El giro hacia oriente marca el nuevo rumbo de Rusia

Dibujado por Tatiana Perelíguina

Dibujado por Tatiana Perelíguina

El año que viene es poco probable que traiga cambios positivos a las relaciones entre Rusia y Occidente

“Tal y como Dostoievski dijo una vez: mucha tristeza en el mundo se debe a las confusiones y a las cosas que quedaron por decir. Fue con el espíritu de decir las cosas que a veces no decimos que abordamos esta reunión, realizada en el espíritu de franqueza y de apertura”.

Estas palabras fueron pronunciadas por el presidente de la Comisión Europea José Manuel Durão Barroso en la conferencia de prensa del 28 de enero de 2014, haciendo balance de la cumbre Rusia-UE. La franqueza y la apertura no sirvieron de nada. La cumbre resultó la última; la siguiente que debía tener lugar en mayo en Sochi no se celebró. Y mirando las relaciones de hoy, resulta difícil creer que estas reuniones se reanuden.

El problema no consiste en la hostilidad personal, ni siquiera en el callejón sin salida en que se encuentra Ucrania. Se ha finiquitado el modelo anterior denominado “alianza estratégica". Esta alianza se basaba en el hecho de que después del fin de la URSS, Rusia, en el fondo, no tenía ninguna alternativa para el acercamiento político, económico y ni siquiera institucional con Occidente, especialmente con la UE.

Y por eso todos los obstáculos fueron examinados como problemas temporales que era necesario no tanto solucionar como mantener a la espera. Rusia cambiaría gradualmente y encajaría en el puesto que se le había asignado en el diseño mundial: jugador importante, pero no decisivo, independiente sólo en la medida que permite una parte de la economía global. Es decir, muy moderado.

Una vez, al principio del camino iniciado entre Rusia y Occidente, respecto a esto hubo un consenso. Pero duró poco. A medida que se apagaba la euforia de después de la revolución de principios de la década de 1900, la parte rusa se dio cuenta de que para caber en el espacio propuesto tenía que doblegarse.

Sería injusto decir que Rusia no lo intentó. Y las tentativas más sensatas llegaron justamente en el comienzo de la presidencia de Vladímir Putin. El segundo presidente de Rusia durante mucho tiempo trató de conciliar la identidad rusa con la presentación necesaria para el arraigo en la comunidad occidental.  

Está claro que esto no se hizo sin errores ni una apreciación incorrecta de unas u otras circunstancias. Pero este intento tuvo lugar y, de haber mostrado al lado occidental más flexibilidad y creatividad, quién sabe si Rusia ahora no sería un miembro de alguna asociación con la UE. No de aquellas, por supuesto, que firman ahora Kiev o Chisinau, sino más equitativas y estableciendo relaciones institucionales más fuertes.

Una vez más, lo principal es que entonces (en realidad, hasta hace poco tiempo) la idea de que Rusia no tenía otra opción de futuro, excepto como parte de una “gran Europa" (no cultural e histórica, sino política), era casi un axioma. Ahora predomina casi la opinión contraria. Decir que la nueva identidad política rusa se crea en contraposición a Europa sería una exageración (aunque en el caso de los EE UU Unidos esta característica es más aplicable). Pero el deseo de construir una relación a largo plazo con la UE no es ya una prioridad.

Rusia es un barco voluminoso y difícil de manejar, hacer que tome un nuevo rumbo lleva mucho tiempo, pero obligarla a que dé vuelta atrás también es complicado. Lo que está pasando hoy es el comienzo de un giro hacia al Este,  no sólo a China, sino a Eurasia en su conjunto. Este proceso llevará mucho tiempo, y es imposible prever hoy todos sus zigzags futuros. Sin embargo, es importante entender que en este momento no nos enfrentamos a una oscilación coyuntural sino también a un auténtico cambio de hitos. Precisamente lo catalizaron los acontecimientos en Ucrania en 2014.

El año que viene es poco probable que traiga cambios positivos a las relaciones entre Rusia y Occidente. El desarrollo de los acontecimientos en Ucrania no augura que vaya a mejorar la situación. Mucho dependerá de cómo pase el invierno el país, de si se conserva la estabilidad política y social: esto atañe al territorio principal de Ucrania y al Donbass, que Kiev ahora no controla. La situación actual es capaz de generar nuevos motivos para el enfrentamiento entre Rusia y Occidente, y apenas hay incentivos para un acercamiento.

Pero el problema es aún más profundo. Se necesita un nuevo modelo de relación recíproca, que se base en una nueva realidad. Rusia se está ocupando activamente de diversificar su actividad política y económica hacia el Este. Y el nuevo conglomerado transatlántico de Europa y EE UU está tratando de reproducir el modelo de un único bloque político occidental de la época de la Guerra Fría, pero en un contexto mundial completamente diferente. Ambos proyectos están en proceso de realización y su futuro no es del todo claro.

En este contexto, para buscar formas de compromiso a largo plazo es necesario una cantidad considerable de buena voluntad y un esfuerzo intelectual serio. Ni uno ni otro lado son hoy por hoy capaces de ello.

A Fiódor Dostoievski, el mismo autor que citó un año antes el expresidente de la Comisión Europea José Manuel Durão Barroso, pertenece otra famosa frase: “Nosotros, los rusos, tenemos dos patrias: nuestra Rusia y Europa". El escritor demostró apasionadamente tanto la pertenencia de Rusia a Europa como lo pernicioso que sería una copia ciega de los métodos europeos en suelo ruso.

El dualismo de la conciencia es un producto del desarrollo histórico del Estado ruso, nacido en cuna europea, pero que se hizo a sí mismo y adquirió rasgos típicos volviéndose hacia Oriente, hacia Asia. Así que, en cierto sentido, la reticencia o lo que no se dice es una forma natural de ser, porque las definiciones categóricas y las circulares escritas claramente conforme al espíritu paneuropeo acquis communautaire Rusia no las aceptará.

Fiódor Lukiánov es el presidente del Consejo de Política Exterior y de Defensa.

Lea más: El gran experimento de Putin>>>