Putin se ha tropezado en Ucrania

A lo largo de su presidencia Putin ha consolidado en la sociedad rusa la idea de la estabilidad y su política ha estado guiada por el pragmatismo. Sin embargo, el discurso que dio el 18 de marzo en Crimea estaba más cerca del género nacionalista/romántico que del realismo. ¿Se puede hablar de un cambio de paradigma?

Dibujado por Víctor Bogorad

Hace 15 años, el 9 de agosto de 1999, el presidente Borís Yeltsin dejó a toda Rusia anonadada con su anuncio televisado del nombramiento de Putin como primer ministro, así como la caracterización de este último como su sucesor.

Fuera lo que fuera lo que motivó esta elección, finalmente resultó ser la correcta. Era una cuestión de honor para el segundo presidente mostrar su lealtad personal y cumplir con sus obligaciones frente al primer presidente. Pero lo más importante, tras la agitación de los 80 y los 90, Putin ha sido el tipo de líder que la gente quería: no un líder brillante pero sí fiable, capaz de poner fin al caos y de asegurar el retorno de la esperanza en el futuro. Putin, de quien pocos esperaban inicialmente que encajara en el mundo de la política, consolidó en la sociedad rusa la idea de estabilidad.

Para conseguir esta estabilidad, fue necesario tomar una serie de medidas para restaurar la administración del país, sentar las bases para el desarrollo económico y dar a la gente la sensación de estar cumpliendo un propósito mediante la activa construcción y mejora de sus propias vidas.

Pero Putin llegó con la bandera de la estabilidad al mismo tiempo que la estabilidad estaba llegando a su fin en el mundo en general. Esta contradicción entre los objetivos internos y las condiciones externas se fue volviendo cada vez más patente.

Occidente ve al presidente de Rusia como un enemigo del progreso, un símbolo de ciertos puntos de vista anticuados. Por su parte, Putin ha expresado repetidamente su indignación ante las políticas de las naciones líderes, que parecen añadir casi intencionadamente más leña al fuego de los conflictos internacionales. La fe en la posibilidad de un “acuerdo importante” con Occidente y de que Rusia se una al círculo de estas naciones líderes se ha debilitado, aunque Putin contemplaba realmente esta posibilidad cuando llegó al poder por primera vez.

Pero cuando Putin volvió a la presidencia en 2012 vio que Occidente, sobre todo Estados Unidos, estaba actuando como la principal fuerza desestabilizadora del mundo. No se debía a ningún sentimiento antirruso en Washington o Bruselas, sino a la arrogante e imprudente interferencia de Occidente en una situación tras otra, destruyendo los cimientos de los gobiernos nacionales.

Muchos observadores externos aseguran que Putin es un astuto estratega, que sus acciones están motivadas por una idea mayor: una expansión planeada, la restauración de un imperio, el refuerzo del llamado “poder vertical”, un retorno a la Unión Soviética, medidas antiliberales, etc.

Pero él realmente prefiere reaccionar, no guiar el camino. Todas sus acciones más decisivas en la escena mundial han sido reacciones, frecuentemente desproporcionadas a las situaciones, con consecuencias imprevistas, pero siempre una respuesta a un evento externo. La crisis actual en Ucrania no es ninguna excepción.

Hasta esta tercera legislatura, Putin ha insistido en mantenerse al margen de la ideología; ha sido pragmático, ha trabajado para incrementar las oportunidades cuando ha sido posible conservando la libertad de acción. Tras su vuelta ha promovido una ideología conservadora. El presidente ha notado la vulnerabilidad de su país en el ingobernable caos global y la ausencia de un orden del día que apoye el desarrollo nacional de Rusia.

La escalada de los conflictos externos siempre ha preocupado a Putin, porque esta se refleja en el desorden interno en Rusia. Este año ha confirmado estos miedos; el colapso en Ucrania fue para Putin un desafío mayor que cualquiera de los eventos anteriores y ha llevado al fin de un paradigma, con todas las consecuencias imprevistas que ello conlleva.

El papel de Rusia en el escenario internacional

Hace 15 años, cuando Putin apareció en lo alto de la estructura del poder, su tarea en la escena internacional estaba clara: restaurar la antigua posición del país como un importante participante global y elevar su estatus en la jerarquía internacional. Esto se convirtió en un tema recurrente. A finales del año pasado, la influencia de Moscú había crecido realmente. El realismo de Putin, su habilidad de marcarse los objetivos apropiados y conseguirlos con un pragmatismo frío, había dado sus frutos.

La anexión de Crimea en marzo fue un movimiento arriesgado, pero calculado. Sin lugar a dudas, los motivos principales eran asegurar la presencia de la flota rusa en el Mar Negro y evitar que Ucrania se uniera a la OTAN. Este movimiento radical para proteger los intereses estratégicos de Rusia y reforzar la posición del país no dista mucho del espíritu realista de todas las acciones políticas de Putin.

Sin embargo, el discurso que dio el 18 de marzo en Crimea estaba más cerca del género nacionalista/romántico que del realismo. Putin se dirigió a los rusos como a un pueblo dividido, enfatizando los valores nacionales. Llevar la ideología a la política, especialmente el nacionalismo romántico, compromete a un líder, le deja las manos atadas.

El abandono de Putin de su usual enfoque realista ha empujado a Rusia a una seria crisis internacional. La guerra civil en el este de Ucrania ha provocado que Moscú retroceda del nivel global al local. Rusia está atrapada en un conflicto interno de un país vecino con objetivos poco claros y métodos cuestionables.

Lo que podemos sacar ahora de esta situación es que Rusia está sufriendo una crisis de propósitos. La identidad soviética ha desaparecido definitivamente y no existe nada convincente para remplazarla. No se ha propuesto ningún proyecto de desarrollo nacional a gran escala, tan demandado por el pueblo.

Y la batalla por Ucrania, que comenzó como una riña geopolítica, se ha convertido en un momento de decisión sobre el futuro camino de Rusia. Putin ha tenido éxito a la hora de conseguir sus objetivos marcados hace 15 años. Pero hoy ha llegado la hora de conseguir nuevos objetivos, objetivos que todavía deben ser definidos.

Fiódor Lukiánov presidente del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia.

Artículo publicado originalmente en inglés en The Moscow Times.

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