La vieja y nueva Ucrania

Dibujado por Konstantín Máler

Dibujado por Konstantín Máler

Las elecciones presidenciales de Ucrania han configurado una nueva realidad política en este gran país europeo que desde hace ya medio año vive inmerso en una crisis política agudísima. Los resultados intermedios de 'la revolución de Euromaidán' son paradójicos. Llevó al derrumbe del anterior sistema político y a la pérdida del control sobre una parte de los territorios. Pero no ha engendrado a nuevos líderes, no ha comportado la renovación de la élite dominante.

Se ha desmoronado casi todo, pero el habitual armazón oligárquico sigue teniéndose en pie. El poder ahora ha pasado oficialmente a manos de uno de los representantes más importantes del mundo de la gran empresa, Petró Poroshenko.

Otros magnates como, por ejemplo, el gobernador de la provincia de Dnepropetrovsk, el multimillonario Ígor Kolomoiski, son actores con una gran esfera de influencia. Se está librando la lucha de los magnates financieros e industriales por el restablecimiento del control sobre el país y sobre la economía. En primera línea está el amo en la sombra del Donbás, Rinat Ajmétov, que libra una lucha contra las autoproclamadas “repúblicas populares” de Donetsk y de Lugansk por sus propios activos y estatus.

¿Cuáles son los signos de la nueva situación? La legitimidad formal de las elecciones que se han celebrado no en todo el país y en una coyuntura que está lejos de ser tranquila puede ser impugnada.

El ímpetu revolucionario se ve reducido a nada. La gente, cansada del caos y de la impredecibilidad, prefiere a un jefe respetable y sensato que sea capaz de solucionar las cuestiones. Sólo así se puede explicar la victoria en la primera vuelta del multimillonario Poroshenko,  pilar de ese mismo sistema contra el que se sublevó Maidán.

En el este de Ucrania existe una oposición sistémica a la maquinaria estatal ucraniana que resulta imposible ignorar y que es poco probable que se logre contener. Las autoridades de Kiev tienen que encontrar formas para reconocer los derechos y los intereses de esas fuerzas que hoy se califican de 'terroristas'.

Ahora tanto en Kiev como en Donetsk se vive en una bifurcación.  Petró Poroshenko tiene la posibilidad de apartarse de los intentos fallidos del poder temporal de restablecer la integridad del país: bien la pérdida de Crimea  o la transformación del sudeste en el foco de una guerra civil. Puede interrumpir la operación antiterrorista y cambiar la retórica: el componente nacionalista que proporcionaba argumentos a los adversarios del nuevo régimen ha pasado a un segundo plano.

La mayoría de habitantes de las regiones de Donetsk y de Lugansk, como del resto de regiones de Ucrania, aspiran al orden y a la tranquilidad. El estado de guerra que se respira en las repúblicas populares de Donetsk (RPD) y de Lugansk (RPL) como respuesta a los acontecimientos en el “país vecino” es poco probable que anime a algún segmento de la población local por mucho tiempo. Significa que los adversarios de Kiev en el este tienen que organizarse urgentemente en una fuerza política responsable, capaz de conseguir una descentralización real y recogida en el nivel legislativo.

Los federalistas ucranianos orientales pueden ajustar las cuentas con Rusia precisamente como representantes de las fuerzas prorrusas dentro de Ucrania, pero es poco probable que puedan hacerlo como líderes de ciertas formaciones no reconocidas. Moscú no está dispuesto a asumir la responsabilidad material y moral  por ellos.

¿En qué consiste el interés vital de Rusia?

Tomar parte en la construcción de la nueva Ucrania, en lugar de aquel estado que apareció como resultado de la desintegración de la URSS y que no ha soportado las pruebas de la historia.

Moscú percibe como una amenaza inaceptable la participación de Ucrania en las alianzas occidentales. Además, la tendencia fundamental de la política ucraniana, especialmente después de la salida de Crimea con un millón y medio de electores prorrusos, de todos modos estará orientada a Occidente. Es una realidad que Rusia no cambiará. Pero si el sistema político de Ucrania, que se ha recuperado del choque, entra de nuevo en esa misma trayectoria, es inevitable que se produzca de nuevo un conflicto grave a escala europea.

La única salida son las garantías institucionalizadas de neutralidad, el estatus intermedio de Ucrania. Se necesitará la combinación de influencias exteriores e internas. Por una parte, en base a movimientos hasta ahora caóticos del sudeste, resulta imprescindible la creación de una fuerza prorrusa eficaz, que se convertiría en un actor influyente en la política ucraniana.

En segundo lugar, teniendo en cuenta la importancia de la cuestión ucraniana para la seguridad europea en conjunto, el nuevo diseño descentralizado debe ser elaborado con la participación de todas las fuerzas exteriores interesadas. Sin un acuerdo de Rusia y la Unión Europa en el sistema estatal de Ucrania de todos modos no saldrá nada. Esto lo comprenden los políticos realistas de Occidente, incluso un 'amigo' de Rusia como Zbigniew Brzezinski.

La cultura política ucraniana prevé la posibilidad de revisar al instante cualquier acuerdo y sólo unos marcos externos más rigurosos son capaces de crear condiciones para que Ucrania no se convierta de nuevo en un polvorín para las relaciones entre Rusia y Occidente.

Cualquier paralelismo es bastante casual, pero Ucrania necesita un simulacro de los Acuerdos de Dayton en Bosnia, alcanzados a finales de 1995 entre las partes involucradas en el conflicto interno bajo la presión de Estados Unidos y Europa, y con la participación de Rusia. Esta vez, sin embargo, Rusia no debe 'participar' simplemente, sino ser una de las partes negociantes principales.

En el caso ucraniano no es necesario un protectorado formal, como en Bosnia y Herzegovina, pero se precisan mecanismos que garanticen el proceso y la observación de todos los intereses: internos y externos. Ahora, una vez que las elecciones han transcurrido relativamente con éxito y que Occidente suspira con alivio, mientras las 'repúblicas populares”' todavía gozan de iniciativa moral y política, a Moscú le toca proponer a Europa y Estados Unidos un trato serio. Occidente obrará de un modo muy incauto si, conforme a la costumbre establecida después de la Guerra Fría, no quiere alcanzar compromisos y pretende obtenerlo todo.

Fiódor Lukiánov autor es redactor jefe de la revista “Rusia en la política global”.