En defensa de un poco de aislamiento

Dibujado por Konstantín Máler

Dibujado por Konstantín Máler

Tras la respuesta rusa a las sanciones occidentales es posible que para los rusos sea más difícil encontrar determinados alimentos. Sin embargo, esta nueva situación supone una oportunidad para hacer un giro local y pensar en los inconvenientes de una globalización que no siempre sirve a los intereses de las comunidades más pequeñas.

Mis amigos más snobs de Moscú no dejan de lloriquear por lo difícil que será conseguir queso gruyere y camembert en la capital de Rusia debido a la prohibición de comida importada de la UE. La verdad, no es que se vayan a morir de hambre si no consumen productos europeos o de los EE UU. Estos caprichos de comida y productos occidentales, también evidentes en otras partes del mundo, son el resultado de una dosis excesiva de globalización y de una campaña activa para atontar a la Humanidad, para esclavizarla mentalmente.

La globalización no es en absoluto un fenómeno nuevo y sus influencias se han extendido por todo el mundo desde tiempos inmemoriales. La difusión por todo el orbe de religiones desde Oriente Medio es un ejemplo de globalización que empezó hace muchos siglos. Sin embargo, todo es bueno en su justa medida.

Sin ni siquiera mencionar que en Moscú se vivía mejor antes de que todas las marcas internacionales abriesen sus tiendas en la ciudad, hay que analizar objetivamente los cambios en el estilo de vida de la gente de la metrópoli. Para empezar, cualquiera que haya visitado la ciudad regularmente en la última década, se dará cuenta de que la llegada de la cultura de la comida rápida se ha notado en la cintura de los moscovitas.

Es muy fácil para los snobs decir que es principalmente con los "recién llegados" a la capital desde otras regiones con quien hace negocio McDonalds. Enfermedades casi inusitadas hace quince años han empezado a enseñar sus feas caras en la ciudad. Barack Obama anima a los estadounidenses a cultivar su propia comida en sus huertos pero, al mismo tiempo, el Gobierno de los EE UU quiere que más países se abran a los establecimientos de comida rápida, a los platos precocinados, a los vegetales genéticamente modificados.

Con gran rapidez, los ingeniosos sistemas e ideas occidentales (léase "estadounidenses") están creando desempleo en todo el mundo y asesinando el pequeño comercio. Hay que preguntarse si la globalización sirve realmente a los intereses de las comunidades locales. En Escandinavia se hace hincapié en comprar productos locales y en apoyar a los pequeños negocios de la comunidad. Cada vez más gente rehuye los supermercados multinacionales y las páginas de comercio electrónico, aunque eso signifique gastar un poco más. 

Pensar localmente

Un cierto grado de des-globalización, como la que está teniendo ahora lugar en Rusia, es una de las mejores cosas que le pueden pasar al país: es un estímulo activo para los granjeros y los pequeños negocios. Incluso la industria rusa podría prosperar, al tener acceso a un mercado tan amplio. Rusia debería seguir el ejemplo de Escandinavia y elegir lo local. Yo me sentiría mejor comprando productos de granjeros rusos que comida producida en masa en el extranjero.

Un cierto grado de aislamiento suele ayudar a preservar la cultura y tradiciones locales. Siempre he mantenido que los mejores lugares para saborear lo que es realmente la cultura rusa están al este de los Urales.

Ciudades como Jabárovsk y Vladivostok (incluso después de su cambio de imagen en 2012) pueden ofrecer al visitante una imagen de la vida rusa sin la estandarización internacional que forma ya parte de la vida en Moscú. El mundo es suficientemente aburrido ya sin las mismas marcas y franquicias que se ven por todas partes. De hecho, un mundo excesivamente globalizado puede ser tildado de distopía; lo que las grandes multinacionales están haciendo en muchos países no es más que una forma moderna de colonialismo.

Siempre es bueno adoptar el tipo de prácticas globales que puedan interesar a una comunidad, pero un mundo estandarizado, con una población a la que se anima (léase "se le lava el cerebro") a consumir lo que no necesita, no puede interesar a nadie. No es una buena idea volver a los días del comunismo en Rusia, pero un nuevo camino que facilite una mayor participación de las comunidades locales en la economía podría hacer que revivieran muchas pequeñas partes del país.

Combinar esto con medidas respetuosas con la naturaleza es otra fórmula con la que ganaría todo el mundo excepto las avariciosas empresas que producen en cadena comida y otros artículos, sacrificando la calidad y la ética en aras de los beneficios.

Cada vez hay más conciencia, incluso en el caldo de cultivo de la avaricia empresarial que son los EE UU, de que es preciso apoyar la industria local y la agricultura orgánica. Ya es hora de que países como India o Rusia se unan a la tendencia y traten de impulsar un modo de vida más sostenible que ofrezca un conjunto más amplio de beneficios para una mayor red de personas.

Los que tienen "gustos rebuscados" y desean los mejores productos que ofrece Occidente, pueden subirse al primer vuelo que salga y lograr sus anhelos. Europa y los EE UU dan la bienvenida a los que llegan con suficiente dinero en los bolsillos. Si esta prohibición de productos agrícolas importados consigue realmente que se produzca un boom en la producción alimenticia nacional, Rusia saldrá ganando, les guste o no a algunos snobs moscovitas.

 

Las causas del acercamiento de EE UU a la India son diferentes, pero la principal es el deseo de convertir a este enorme país no sólo en un socio, sino en un aliado y un promotor de los intereses de Estados Unidos en Asia, así como, en la medida de lo posible, de forzar su salida de los BRICS, una asociación que a medio plazo será capaz de romper con el monopolio de Estados Unidos en la economía y la política mundial. Lea más aquí>>>