Por qué Rusia y la Unión Europea se necesitan

La UE depende de los hidrocarburos rusos y para el país eslavo los ingresos son imprescindibles. En el enfrentamiento ambas potencias pierden, de modo que resulta estéril tratar de decidir quién se necesita más.

Dibujado por Konstantín Maler

Hay una vieja tira de Quino—el célebre dibujante argentino— en la que se ve a dos ancianos sentados juntos en un sofá mientras miran la televisión. Ajados, arrugados y muy mayores. En un momento dado, la mujer se vuelve y le pregunta, franca, a los ojos:

—Manuel, tú y yo ¿qué somos?

A la relación entre la Unión Europea y Rusia le pasa algo parecido. Es un viejo matrimonio que, de tanto conocerse, a veces se extravía. Pero ambos se necesitan. 

Trasladada la metáfora a los terrenos de la energía es incuestionable que Rusia necesita los ingresos procedentes del gas y la Unión Europea precisa calentar sus casas o mover su industria con el hidrocarburo ruso. No es un juego de suma cero. En el enfrentamiento pierden ambas potencias. Y la discusión de quién necesita más a quién semeja una dialéctica estéril.

De hecho, el recalentamiento del diálogo lleva a una retórica más propia de tiempos superados que del actual siglo XXI.

Esta mutua dependencia deja lecciones muy claras. Y algunas de estas enseñanzas son bastante dolorosas para la Unión Europea. Por ejemplo, la crisis en Ucrania ha destapado la errática política energética de la Europa de los Veintiocho.

Para algunos países europeos, el gas resulta lo más parecido a un combustible verde, mientras que para otros no deja de ser la versión menos mala de un hidrocarburo sucio, y por lo tanto habría que desterrarlo del mix de generación. Esta falta de una dirección concreta y clara ha provocado que la relación con el gas ruso no haya resultado todo lo estrecha que hubiera sido deseable.

Otra bondad —si se puede usar tal sustantivo— que ha traído el conflicto ucraniano es que ha puesto sobre la mesa la discusión energética. Un debate que parecía abstraído del diálogo político soterrado por la virulencia de la crisis económica y financiera.

Hoy los europeos se vuelven a formular preguntas que habían permanecido olvidadas. Incluso los conservacionistas se las hacen. ¿Hay que volver a la energía nuclear, a pesar de lo ocurrido en Fukushima? ¿Es factible solucionar el problema energético con las actuales renovables? ¿Puede Europa financiar las fuentes verdes?
Son cuestiones, todas ellas, que nos llevan a algunas consideraciones nítidas. Sin el gas ruso, Europa estaría desabastecida. Porque la mayoría de los países productores de gas natural licuado (GNL) lo están desviando hacia Asia, que lo paga más caro. Es la forma de contentar el voraz apetito de una economía y una industria en continua expansión.

Además, todos los proyectos de extracción de gas que están en marcha en Irak, el norte de África o Estados Unidos no serán una realidad hasta dentro de unos años. Rusia lo sabe, y trata de sacar rédito económico y también, como vemos en Ucrania, político.

Sin embargo, Moscú debería recordar que esa estrategia tiene sus días contados. En el momento que esos nuevos jugadores lleguen al mercado y que Estados Unidos dé el visto bueno a la exportación de su gas de esquisto  (“shale gas”, en inglés) dejará de tener la sartén energética por el mango. Y quizá aparezcan antiguas facturas. Porque el Viejo Continente aún recuerda los cortes que el gigante provocó en Europa en 2006, 2008 y 2009.

Los riesgos energéticos a los que se enfrenta Rusia

Y es que sin duda este gas de esquisto viene a cambiar la historia del planeta a corto y medio plazo. Tanto es así, que Estados Unidos está usando ese hidrocarburo para reindustrializar el país y acercarse a la independencia energética. Es un gas muy barato y abundante. Pero también consume bastante agua e impacta en el medioambiente. Pese a todo, aún está lejos de ser un competidor real para Rusia.

Los grandes lobbies industriales estadounidenses están bloqueando la salida del gas de esquisto porque es la forma de ga­­ran­tizarse la energía barata que necesitan sus empresas. Es cierto que el Departamento de Energía estadounidense ha concedido varias licencias para exportarlo, pero las instalaciones necesarias para licuar el gas no estarán en marcha hasta 2017 o más tarde.

La importancia de China

Mientras tanto, Rusia aprovecha para reforzar su statu quo energético, sabedora de que tiene sus debilidades (buena parte de los gasoductos que van a Europa del Este parten de Ucrania) pero también sus fortalezas. Entre estas últimas, desde luego, está haber llegado a un acuerdo con China para venderle 29.500 millones de euros en gas durante los próximos 30 años.

Evidentemente, el pacto entre Gazprom y la Corporación Nacional de Petróleo de China (CNPC, por sus siglas en inglés) es una forma de sortear la dependencia económica y política de Europa.

De hecho, con ese dinero y un préstamo adicional de cerca de 37.000 millones de euros,Rusia construirá dos campos nuevos en Siberia, y más de 4.000 kilómetros de gasoducto transportarán el hidrocarburo al coloso asiático.

¿Pero esta es una respuesta política o económica? ¿Quiere Rusia volver a la época de los zares o son solo negocios? Si pensamos que el Fondo Monetario Internacional (FMI) augura al país un crecimiento del 0,2%, la respuesta está clara.

Sin embargo, China ha sido un aliado tradicional de Rusia. Y a pesar de su posición de neutralidad en el actual conflicto de Ucrania, rara ha sido la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en la que no han votado al unísono.

Por eso, estos días, en Rusia y China, el gas natural se ha convertido en el negocio de la política y en la política de los negocios. ¿Y Europa?

Miguel Ángel García Vega es colaborador de ‘El País’.

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