Improbable Guerra Fría

La crisis de Ucrania ha provocado una hiperactividad de la Alianza que busca tranquilizar a los socios de la Europa oriental, convencer a la opinión pública de los Veintiocho y acumular argumentos para la negociación con Rusia. Los retos de futuro de la organización siguen pendientes.

Dibujado por Konstantín Máler

Algo huele a naftalina. En la declaración final de la reciente cumbre de la OTAN celebrada en Gales (Reino Unido), disponible en inglés, francés y también ruso en la web de la Alianza, aparece el término “disuasión” una quincena de veces; Rusia, 44.

En ella, los jefes de Estado y de Gobierno acordaron también incluir una referencia al arma atómica: “En tanto existan las armas nucleares, la OTAN continuará siendo una alianza nuclear. Las fuerzas nucleares estratégicas de la Alianza, especialmente las de Estados Unidos, son la garantía suprema de la seguridad de los aliados”.

La comparación del texto de 2014 con la anterior cumbre de Chicago en 2012 refleja un salto en el tiempo, pero hacia atrás. Entonces hubo menos disuasión y también muchas referencias a Rusia, con un tono muydistinto: “La cooperación OTAN-Rusia es de importancia estratégica y contribuye a la creación de un espacio común de paz, estabilidad y seguridad (…). La OTAN y Rusia comparten intereses comunes de seguridad y se enfrentan a desafíos compartidos”.

Un ejemplo de colaboración ha sido la misión ISAF durante la última década en Afganistán, y la OTAN como organización y sus miembros —entre ellos, España— han hecho frente en los últimos dos años a la descomunal operación logística del repliegue de Afganistán, que ha contado con la cooperación en tránsito y la capacidad de transporte estratégico rusa.

Sin embargo, Ucrania ha hecho mucho más que contaminar la OTAN desde las revueltas del Maidán a comienzos de año y ha eliminado la necesaria reflexión de la Alianza sobre su presente y su futuro, la viabilidad de grandes operaciones conjuntas tras el fin de Afganistán el próximo 31 de diciembre; además, la organización ha omitido —y lo sabe— el debate sobre qué quiere ser a los 65 años de su nacimiento y si debe superar los límites euro-atlánticos con los que se creó.

Ninguno de los desafíos pendientes es desconocido en la sede bruselense de la OTAN, muy consciente de que algo tiene que hacer (otra cuestión es qué) y que no se producen las circunstancias de una nueva guerra fría: hoy existen nuevos actores no estatales, nuevas tecnologías, nuevos usos, la ciberdefensa se ha incorporado como ingrediente esencial de cualquier conflicto.

A pesar de la hiperactividad de la OTAN, tanto el presidente de Estados Unidos como la canciller alemana y la responsable europea de política exterior han reiterado que no existe solución militar a la crisis de Ucrania.

La historia no se está repitiendo, ni como farsa, y lo más gráfico quizá sea recordar que ya no hay bloques monolíticos: ni militares, ni económicos, ni ideológicos. Rusia es hoy para la UE socio y competidor, las dos cosas al tiempo. Las sanciones económicas perjudican a Rusia pero también a los productores comunitarios, la disuasión militar es escasamente útil más allá de como argumento en una negociación.

Con este contexto, en la cumbre de Gales de este septiembre la OTAN ha tomado algunas decisiones concretas, como la creación de una fuerza de reacción no rápida, que ya existe y se llama NRF, sino inmediata, capaz de desplegarse sobre el terreno en 48 horas. También se ha decidido acelerar el despliegue del escudo antimisiles, se reconoce la participación de la base española de Rota para su componente naval, se avanza la instalación del sistema Aegis en Rumanía en 2015 y se abre la iniciativa a la participación de terceros.

Se ha logrado elaborar una lista de 10 países —entre los que no está España— interesados en combatir el radicalismo islámico, que hoy controla territorio, gran novedad de esta amenaza, dejándose la definición de las líneas de actuación para el futuro cercano, que en ningún caso se plantea como una actuación OTAN, sino como una coalición con algunos de sus socios.

Con todo, la Europa oriental ha sido el eje indiscutible. Algún desajuste estratégico se ha debido de producir, cuando se ha pasado en apenas una década de ver a un excanciller alemán trabajando para Gazprom al riesgo ahora de des­abastecimiento de gas en Europa el próximo invierno.

Además de errores estratégicos, en la OTAN y en la UE van tomando peso la decena de miembros de la Europa oriental, con una percepción de la seguridad distinta y partidarios de mano dura en las relaciones con Rusia.Lo ocurrido en los últimos meses ha dinamitado gran parte del recorrido de la OTAN desde la caída del muro hace 25 años, especialmente su política de asociación-partenariados y la seguridad cooperativa que se ha ido construyendo con 41 socios.

Europa y la Norteamérica anglosajona han elegido la disuasión militar como argumento político-diplomático para presionar a Rusia y que la opinión pública visualice su reacción. La elección de la OTAN como principal instrumento de esa política es cuando menos discutible; tanques y misiles forman parte de asuntos potencialmente negociables con Moscú, junto con el veto ruso a productos agroalimentarios, la compra ahora en el aire de dos fragatas francesas por parte de Rusia o la tecnología ligada a los hidrocarburos.

Debajo de la gabardina de John Le Carré que la OTAN ha desempolvado de su guardarropa para la cumbre de Gales, buscando mucho entre las bolas de alcanfor, aparecen algunos temas de presente y de futuro.Referencias de interés aluden a las guerras híbridas o a la ciberdefensa y el planteamiento de que un ciberataque pueda activar el artículo 5 del Tratado y considerarse como una agresión a toda la Alianza y provocar una respuesta militar. Pero son escasos los supervivientes de la vuelta a una imposible guerra fría que ni se creen ni quieren los principales protagonistas de la función.

Carlos Penedo es periodista y analista de defensa.

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