El mundo sin el Muro

Dibujado por Tatiana Perelíguina

Dibujado por Tatiana Perelíguina

El exsecretario de prensa del presidente de la URSS Mijaíl Gorbachov, ha escrito un libro titulado “El Titanic soviético: un cuaderno de bitácora”, que se espera se publique en Rusia. Con el permiso del autor, RBTH reproduce algunos fragmentos.

Gorbachov cuenta que supo de la caída del muro de Berlín la mañana del 9 de noviembre. Como la situación en Berlín se desarrollaba de manera caótica, nadie de su entorno se decidió a despertar al Secretario General e informarlo de los acontecimientos, ya que a primera vista no suponían ninguna amenaza para la seguridad nacional. Cuando finalmente se le contó que durante la noche las manifestaciones habían obligado a las autoridades de Alemania Oriental a abrir las fronteras con Berlín occidental, dijo: “Las autoridades hicieron lo correcto”.

Así pues, todo había sucedido según sus deseos, solo que sin haber dado él órdenes o su aprobación oficial. Anteriormente, durante el primer Congreso de Diputados del Pueblo, Andréi Sajarov (físico, uno e los creadores de la bomba de hidrógeno; posteriormente, como disidente y activista pro derechos humanos, fue enviado al exilio interior en la ciudad de Gorki, pero en 1986 Gorbachov le permitió volver a Moscú), comentó el comportamiento de Gorbachov diciendo: “Nunca sabemos cuáles de sus decisiones toma él mismo y cuáles suceden según sus deseos, pero por ellas mismas. Sabe cómo realizar estas maniobras cuando se encuentra en una situación de Zugzwang (“obligación de mover”), por usar un término de ajedrez, y al final todo sale como él quería”.

Mi amigo Giula Horn (político húngaro, ministro de Exteriores 1989-1990, primer ministro 1994-1998), tenía razón cuando describió este comportamiento particular de Gorbachov en situaciones complejas y delicadas: “Si quieres resultados y estás convencido de la justificación política de tu decisión, actúa por ti mismo”. En este caso aunque Gorbachov no se puso la medalla de haber echado abajo el muro construido por Jruschov, tampoco tuvo que justificar ante la oposición conservadora y los generales en Moscú por qué entregó personalmente la baza más valiosa del la Unión Soviética, y prácticamente gratis.

Gorbachov no fue el único que tuvo en cuenta en aquel momento la reacción de los generales soviéticos ante el evento. Todo el mundo en Occidente, empezando por Alemania Occidental, a la que pilló desprevenida la ligereza con la que, aparentemente por su propio peso, se deshicieron los nudos más complejos de la guerra fría y se resolvió el problema de Berlín, un problema que por desde 1948 había sido motivo de por lo menos dos graves crisis en las relaciones entre Este y Oeste.

Todo el mundo en Occidente se quedó paralizado, esperando a ver cómo respondería Moscú a este cataclismo estratégico. Algunos temían que Gorbachov, incluso contra su voluntad, se viese obligado a restaurar el statu quo con la ayuda de los tanques soviéticos. Otros, por el contrario, temían que, si no lo hacía, sería arrojado del poder por un ejército furioso, que no estaba dispuesto a que se revisasen los resultados de la última guerra. En cualquiera de los casos, las consecuencias habrían sido lamentables: la pérdida de fe en los cambios de la perestroika en la URSS y la vuelta de la política de confrontación soviética con Occidente.

Paradójicamente, más en Occidente que en el Este, la gente tenía miedo de que los alemanes de ambos lados, llevados por la euforia de la caída del muro, se olvidasen de su estatus de nación derrotada y quisieran tomar las riendas de su destino en sus propias manos. De improviso, el volcán alemán despertaba en el centro de Europa y removía lo que parecían ser los miedos y complejos antialemanes, suavizados a lo largo de los años por la solidaridad atlántica. Este episodio de “historia repetida” afectaba especialmente a Miterrand y Thatcher y en consecuencia los dos líderes, al igual que en su día Roosevelt y Churchill recurrieron a Stalin, recurrieron a Gorbachov.

El pánico político y emocional se adueñó de las capitales occidentales durante varias semanas antes de alcanzar Washington, que, gracias al océano Atlántico, se había visto libre del síndrome antialemán que reinaba en Europa. Sin embargo, EE UU estaba preocupado por haber perdido el control sobre su aliado estratégico más fiable de Europa. Kissinger, el más europeo de todos los diplomáticos estadounidenses, en una conversación con el embajador ruso Dobrinin, sugirió que “se moviese” los efectivos militares de las bases de Alemania del Este.

Tras el inesperado milagro de la caída del Muro, el mundo contuvo el aliento, expectante. Ni en Moscú ni en Bonn ni en Berlín los líderes estaban preparados para ver cómo la política, que ellos creían tener bajo control, se les escapaba de las manos y se extendía por las calles. Gorbachov, para no perder credibilidad, tuvo que convencer a todo el mundo, dentro y fuera del país, de que aún tenía el mando de la situación y no era, de ningún modo, una víctima de las fuerzas que él mismo había desencadenado. Para ello, tenía que advertir a Bonn de no dar ningún paso independiente o apresurado hacia la reunificación. El río de la historia, que se había desbordado súbitamente, necesitaba ser encauzado de inmediato hacia los embalses de la diplomacia.

El muro de Berlín había caído. Se abrieron los pasos fronterizos. Recibir un pasaporte de viaje y permiso para dejar el país se convirtió en un derecho constitucional para los ciudadanos soviéticos. Pero ¡sorpresa!, las ciudades del Este no se despoblaron y no fue necesario cerrar las fábricas debido a la falta de mano de obra. En esencia, el Gobierno soviético escuchó mi ingenuo consejo, escrito hacía veinte años en una revista estudiantil: “¿Queréis saber si un estudiante o ciudadano soviético está listo para viajar al extranjero? Dejad que se vaya”. La gente de Europa occidental se dio cuenta de que el muro que había caído no solo era una barrera policial tras la que el régimen represivo se ocultaba, manteniendo a sus ciudadanos bajo control, sino también un “dique” que protegía el bienestar occidental y su modelo social de las masas de pobreza acumuladas en el Este, de su agresivo nihilismo legal, la intolerancia y la envidia social.

Andréi Grachev fue subdirector del Departamento Internacional del Comité Central del Partido Comunista de 1989 a 1991. En 1991 se convirtió en secretario de prensa del presidente, de modo que pasaba casi todo su tiempo con Gorbachov y llegó también a tener una relación cercana con su familia.

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