Cooperación fallida

Dibujado por Konstantín Máler

Dibujado por Konstantín Máler

El drama de Ucrania consiste en que la política activa de Europa no refleja el deseo de las capitales occidentales a acoger a Kiev en el seno de su familia, y está condicionada por su relación con Rusia.

En diciembre es costumbre hacer balance del año, pero en este 2014 resulta una tarea ardua. Por un lado, los procesos iniciados parecen estar lejos de haber finalizado y no se sabe cómo acabarán, ya sea el conflicto en Ucrania, el avance del Estado Islámico en Oriente Próximo o las intrigas del petróleo en el seno de la OPEP, que han hecho que bajen los precios a un nivel al que no estábamos acostumbrados. Por otro lado, nos encontramos frente a un fin de época que se ha prolongado un cuarto de siglo.

Hace exactamente 25 años, el 18 de diciembre de 1989, empezó el último episodio del drama histórico titulado “Fin del campo socialista en Europa”. En todo el bloque oriental ya habían tenido lugar cambios pacíficos. Rumanía fue la trágica excepción: el jefe del Estado y su mujer fueron fusilados en virtud de la “ley revolucionaria”.

25 años después estos episodios se mencionan a menudo y se los compara con la Primavera Árabe o con Maidán en Ucrania. Considerando los hechos ocurridos en los años 2011-2014, el ejemplo de Rumanía parece ser el paralelismo más cercano, aunque no exactamente igual. El país, por sus condiciones sociales y políticas, estaba menos preparado que los otros para enfrentarse a las transformaciones democráticas, pero cayó en la oleada de ampliación de las instituciones occidentales de la OTAN y de la Unión Europea. Ser miembro de ellas equivalía a tender una vía y estar obligado a transformar la sociedad y el Estado conforme a las normas democráticas actuales. No se puede calificar de exitosa la transformación de la sociedad rumana; la necesidad de seguir determinadas reglas limita el riesgo de desviarse hacia formas políticas más odiosas.

Sin embargo, existen incoherencias: el presidente rumano Traian Băsescu, que recientemente ha abandonado el cargo, encarnaba la imagen del populista nacionalista, mientras que en la vecina Hungría gobierna Viktor Orbán, cuyo rumbo político contradice las directrices fundamentales de la Unión Europea en casi todos sus ámbitos. Por lo demás, si no hubiera instituciones euroatlánticas que hicieran de muro de contención, los sentimientos nacionalistas y revanchistas se manifestarían con mucha más fuerza.

En cualquier caso, ni en Oriente Próximo ni en Ucrania hay frenos de este tipo. Tanto Europa como los EE UU han acogido estas revoluciones con simpatía, viendo en ellas la próxima ola de democratización en el mundo, aunque no se ha aludido a ninguna integración institucional de los países de la “libertad victoriosa” en la comunidad occidental.

En el caso de Oriente Próximo y África del Norte esto parece comprensible, las diferencias son obvias. Pero estas diferencias, a decir verdad, no han impedido a la UE incluir estos estados en los programas de vecindad ni reivindicar el papel de patrocinador. Pero cuando se ha producido una crisis grave se ha visto que Europa casi no disponía de instrumentos.

Con Ucrania es todo cada vez más extraño, ya que claramente este país encaja en el perfil de naciones que podrían aspirar a la integración. No a las formas intermedias sin obligaciones por parte de Bruselas, como el desafortunado acuerdo de asociación sino a ese proceso normal que se realizó en las décadas de 1990 y 2000 con los Estados de Europa Central y Oriental. La asignación del estatus de país-candidato con la perspectiva de que una vez reunidas las condiciones el ingreso sería automático.

El motivo por el cual la UE (hasta día de hoy, por cierto) no ha hablado nunca de que Kiev podría ser integrada es una cuestión interesante. Argumentos de que Ucrania no está del todo preparada u otros por el estilo suenan poco convincentes teniendo en cuenta que un país como Albania es candidato oficial.

El drama de Ucrania consiste en que la política activa de Europa no refleja el deseo de las capitales occidentales a acoger a Kiev en el seno de su familia, y está condicionada por su relación con Rusia. La asociación conduce al resultado contrario. Como resultado de la rivalidad que ha estallado entre Moscú y Bruselas, hoy Ucrania está objetivamente mucho más lejos de la UE que antes. Europa está pensando únicamente en cómo minimizar sus propios costes derivados de la crisis.

Tal vez el principal balance de este año que acaba, así como del vigésimo quinto aniversario, consiste en que se han delimitado las expectativas. La UE no puede ampliarse más sin dañarse a sí misma y tampoco puede permitirse invertir en países que no forman parte de la Unión.

Rusia tiene el suficiente potencial para contrarrestar las concentraciones hostiles a lo largo de sus fronteras, pero no está en grado de ocuparse en serio de un proyecto autónomo. Para Ucrania y los países “intermedios” es una mala noticia.

Y la conclusión que se debería sacar es sólo una: no hay que provocar conflictos entre los grandes, sino al contrario, contribuir a su cooperación. De momento, en realidad, ocurre justo lo contrario.

Fiódor Lukiánov es presidente del Consejo de Política Exterior y de Defensa.

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