El contrapeso de EE UU en América Latina

Dibujado por Dmitri Divin

Dibujado por Dmitri Divin

Los recientes acontecimientos de Ucrania han puesto de manifiesto como nunca antes la constante diversificación de la política exterior de Rusia, entregada a la búsqueda de nuevos socios en regiones alejadas de Europa. Un caso a destacar es el de América Latina.

A lo largo de la década del 2000, esta región se constituyó como un área de expansión para el Kremlin en términos de política exterior. Dada la creciente presencia de EE UU y la OTAN en Europa del Este, no debe sorprender que Rusia esté buscando maneras similares de ampliar su presencia en áreas cercanas a Norteamérica. 

La situación actual de América Latina es, por lo general, favorable a la ampliación de la presencia de Rusia. Con el cambio de siglo, la región experimentó un giro a la izquierda que desplazó a muchos países latinoamericanos hacia fuera del ‘paraguas’ estadounidense y fomentó la elaboración de unas políticas económicas y de asuntos externos propias e independientes.

El presidente ruso Vladímir Putin comienza el 11 de julio un viaje oficial de seis días a América Latina. Primero visitará Cuba, donde se reunirá con Fidel Castro. En Argentina mantendrá un encuentro con Cristina Kirchner y en Brasil, tras asistir a la final del Mundial, participará en la cumbre de los BRICS.

Principalmente, son los países del ‘eje bolivariano’ quienes han optado por una asociación estratégica con Rusia, país que se percibe en muchos lugares de América Latina como el sucesor de la otrora poderosa Unión Soviética.

Muchos de los gobiernos más moderados de esta corriente izquierdista, concretamente Brasil y Argentina, también abogan por ampliar la cooperación con Rusia. En gran medida, sus puntos de vista coinciden con el deseo de Moscú de construir un nuevo orden mundial, multipolar y que no favorezca los intereses de una sola superpotencia.

Por otra parte, incluso los países firmemente ligados a la economía norteamericana, como México y Chile, donde los partidarios del liberalismo y de la libertad de mercado como medio para combatir los problemas económicos aún mantienen su influencia, están dando muestras de una buena dosis de independencia en la promoción de sus intereses políticos.

Muchos teóricos apuntan que estas tendencias en América Latina han forzado a Moscú a mirar con nuevos ojos las perspectivas de cooperación en la región, prácticamente descartada por el Kremlin en los años 90. 

Reforzando los vínculos económicos

De hecho, la cooperación entre Rusia y América Latina ha aumentado últimamente. Entre 2004 y 2012, el comercio entre las dos partes triplicó su valor, pasando de los 5.800 millones a los 16.400 millones de dólares.

Actualmente, los principales socios comerciales de Rusia en la región son Brasil, México, Argentina y Ecuador. Se estima que las inversiones rusas en América Latina alcanzan los 25.000 millones de dólares (en comparación con los 17.000 millones de dólares de principios de la década del 2000), más de un tercio de los cuales van a parar a Brasil.

Este comercio cubre un amplio rango de sectores económicos, como la alta tecnología, la metalurgia no ferrosa, la biotecnología y el procesamiento de materias primas agrícolas. Pero parece que, en términos económicos, el capital ruso está más interesado en el sector energético, en tanto en cuanto las grandes empresas estatales rusas como Gazprom, Lukoil y Rusal continúan ganando impulso con sus socios latinoamericanos.

Solo se puede esperar que este giro comercial entre Rusia y América Latina continúe creciendo. Es más, la mayoría de los países sudamericanos esperan elaborar nuevos contratos con Rusia en el sector energético y mejorar los presentes. 

La cooperación militar

Con toda probabilidad, Moscú y América Latina ampliarán su relación en el ámbito militar (lo que incluye operaciones conjuntas entre las fuerzas aéreas y navales) y en el político.

Esto implica, por encima de todo, el envío continuado de armamento ruso a la región Latina (como aviones, armamento blindado y buques de guerra). A lo largo de los últimos 12 años, las exportaciones de armas rusas a Latinoamérica alcanzaron los 14.000 millones de dólares, siendo Venezuela el destinatario del 80 % de dichas exportaciones.

