La nueva política rusa respecto a Europa

Dibujado por Konstantín Máler

Dibujado por Konstantín Máler

Las relaciones entre Rusia y los países de la UE se están enfriando cada vez más. Como consecuencia, está naciendo la nueva 'Ostpolitik', política oriental. Pero esta vez Rusia toma la iniciativa.

Se ha cancelado el proyecto South Stream. Vladímir Putin lo anunció oficialmente en su visita oficial a Turquía, durante la que acordó aumentar el suministro a este país y, posiblemente, al mercado europeo a través de Turquía.

Nadie puede decir que sea una sorpresa. La Comisión Europea está bloqueando activamente las iniciativas rusas; la UE habla constantemente sobre la amenaza política que supone importar gas de Rusia y anuncia oficialmente que tiene como objetivo reducir su dependencia energética de Rusia.

La situación económica rusa dista de ser halagüeña: no hay más recursos para invertir y hay que establecer unas prioridades. El precio de los hidrocarburos está bajando.  En estas condiciones, continuar con el proyecto, cuyos beneficios suscitaban dudas incluso en tiempos de bonanza, sería una extraña obsesión.

South Stream comenzó entre la segunda parte de los 2000 y a principios de los 2010. En aquel momento, Rusia esperaba que la relación cercana con la UE alcanzase otro nivel, prescindiendo (tanto en sentido literal como figurado) los países intermedios con problemas políticos. Como Ucrania, en primer lugar.

A principios de la pasada década, Rusia tenía un objetivo diferente: convertir a Ucrania en parte integrante del sistema de suministro de gas a la UE, esto es, restaurar en diferentes ámbitos un único hilo conductor, como sucedía en la URSS.

En 2002-2003 Moscú, Kiev y Berlín debatieron un consorcio tripartito para el gas, pero no hubo progresos, principalmente por la postura de Kiev. Después Ucrania entró en el periodo Maidán y terminaron las negociaciones constructivas.

El resultado fue que se iniciase la historia de los Stream: el North Stream por el fondo del mar Báltico hasta Alemania y el South Stream a través del Mar Negro y el sudeste de Europa hasta Austria e Italia. Moscú creía que la UE estaba interesada en un suministro de gas ininterrumpido y solo podría alegrarse ante una diversificación de las rutas. Sin embargo, las relaciones políticas comenzaron a desmoronarse y la energía comenzó a ser un tema no de economía, sino de seguridad.

North Stream fue posible gracias a la posición firme de Alemania. El país quería estar seguro en caso de que hubiera problemas con el tránsito a través de Ucrania. Berlín tenía suficiente poder en la UE como para superar el descontento expresado por los países bálticos, Polonia y Escandinavia, principalmente porque el proyecto no preveía el tránsito por el territorio de ningún país.

El primero que se opuso a South Stream fue Austria, pero no tenía suficientes recursos administrativos, ya que el clima político se había deteriorado drásticamente debido a otra crisis ucraniana.

Pero lo más importante es que los eventos de 2014 obligaron a Rusia a revisar sus prioridades. Asistimos al desmoronamiento del “partenariado estratégico” con la UE debido a sus diferentes visiones de los países “intermedios”. El comienzo de las hostilidades mutuas, incluyendo las sanciones, también minó la cooperación económica, que parecía incontestable.

Los cimientos de las directivas europeas sobre suministros se basaban en acuerdos de los 60, con una amplia expansión en los 70 y 80. Esto predeterminó el vector de las relaciones geopolíticas durante largos años. La “política oriental” (la mejora cualitativa de las relaciones entre Alemania Occidental y la URSS y otros países socialistas), que empezó a finales de los 60 impulsada por el canciller Willy Brandt, estaba motivada principalmente por esos factores. La economía de Alemania Oriental (y posteriormente la de la Alemania unificada) necesitaba posiciones sólidas en los mercados occidentales.

Alemania e Italia, las destinatarias de los Streams, estaban en la base de la estrecha interdependencia energética entre la URSS/ Rusia y Europa. Casi medio siglo después, se realizaron intentos para repetir el modelo en una nueva fase histórica, pero no funcionaron. Hace cuarenta años, en la época de las guerras arabo-israelíes, el crudo siberiano fue un medio para que Europa redujera su dependencia de los proveedores políticamente dudosos de Oriente Medio. Ahora el Viejo Mundo cree que la importación desde Rusia es peligrosa. Que sea o no sea justo es otro asunto. Pero es obvio que los sucesos en Ucrania han desempeñado un papel extremadamente negativo.

Las relaciones entre Rusia y los países miembro de la UE se están enfriando cada vez más. Como consecuencia, está naciendo la nueva “política oriental”. Pero esta vez Rusia toma la iniciativa.

Alemania, por su parte, está revisando su “política oriental”. Hay diferentes motivos para ello: desde el cambio gradual en su equilibrio energético en favor de una mayor diversificación hasta su nueva autoconciencia política de ser el único líder europeo. El resultado, sin embargo, es que las relaciones entre Rusia y Alemania, igual que las de Rusia y la UE, están enfriándose rápidamente.

Como consecuenia, surge la nueva “política oriental”. Pero esta vez, es Moscú quien la crea y la dirige hacia el este y sudeste de Rusia: el conjunto de acuerdos con China, la actividad en Asia, la apuesta por Turquía como consumidor y país de tránsito para el crudo ruso, los tratos energéticos con Irán y demás.

Esta deriva cambiante es capaz de determinar las preferencias geopolíticas durante un periodo que durará menos de lo que duraron las decisiones de los 60 y 70. Ciertamente, esta política no será amable. Tratar con los nuevos socios no será más fácil que tratar con los antiguos. Se realizarán inversiones cuantiosas y en ocasiones arriesgadas. Pero, como es obvio, Rusia no romperá con Europa. Los contratos ya firmados se mantendrán durante las próximas décadas.

Sin embargo, el giro hacia Asia y el cambio de la atención de Rusia a esa área son más que algo explicable e inevitable, especialmente porque es Occidente quien empuja a Rusia en esa dirección.

Fiódor Lukianov es presidente del Consejo para Política Exterior y de Defensa.

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Artículo publicado originalmente en ruso en Rossiyskaya Gazeta.