El Tratado de misiles balísticos firmado durante la Guerra Fría se convierte en una carga para Rusia

Dibujado por Alekséi Iorsh

Dibujado por Alekséi Iorsh

Persisten las desavenencias entre Moscú y Washington debido al Tratado firmado en 1987. Sin embargo, ¿cómo debe reaccionar Rusia al despliegue de sistemas de defensa antimisiles estadounidenses en Rumanía y Polonia? En Occidente nadie esconde especialmente el hecho de que están dirigidos contra la Federación de Rusia.

Rusia aceptó la firma del tratado porque los misiles estadounidenses Pershing-1A, Pershing-2 y BGM-109G, situados en sus bases europeas y armados con cabezas nucleares, podían barrer toda la parte europea del territorio de la URSS.

Estos misiles podían llegar a la capital rusa en sólo 10-12 minutos. Los misiles soviéticos de alcance medio RSD-10, R-12, R-14 y RK-55, así como los misiles de alcance más corto OTR-22 y OTR-23 llegaban a cualquier país de la OTAN hasta las costas del océano Atlántico. La liquidación de toda esta clase de misiles nucleares que amenazaban a uno y a otro bando supuso a principios de los años 90 del siglo pasado una importante contribución al alivio de las tensiones entre Moscú y Washington. Aunque este último parecía no necesitar nada de esto, ya que en sus fronteras, no existe ningún país que posea misiles balísticos de alcance medio y más corto.

El tratado sobre el control de armas entre la Unión Soviética y Estados Unidos (INF) se firmó en Washington el 8 de diciembre de 1987. Rusia firmó este acuerdo porque EE UU Unidos tenía desplegados en Europa (Alemania Federal, Gran Bretaña, Italia y Bélgica), 429 misiles balísticos y de crucero Pershing-1ª, Pershing-2 y BGM-109G con cabezas nucleares, capaces de atacar en cuestión de minutos toda la parte europea de la URSS hasta el Volga.

Estados Unidos no estaba interesado de ningún modo en que Turquía o Pakistán se deshicieran de estos misiles o que se adhirieran al tratado países como China e Irán. Es más, la futura política de Estados Unidos estaría destinada a conseguir la superioridad unilateral ampliando su arsenal de misiles y armamento común. Por ejemplo, en 2002 la administración de George Bush se salió del Tratado ABM sobre el escudo antimisiles, la piedra angular de la estabilidad internacional, como lo llamaban entonces a ambos lados del océano Atlántico.

Este tratado restringía seriamente los sistemas de defensa antimisiles de ambos países y les impedía romper el equilibrio entre la defensa estratégica y el ataque estratégico. Pero Washington no tuvo en cuenta los intereses de seguridad de Rusia y comenzó a desplegar sus sistemas del Escudo Antimisiles a lo largo de las fronteras rusas alegando que se trataba de una “protección contra países peligrosos”, entre los que destacaba a Irán y Corea del Norte. Sin embargo, según los especialistas, ni en Teherán  ni en Pyongyang existen a día de hoy o en un futuro próximo misiles capaces de alcanzar el territorio de Estados Unidos o de los países de la OTAN. 

La ruptura del equilibrio estratégico

Estados Unidos, en contra de lo que establece el Tratado para la liquidación de todas las reservas de misiles balísticos de alcance medio y más corto, incluidos sus componentes y almacenes, utiliza partes de los antiguos misiles Pershing como misiles objetivo durante las pruebas de misiles interceptores. Y los sistemas aéreos no tripulados que utiliza presuntamente para capturar a terroristas se corresponden por sus características tácticas y técnicas con los misiles de crucero de base aérea prohibidos por el Tratado INF.

Además, los sistemas de lanzamiento Mk-41 que Estados Unidos planea desplegar en sus bases del Escudo Antimisiles de Polonia y Rumanía también pueden utilizarse para lanzar misiles de crucero de alcance medio, por lo que su despliegue también supone una grave violación de este tratado.

Pero nada de esto perturba a Washington, que se negó a considerar los intereses de Moscú respecto al Tratado de las Fuerzas Armadas Convencionales en Europa y no quiso convencer a sus aliados de la OTAN (Lituania, Letonia y Estonia, así como otros países europeos) para que se adhirieran a este Tratado, lo cual le valió a la OTAN, junto a los países de Europa del Este que entraron en ella más tarde, una superioridad tres y cuatro veces mayor frente a Rusia en cuanto a fuerzas armadas convencionales.

A la luz de todo ello, surge una pregunta evidente: ¿durante cuánto tiempo soportará Moscú todo esto? ¿No va siendo hora de pasar de las palabras con las que el Kremlin calmar a Washington y Bruselas directamente a los hechos?

El derecho a salirse del Tratado

Quizás una de las acciones posibles sería un comunicado del Kremlin sobre la salida de Rusia del Tratado INF, que en la situación actual se ha convertido para el país en una verdadera carga. Yo entiendo que la sociedad civil y militar podrían percibir estas declaraciones de forma ambigua.

Pero, por otro lado, ¿cómo debe reaccionar Rusia al despliegue de sistemas de defensa antimisiles estadounidenses en Rumanía y Polonia? En Occidente nadie esconde especialmente el hecho de que están dirigidos contra la Federación de Rusia. ¿Cómo podemos compensar esta amenaza sin arruinar nuestra economía en una nueva carrera armamentística? Por ejemplo, situando en Crimea los bombarderos de largo alcance Tu-22M3 y sistemas de misiles Iskander-K

Para que nuestros misiles Iskander puedan alcanzar las bases de la OTAN tendremos que ampliar su alcance de vuelo, por lo que habría que abandonar el Tratado INF. Esto supondrá un coste no demasiado alto para la economía rusa. Además, si estas medidas se corresponden con los intereses nacionales y con el refuerzo de la seguridad, creo que debemos apostar por ellas.

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