Sobre la perestroika hoy en día

Dibujado por Girgori Avoyán

Dibujado por Girgori Avoyán

Tras la elección de Mijaíl Gorbachov como Secretario General del PCUS en 1985 comenzó un proceso de consecuencias imprevisibles y que desembocó en la caída de la URSS. El exmandatario soviético reflexiona sobre cómo se llevó a cabo el proceso, los desafíos a los que se enfrentó y sus consecuencias.

Hace treinta años en la URSS comenzó a darse un giro que cambió la imagen del país y del mundo. La historia dedicó a la perestroika un plazo de tiempo no demasiado largo para la tarea que le había sido encomendada: menos de siete años. Sin embargo, las disputas sobre ella todavía siguen vigentes. En mi opinión, en estos momentos es muy importante y necesario comprender qué sucedió y por qué en aquellos años. Debemos comprender bien la perestroika.

La perestroika fue ante todo una respuesta al desafío histórico con el que se topó el país durante las últimas décadas del siglo XX. A mediados de los años 80 el país sufrió una profunda crisis en su desarrollo.

El sistema del poder administrativo centralizado ponía trabas a la iniciativa de la gente, mantenía la economía en una camisa de fuerza y condenaba duramente a quienes intentaban mostrar iniciativa propia a pesar de todo.

Como resultado de ello, hacia principios de los años 80 nosotros sufríamos un gran retraso respecto a las grandes potencias en cuanto a productividad laboral en la industria y un retraso mucho mayor en la agricultura. La economía estaba militarizada, era muy difícil soportar la carga de la carrera armamentística.

Yo puedo decir que nosotros optamos por el cambio no para cubrirnos de honor y de gloria, sino porque éramos conscientes de que la gente merecía una vida mejor y mayor libertad.

Al mismo tiempo, nosotros veíamos la perestroika como parte de un proceso mundial que tenía lugar en un mundo interrelacionado e interdependiente.

La principal herramienta de la perestroika fue la transparencia informativa. ¿Qué es la transparencia informativa? Evidentemente, significa libertad de expresión. Cada persona podía expresar abiertamente sus preocupaciones, su opinión, sin temer la censura o la represión. Pero la transparencia informativa también significaba una mayor apertura en las acciones del Estado, obligaba al gobierno a hacer públicas sus decisiones, a tener en cuenta la opinión de la gente.

La transparencia animó a la sociedad y abrió los ojos del gobierno del país a muchas cosas nuevas. Vimos que la gente quería avanzar hacia adelante más rápidamente. En 1988, en una conferencia del Partido se tomó la decisión de celebrar elecciones a los órganos más altos del gobierno de modo alternativo. Este fue un importante paso hacia la democracia.

En un principio, absolutamente todo el mundo se mostró partidario de estos cambios. Pero luego resultó que la apuesta por cambios decisivos para poder evolucionar no convencía a muchos miembros de la sociedad, del gobierno y de las llamadas “élites”.

Por un lado se encontraban los más radicales, que se relacionaban con los separatistas y que, sintiendo la impaciencia de la gente, especialmente de la clase intelectual, exigían que se “destruyera todo hasta los cimientos” y hacían promesas irresponsables e imposibles de cumplir, hacían creer a la gente que  al cabo de uno o dos años el país se convertiría en un paraíso terrenal.

Por otro lado estaban los conservadores anclados en el pasado, que temían la llegada de auténticos cambios y no confiaban en la elección libre de la gente, ya que no deseaban perder sus antiguos privilegios. Fueron estos quienes, tras perder en la batalla política abierta, optaron en agosto de 1991 por una rebelión que debilitó mis posiciones como presidente del país y que abrió el camino a unas fuerzas radicales que pasados unos meses provocaron que la Unión Soviética se desmoronara.

Yo luché por conservar un Estado unificado por la vía política. Me gustaría subrayar que fue por la vía política. Para mí era inadmisible hacer uso de la fuerza, ya que esto podía arrastrar al país al borde de una guerra civil.

La postura del presidente de Rusia Borís Yeltsin, que desempeñó un papel realmente útil en la tarea de sofocar esta rebelión, también tuvo una parte de hipocresía. Se preparó y se celebró en secreto un encuentro en el bosque de Voronezh en el que los dirigentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia anunciaron la disolución de la Unión Soviética.