La faceta militar de la asociación rusa con América Latina emergió también en abril de 2014, cuando la armada rusa y una serie de países de la izquierda latinoamericana llevaron a cabo entrenamientos junto a las costas del continente americano. Estos ejercicios estaban destinados a contrarrestar el narcotráfico a nivel internacional.

En marzo de 2014, el Ministro de Defensa de Rusia, Serguéi Shoigú, reconoció que Rusia estaba negociando la ampliación de sus bases militares en el exterior con países como Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Sin embargo, también se espera que avancen las negociaciones políticas entre Rusia, Brasil, Argentina y otros gobiernos latinoamericanos más moderados, puesto que todas las partes están interesadas en la multipolaridad y en la ampliación de las relaciones internacionales.

Por lo tanto, se espera que en los próximos años se firmen acuerdos bilaterales entre estos países con el objetivo de delimitar una serie de posturas comunes sobre cuestiones políticas estratégicas de alcance global. 

Estados Unidos no quiere perder América Latina

Es difícil que Washington no haya advertido el giro explícito que ha dado Moscú hacia América Latina bajo el mandato de Vladímir Putin. El anterior representante permanente de Estados Unidos en la Organización de Estados Americanos (OEA), Roger Noriega, en unas declaraciones sobre el aumento del interés de Moscú por América Latina señala: “Los rusos están entrando en los países que han sido abandonados por Estados Unidos”.

Desde 2009, la administración demócrata de Barack Obama ha tratado de hacer lo posible para recuperar las posiciones perdidas por Washington en América Latina y para evitar que determinados países de la zona entren en la órbita de Rusia o China. Desde el punto de vista de Washington, la posibilidad de que haya bases militares rusas (aunque sean temporales) en Latinoamérica es inaceptable. 

China también le ha echado el ojo a Latinoamérica

Desde el punto de vista económico, el principal rival extrarregional de Estados Unidos es China. En lo que va 2014 el volumen del comercio de China con Brasil, Chile y Perú ha superado al de Norteamérica.

La ampliación de los BRICS: desafíos y restricciones

De hecho, en los últimos 15 años el gigante asiático se ha convertido en el socio comercial más importante de Latinoamérica. Más del 50 % de sus  importaciones provienen de la industria del cobre, el hierro y la soja, mientras que Pekín exporta a cambio a Latinoamérica productos electrónicos y de automoción.

La actividad de China en América Latina resulta desconcertante tanto para EE UU como para Rusia. Como se señaló anteriormente, Moscú centra sus esfuerzos en la cooperación con la región a nivel político y técnico-militar. Los chinos, por su parte, apuestan por la esfera económica mientras estrechan lazos amistosos a nivel político.

¿Qué viene ahora?

Aunque es poco probable que América Latina se convierta en el campo de batalla de una nueva Guerra Fría, es evidente que, bajo la influencia de la crisis de Ucrania, Rusia debe estar considerando al menos la posibilidad de estrechar lazos con la región.

La postura revelada por la mayoría de los países latinoamericanos con respecto a Ucrania demuestra que estos no están dispuestos a seguir la senda de Washington.

Incluso las naciones que mantienen vínculos políticos y económicos con los Estados Unidos, como México, Perú y la República Dominicana, no están dispuestas a sacrificar una cooperación mutuamente beneficiosa con Rusia con base en los acontecimientos de Ucrania.

Es precisamente en Latinoamérica donde se pueden encontrar países abiertos a la cooperación militar  y política con Moscú. Y también aquí es donde las relaciones iniciadas por Rusia a principios de siglo con la mayoría de los países de la región han llegado a buen puerto. Está por ver si los crecientes vínculos militares y técnicos de Rusia en la región desembocan en unas relaciones económicas más amplias y profundas que representen una verdadera amenaza para Washington.

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Ruslán Kostiuk, catedrático de la Universidad Estatal de San Petersburgo, doctor en Ciencias Históricas.

Artículo abreviado publicado inicialmente en Russia Direct

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