La ampliación de la OTAN y el final de la guerra fría

Dibujado por Tatiana Perelíguina

Dibujado por Tatiana Perelíguina

La disputa entre Rusia y Occidente sobre la ampliación de la OTAN en Europa es un tema de enorme importancia en el diálogo sobre la seguridad europea. En las diferentes interpretaciones del contexto el origen del asunto se encuentra en el final de la guerra fría y sus principales consecuencias.

Rusia considera que la guerra fría llegó a su fin gracias a los esfuerzos conjuntos de la URSS y los EEUU a finales de los años 80, en un proceso que pasó de la confrontación a la cooperación entre los dos grandes superestados. Esa era la misma interpretación que hacía Occidente hasta que en 1991 cayó la Unión Soviética.

Para enero de 1992 el presidente de los EE UU George Bush padre declaraba: "Gracias a Dios, Estados Unidos ha ganado la guerra fría”. Este acontecimiento se interpretó en Occidente como un punto de inflexión que abrió una nueva época histórica en la cual no iban a funcionar los acuerdos del pasado. Desde el punto de vista soviético esto suponía que, una vez que se había terminado la confrontación mediante tratados, las partes se pondrían a definir conjuntamente el futuro de esos espacios donde se cruzaban los intereses. Nos referimos principalmente a la seguridad en Europa, que debería basarse en un equilibrio de intereses de los principales estados que actúan de forma conjunta en la OSCE. En relación a esto el principal tema era el futuro de la OTAN que había sido creada como contrapeso a la URSS.

A finales de los años 80 las partes llegaron al acuerdo en relación a Alemania, de que si la URSS accedía a la unificación del país y sacaba sus tropas del país quedaría garantizada la no ampliación de la OTAN. En una conversación con Mijaíl Gorbachov en 1990, el secretario de estado de los EEUU James Baker aclaró: "Consideramos que las consultas y discusiones dentro de los mecanismos "dos más cuatro" deberían garantizar que la unificación de Alemania no suponga una ampliación de la organización militar de la OTAN hacia el este".

Los países de la OTAN se comprometieron a no desplegar la infraestructura militar de la Alianza en Alemania Oriental, lo que se ha cumplido hasta el día de hoy.

A pesar de que la postura de la URSS sobre la inaceptabilidad de la ampliación de la OTAN estaba claramente expresada, no se llegó a firmar un acuerdo que garantizara esa no ampliación. En 1989-1990 no se puso en marcha un tratado sobre este tema ya que seguía existiendo la Organización del Pacto de Varsovia y se mantenían las esperanzas de alcanzar un acuerdo con Occidente para establecer un statu quo en Europa.

Pero ya a partir de 1991 la URSS perdió el control de los acontecimientos en Europa Central y del Este. Las revoluciones de terciopelo y la disolución del Pacto de Varsovia dieron lugar a una situación en la que Occidente no tuvo prisa por adquirir ningún tipo de obligaciones con Moscú.

La situación se agravó aún más con los intentos de golpe de Estado en la URSS y la posterior desintegración del país. Los nuevos líderes de Rusia dejaron a un lado las exigencias soviéticas y las garantías de no ampliación de la OTAN y desde el primer momento rechazaron unirse ellos mismos al bloque.

Borís Yeltsin escribió en 1990: "Resulta casi de risa en comparación con nuestros cuatro años largos de perestroika, que en pocos días la RDA, Checoslovaquia y Bulgaria ha dado un salto desde el pasado hacia adelante, hacia la normalidad, la humanidad, la sociedad civilizada que ahora mismo ya no está nada claro si podremos alcanzarlos alguna vez". Estas palabras explican por qué resultó aceptable la intención de los países del antiguo Pacto de Varsovia de ser miembros de la OTAN.

Por su parte, los líderes de la Alianza del Atlántico Norte interpretaron la situación como una clara victoria e impusieron un programa de conversión del bloque en una organización universal de seguridad. Con este contexto Rusia dejó de considerarse un igual y ocupó en la interpretación de la OTAN el papel de un país europeo más con el que la Alianza se proponía establecer relaciones bajo sus condiciones.

Estas tendencias hicieron que se establecieran profundos desequilibrios en la seguridad europea que a mediados de los 90 se tradujeron en discrepancias básicas entre Rusia y la OTAN. Así a comienzos de aquella década se perdió la oportunidad de encontrar una solución estable para las relaciones entre Rusia y Occidente. El silencio y la falta de acuerdos llevó a una completa falta de comprensión mutua. El resultado fue que Occidente se negó a establecer una política sensata y dirigida en relación con Rusia. Se dio por hecho que Moscú iría por sí misma hacia Occidente y que, por su parte, con sus acciones unilaterales no podían perjudicar a Rusia. Esta política no tenía como objetivo ignorar los intereses de Rusia, pero esto fue precisamente lo que sucedió.

Esta política tampoco se revisó tras algunas graves discrepancias iniciales entre Rusia y la OTAN sobre los conflictos en los Balcanes. Occidente respondió al llamamiento de Rusia para acordar unos pasos en el ámbito de la seguridad en Europa, como por ejemplo la ampliación de la OTAN o el despliegue del escudo antimisiles estadounidense, de la siguiente manera: "Ya no somos enemigos, haced lo que queráis".

Washington y Bruselas no estaban inquietados por los pasos simétricos de Rusia para reforzar su seguridad, entre otras cosas porque se consideraba que Moscú no supondría una amenaza significativa. Se oyó muy a menudo la frase: “Rusia quiere ser un socio en bases de igualdad pero no es un igual”

La divergencia de intereses llevó a que Rusia revisara sus prioridades en cuanto a Occidente. Los planes para la creación de un orden mundial en igualdad de derechos no se concretaron. EE UU y la OTAN, en repetidas ocasiones y de forma unilateral, han utilizado la fuerza en conflictos saltándose el derecho internacional. Occidente comenzó a criticar, cada vez más, la vía de política internacional independiente de Rusia para garantizar sus intereses acusando a Moscú de ser ella la que estaba actuando fuera de las reglas.

La crisis de Ucrania ha sido el último y más importante acontecimiento que ha desequilibrado el orden internacional. Para evitar futuros conflictos en Europa Rusia y Occidente deberían llegar a un acuerdo sobre las nuevas normas de cooperación en Europa y en el mundo.

Andréi Sushentsov es doctor y profesor asociado de la MGIMO de Moscú e investigador del Club Valdái.

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