Los bajos precios del petróleo dañan a Rusia y a Occidente

Dibujado por Dmitri Divin

Dibujado por Dmitri Divin

¿Se están aliando los intereses de Occidente y el Golfo Pérsico para dañar a Rusia? ¿Es el país irremediablemente adicto al oro negro? En realidad Europa también sale perjudicada de la situación y no hay indicios de que sea muy sostenible para EE UU.

La última vez que Rusia se enfrentó a una crisis financiera fue en agosto de 1998, cuando el rublo cayó frente al dolar después de que el Gobierno de Borís Yeltsin no hiciese frente a los pagos de la deuda interna y congelase la externa. En solo unas semanas, la tasa de cambio del rublo al dólar pasó de 6 a 21. La gente corriente, que guardaba sus ahorros en rublos o tenía hipotecas calculadas en dólares, estaba al borde de la ruina.

Sin embargo, en un país que no es ajeno a las crisis, en unos pocos años la economía rusa era tan floreciente como siempre, con un crecimiento anual de dos cifras.

Cuando Vladímir Putin llegó al poder en 1999, se enfrentó a una situación que se escapaba del control, debatiéndose bajo el peso de un experimento económico neoliberal que había fracasado. Tras la humillación que supuso la caída de la URSS, Rusia, golpeada por la pobreza, estaba en un estado lamentable.

Putin saneó el problema con un simple pero efectivo impuesto único del 13 % sobre los ingresos, que pervivió para formar una cultura de evasión fiscal generalizada. Posteriormente, renacionalizó las industrias clave y terminó con el dominio de los oligarcas de los 90.

En el momento justo, debido a causas externas, los precios del petróleo empezaron a subir y el fénix ruso desplegó sus alas. Cuando parecía que había que decir adiós a Moscú, el país se alejó del precipicio. ¿Será posible que ahora este apego del Kremlin a las virtudes del oro negro se convierta en su perdición? ¿Están los agentes externos aprovechándose de la dependencia rusa de los ingresos por el petróleo para hundirlo? Ninguna hipótesis parece convincente.

El rublo en caída libre

En primer lugar, las malas noticias. Las relaciones Moscú-Washington están en su punto más bajo desde la era Brezhnev en los años 70. La fuga de capitales desde Rusia alcanza un nivel récord y se espera que llegue a 128.000 millones de dólares este año. El crecimiento económico ha encallado en una tasa de casi cero. Eso es una lección para un país que tuvo en tiempos un crecimiento de dos dígitos y que recientemente ha mantenido estable un 4 % mientras que sus rivales se estancaron o decayeron.

Europa también sufre y con toda probabilidad se verá forzada a insistir en que se levanten las sanciones que apenas afectan a los EE UU pero que están dañando tanto las economías europeas como la rusa.

Se ha suavizado la potente retórica que el Reino Unido desplegó a mediados del verano sobre las acciones de Rusia en la crisis de Ucrania. David Cameron tiene ahora mismo más de qué preocuparse aparte de Ucrania y Putin. El partido tory se está desmembrando con motivo de la relación entre Gran Bretaña y la UE y planea sobre él el surgimiento de UKIP, un partido antieuropeo de derechas. Todo esto por no mencionar las continuadas tensiones en Escocia y una ciudadanía harta de austeridad.

La caída del rublo aterra a los rusos. La nueva clase media se ha acostumbrado a sus vacaciones anuales, impensables hace unos pocos años. Tailandia, Turquía y España están entre los destinos principales de los rusos, en paralelo con la colonización británica y alemana de las playas españolas y griegas hace 30 ó 40 años. Serguéi y Svetlana están comprensiblemente turbados por la posiblidad de cambiar Alicante por la Alushta o Nimmanoradee por Najodka en Primorki krai. Y es recíproco: los resorts turísticos se tambalearían tras la pérdida de los clientes rusos.

Alarma justificada

Muchos colegios privados británicos de élite, instituciones que se mantienen gracias a sus elevadas matrículas, dependen de sus estudiantes rusos para cubrir gastos. Contrariamente a cuanto se pueda pensar, no todos estos alumnos son alevines de familias de oligarcas. La gran mayoría tiene padres trabajadores de clase media. Con la libra a un cambio de 70 rublos y subiendo, el sector de la educación privada en Gran Bretaña tiene motivos justificados para estar alarmado.

Por lo que respecta a la caída de los precios del petróleo, no tiene sentido pensar que es una nefanda conspiración entre EE UU y Arabia Saudí para derribar a Putin. La caída en picado de los precios del crudo es consecuencia del boom del esquisto en EE UU y la disminución de la demanda en China y Europa.

Si Arabia estuviese conspirando, el Ejército Islámico sería su objetivo y el torbellino ruso un afortunado efecto secundario, desde su perspectiva. Riyadh tiene suficientes reservas monetarias para mantener el precio del barril en unos 80 dólares durante algunos años. Aunque el Ejército Islámico vende su petróleo con grandes descuentos, los bajos precios significan que no podrán acumular beneficios de de los pozos que controlan en Siria e Irak. Y menos beneficios quiere decir menos potencia de disparo en su Guerra Santa.

El problema de Rusia es que el petróleo de los Urales ha caído de 115 a 83 dólares el barril desde junio. Deutsche Bank afirma que debido al gran aumento del gasto en los últimos años, Moscú necesita que el barril se venda a 100 dólares para equilibrar su presupuesto. El Kremlin podría pagar ahora las consecuencias de su fracaso en diversificar la economía rusa. Sin embargo, hay motivos para creer que Rusia podría, hasta cierto punto, esquivar el golpe.

La caída del rublo podría ser un desastre para los hogares comunes, pero tendría un impacto positivo en el presupuesto del Gobierno ruso, ya que sus ingresos por el petroleo son en dólares y el gasto interno se hace en rublos. Esto suaviza la presión sobre las arcas del Estado. Y, dejando de lado a los saudíes, los demás productores de Oriente Medio no podrán aguantar tales bajadas de precio durante muchos años.

Rusia tiene unas saludables reservas de efectivo y puede resistir la mala situación económica aún durante un tiempo. El boom del esquisto en los EE UU, que está manteniendo a raya el desempleo en el país, no podrá lidiar mucho tiempo con precios por debajo de los 90 dólares.

El ministro de Economía británico, Geoge Osborne, también está dispuesto a usar el fracking para extraer gas de esquisto en las regiones septentrionales de Inglaterra. Un efecto colateral de una caída prolongada de los precios del petróleo significaría el fin de la burbuja del esquisto. Buenas noticias para los ecologistas, pero no precisamente bienvenidas para los productores nacionales de energía.

Bryan MacDonald es un periodista irlandés que se ocupa principalmente de Rusia y geopolítica internacional.

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