de un régimen absolutista más “duro” y que le resultaba familiar.

El mundo occidental, a su vez, no resistió la tentación de proclamarse vencedor absoluto de la guerra fría y único sucesor de la historia. Como consecuencia, los socios occidentales de Gorbachov, con quien contaba más por su sentido común que por la ayuda material que podían ofrecerle, no resultaron ser unos aliados más fieles que sus antiguos compañeros de partido que le habían traicionado.

Lo que actualmente Gorbachov reprocha a Occidente no es que sus líderes no le ayudaran entonces lo suficiente (él es consciente de que el destino de la perestroika no dependía de ellos), sino que no fueran capaces de aprovechar de forma inteligente aquella oportunidad única que su nueva política brindaba al mundo. Les reprocha haber considerado el arrebato democrático de la sociedad soviética como una mera manifestación de su debilidad interna.

No se materializaron ni el proyecto de la 'casa común europea', que debía integrar a una Unión Soviética reformada, ni las ideas para crear nuevos organismos colectivos que velarían por la seguridad del continente (entre otros, un posible Consejo de Seguridad), dos proyectos que habrían permitido evitar tanto la tragedia de la sangrienta guerra de Yugoslavia como el drama del actual conflicto civil de Ucrania.

Resultó ser más fácil derribar el mismísimo Muro de Berlín que acabar con la lógica y la psicología de la enemistad programada que el telón había engendrado como instrumento político.

La conservación de los antiguos muros y barreras, y la aparición de nuevos, visibles e invisibles, ponen de manifiesto que ni siquiera en el siglo XXI los políticos, tanto occidentales como orientales, están dispuestos a librarse de los prejuicios y estereotipos. Al parecer, es por eso que multitud de conflictos candentes en todo el planeta han venido a sustituir la guerra fría.

E incluso la guerra fría, desteñida por la vejez, a la que Gorbachov creía poder enterrar definitivamente durante los encuentros de Reikiavik, Malta, Washington o Moscú, junto con los anteriores presidentes norteamericanos, regresa ahora con ímpetu a las relaciones ruso-estadounidenses. 

Si treinta años después del inicio de la perestroika la sociedad rusa la interpreta como un fracaso político, e incluso como un proyecto antinacional subversivo, esto significa que o no se ha sabido comprender, o que se rechaza de plano su principal razón de ser, que en su momento recibió el ferviente apoyo de toda la sociedad rusa: un proyecto para reunificar Rusia con la historia mundial y renovar el país de forma democrática.

Desde el pluralismo de opinión, la primacía de la ley, las elecciones limpias, la inviolabilidad del individuo, una competencia política y económica real y la responsabilidad del poder ante a la sociedad.

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