¿Qué peligro entraña el Estado Islámico para Rusia?

Dibujado por Alekséi Iorsh

Dibujado por Alekséi Iorsh

Moscú se opone a las actuales variantes para la introducción de tropas extranjeras en Siria con el fin de luchar contra los terroristas del Estado Islámico (EI). Pero esto no significa que Rusia no perciba la amenaza que representa esta agrupación.

La organización terrorista EI sigue ocupando no sólo partes de Siria e Irak, sino que también copa páginas de los medios de comunicación internacionales con artículos de fondo y editoriales. La destrucción de ciudades, la aniquilación física de cristianos y kurdos, la introducción en los territorios capturados de bárbaras leyes medievales… Son algunos de los infortunios que este grupo terrorista insurgente ha llevado al Oriente Próximo.

Cuando esta realidad se asoma a las pantallas de televisión o a las páginas de los periódicos, los habitantes occidentales exigen a sus gobiernos que acaben con el EI y lleven paz, aunque sólo sea una partícula, a esa región. Los líderes estadounidenses y europeos han prestado atención a los puntos de vista de sus ciudadanos y están elaborando planes para poner fin a la barbarie del EI mediante operaciones terrestres, pues entienden que si no se frena a los terroristas en Oriente Próximo, acabarán por crear serios problemas en sus propios países.

Sin embargo, la voz de Rusia suena discordante: Moscú exige que la operación se realice bien mediante la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, bien con el consentimiento del gobierno sirio. Esta postura suscita críticas por parte de la comunidad occidental. Algunos llegan incluso a afirmar que Rusia subestima la amenaza que supone el EI. En realidad, nada más lejos de la verdad: los riesgos que el EI entraña para la seguridad de Rusia no sólo no son pocos, sino más peligrosos que los que representan para los países de Europa occidental.

Desde el punto de vista de la amenaza directa de la propagación del islamismo radical, la situación para Rusia es un poco menos favorable que para el resto de Europa. Lo cierto es que en Rusia viven casi diez millones de musulmanes. Según diversas estimaciones, musulmanes rusos, cuyo número oscilaría entre algunos centenares y varios millares, “hacen prácticas” en las filas del EI y, una vez acabada la guerra, podrían volver a Rusia e intentar declarar la yihad en casa. Algunos representantes del EI han amenazado públicamente con ir, después de Siria, a “liberar” Chechenia del poder ruso.

Sin embargo, hay varios factores a tener en cuenta. En primer lugar, Rusia es un crisol de culturas. A diferencia de Europa, en las grandes ciudades de la región central del país no hay guetos culturales o étnicos, por lo que no se produce un caldo de cultivo para la difusión de las ideas islamistas radicales.

En segundo lugar, en Rusia no hay esa tolerancia absoluta y excesiva que reina en Occidente con respecto a los elementos asociales y las manifestaciones de “la cultura de las naciones individuales”. En último lugar, durante las operaciones especiales en el Cáucaso, los servicios de inteligencia rusos han adquirido una valiosísima experiencia en el ámbito de la lucha contra el radicalismo islámico. De este modo, a diferencia de en el Viejo Continente, donde el regreso de voluntarios de la yihad procedentes de Siria e Irak en un futuro podría traer consigo desórdenes a gran escala entre la comunidad de inmigrantes, en Rusia la amenaza real consiste en actos terroristas aislados.

No obstante, en Moscú se considera mucho más grave la amenaza indirecta. Al sur de Rusia se encuentran cinco grandes estados islámicos de Asia Central -Tayikistán, Uzbekistán, Kazajistán, Kirguizia y Turkmenistán- y uno más en el Cáucaso del sur (Azerbaiyán).

En conjunto, casi 65 millones de musulmanes que no viven en condiciones de democracia ni de respeto por las libertades civiles. Y si en algunos de estos países (Turkmenia, Azerbaiyán, Kazajistán) las autoridades consiguen suavizar el descontento existente entre la población hacia el autoritarismo por medio del crecimiento del bienestar, en los tres últimos citados la situación económica dista mucho de ser ideal.

La población ansía la justicia social y, dado que los líderes de estos países expulsan de la arena política a cualquier rival laico, a la gente no le queda otra que volver su mirada a la única alternativa que les queda: el islam político. En Uzbekistán, Tayikistán y Kirguizia hay una fuerte red terrorista y cientos de sus representantes ahora combaten en las filas del EI. Tras recibir una extensa experiencia práctica y volver a casa, lo único que harán es reforzar el radicalismo entre la sociedad y, en el caso de que se produzca cualquier altercado serio, pueden llegar a desestabilizar seriamente la situación en toda una serie de países.

Para Rusia esto supone una amenaza más grave, dado que su frontera, abierta, delimita con estos países, y cientos de miles de individuos procedentes de Uzbekistán, Kirguizia y Tayikistán trabajan en ciudades rusas y se trasladan libremente por el territorio ruso.

La negativa del gobierno ruso a apoyar la idea de una operación terrestre ilegitima en Siria tiene que ver, antes que nada, con que Moscú no quiere solucionar unos problemas a costa de empeorar otros.

En el Kremlin consideran que la invasión por tierra en Siria por parte de Turquía o de los Estados Unidos podría conducir probablemente al intento de que, a la vez que se liquida el EI, se quiera derrocar el régimen de Bashar al-Asad. Este revés en Damasco no sólo privaría a Moscú de un aliado y transformaría Siria en un semillero del islamismo en todo Oriente Próximo, sino que también podría provocar una auténtica guerra global en la región con la participación de Irán, los Estados Unidos, Israel, Turquía y Arabia Saudí.

En contra de la opinión extendida acerca de que esta guerra sería ventajosa para Rusia (pues subiría el precio del petróleo), es evidente que tendría como consecuencia un recrudecimiento de la crisis económica global, así como una desestabilización de la situación en el Cáucaso del sur y en el Asia Central. 

Guevorg Mirzayán es colaborador científico del Instituto de EEUU y de Canadá de la Academia de las Ciencias de Rusia.

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