Estaba dispuesto a aceptar la mayor descentralización económica posible y la transferencia de autonomías a las repúblicas. Pero se tomó una decisión completamente distinta respaldada por el parlamento ruso. Como resultado de ello se destruyeron todos los vínculos existentes e incluso un importante bien público como era la defensa unificada de la Unión.

¿Es posible culpar a los resultados de la perestroika de la caída de la URSS como hacen muchos, unos por desconocimiento y otros por malicia? De ningún modo. La caída de la Unión Soviética, las dificultades y las privaciones que sufrieron muchos, especialmente en los años 90, fueron el resultado de la interrupción de la perestroika. Pero esto no es óbice ni cortapisa para la conclusión principal: la perestroika introdujo en nuestra vida unos cambios tan profundos que el retorno al pasado se volvió del todo imposible.

Estamos hablando ante todo de las libertades políticas, de los derechos humanos. Esos derechos y esas libertades que ahora se dan por hecho: la posibilidad de votar en las elecciones, de escoger a los gobernantes. La posibilidad de expresar abiertamente la propia opinión. La posibilidad de profesar una fe, una religión. La posibilidad de viajar libremente al extranjero. La posibilidad de abrir un negocio y llegar a amasar una fortuna.

Nosotros pusimos fin a la carrera armamentística. Iniciamos un proceso de reducción del armamento nuclear. Normalizamos nuestras relaciones con Occidente y con China. Retiramos las tropas de Afganistán.  Regulamos numerosos conflictos regionales. Comenzamos un proceso de integración del país en la economía mundial.

Estos son éxitos reales. Pero hoy en día muchos se preguntan por qué la situación es tan alarmante en el mundo. ¿Quizás la culpa de ello la tiene la perestroika y el nuevo pensamiento que propusimos al mundo?

 

No, no puedo estar de acuerdo con eso. Los temores actuales son el resultado de la interrupción de la perestroika, de la caída de la URSS, del rechazo a los principios de este nuevo pensamiento, de la incapacidad de la nueva generación de líderes de construir un sistema de seguridad y cooperación que responda a las necesidades de un mundo globalizado e interdependiente.

El desorden mundial actual

Dejamos pasar las posibilidades que se abrieron ante nosotros con el fin de la guerra fría. No las aprovechamos como debimos.

La caída de la Unión Soviética, provocada por factores internos, fue recibida con júbilo por parte de muchos en Occidente. El fin de la guerra fría, del que salían ganando ambas partes y todo el mundo en general, fue declarado como una victoria de Occidente y de EE UU.

A causa de ello, el mundo no se volvió más seguro. En lugar de un “orden mundial” obtuvimos una “época de disturbios global”. Los conflictos no sólo abarcan los países “del tercer mundo”, sino que también han llegado a Europa. Y ahora el conflicto armado asoma literalmente a nuestra puerta.

No entraré en detalles sobre el conflicto ucraniano. Su causa más profunda reside en la interrupción de la perestroika, en las soluciones irresponsables que tomaron en el bosque de Vorónezh los dirigentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia. Los siguientes años fueron para Ucrania una prueba de resistencia. Al empujar al país hacia la “comunidad euroatlántica”, Occidente ignoró de forma palmaria los intereses de Rusia.

Evidentemente, la experiencia de la perestroika y de una política exterior basada en este nuevo pensamiento no da recetas infalibles para resolver los problemas actuales. El mundo ha cambiado. En la política mundial han aparecido nuevos personajes, nuevos temores. Pero ninguno de los problemas con los que se ha topado la humanidad puede resolverse con los esfuerzos de un solo país o incluso de un solo grupo de países. Ninguno de estos problemas pasa por una solución militar.

Rusia puede aportar una gran contribución para superar el “caos global” existente hoy en día. En Occidente deben ser conscientes de ello.

En la política rusa siguen por resolver muchas de las tareas que aparecieron en nuestra agenda durante los años de la perestroika. Una de ellas es la creación de un sistema político plural y basado en la competencia, en la diversidad real de partidos, así como la formación de un sistema de pesos y contrapesos que equiparen las competencias de los distintos poderes o la imposición de garantías para que haya un cambio periódico del gobierno.

Estoy convencido de que la búsqueda de la salida de este punto muerto en el que se encuentra la política rusa y mundial únicamente dará frutos por la vía de la democracia. En otras palabras: necesitamos democratizar la vida política de Rusia y las relaciones internacionales. No hay otra salida.

Publicado originalmente en ruso en Rossiyskaya Gazeta.

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