Por un mínimo consenso entre la UE y Rusia

Dibujado por Alekséi Iorsh

Dibujado por Alekséi Iorsh

Hoy ambos actores se encuentran inmersos en dinámicas contrapuestas: con la UE sometida a una convulsión interna que puede echar por tierra su proyecto de unión política y convertirla en un actor irrelevante y con Rusia saliendo de la fosa y tratando por todos los medios de recuperar su antigua grandeza. A pesar de ello y de la desconfianza entre ambas partes, a ninguna de las dos les conviene la debilidad de la otra parte.

Si asumimos que las relaciones internacionales están dominadas por la defensa de intereses, podemos constatar de inmediato que los que defienden Bruselas y Moscú tienden con demasiada frecuencia a diferir. Y estas diferencias se explican tanto por sus características básicas de partida como por su manera de actuar en el concierto internacional para lograr sus fines. Esa ostensible divergencia inicial no impide, sin embargo, el entendimiento entre a quienes la geografía obliga a compartir en buena medida un mismo espacio.

Mientras que los Veintiocho se definen como un club de democracias consolidadas (fundamentadas, aunque solo sea de modo selectivo, en valores y principios que se concretan en el Estado de derecho y el respeto a los derechos humanos), la Federación Rusa se identifica como una democracia soberana (¿?), con un perfil nacionalista cada vez más acusado y como alumna aventajada del más puro realismo en las relaciones con otros.

Es ya un clásico definir a la Unión Europea como un gigante económico y un enano militar y a su población como miembros de sociedades postheroicas, que tienden a ver el uso de la fuerza y las guerras como un fracaso de la política y como una etapa ya superada.

Por el contrario, si Rusia puede ser considerada todavía un grande en algún sentido es, precisamente, por su potencial militar, aunque sus bases económicas sean cada día más frágiles. Al mismo tiempo, los mandatarios rusos continúan apegados a la visión de la guerra que Karl von Clausewitz dejó fijada hace ya más de un siglo, sabiendo que ese enfoque aún encuentra notable eco entre sus ciudadanos.

Para la UE, estas últimas dos décadas (hasta el estallido de la crisis hace ya casi siete años) han sido de ampliación y profundización de un proyecto político que aspira a consolidarse como el club más exclusivo, desarrollado y estable del planeta. Por el contrario, para Rusia –como ha expresado su presidente– han sido de progresivo hundimiento tras “la mayor catástrofe estratégica del siglo XX” (la implosión de la URSS), y solo en estos últimos años ha logrado frenar la caída en el abismo para intentar recuperarse de un golpe que pudo suponer su práctica desintegración.

Hoy ambos actores se encuentran inmersos en dinámicas contrapuestas: con la UE sometida a una convulsión interna que puede echar por tierra su proyecto de unión política y convertirla en un actor irrelevante y con Rusia saliendo de la fosa y tratando por todos los medios de recuperar su antigua grandeza.

En ese punto cabe reconocer que no solo no se han logrado articular mecanismos bilaterales de relación multidimensional que satisfagan a ambas partes, sino que las suspicacias aumentan rápidamente, sobre todo en el territorio físico en el que ambos actores confluyen (véase Ucrania).

Ni en el terreno militar ha funcionado el Consejo OTAN-Rusia, ni en el político ha cuajado el acercamiento institucional impulsado por la UE.

Y esto es así, fundamentalmente, porque (aunque no se diga abiertamente) Rusia sigue siendo percibida por buena parte de los Veintiocho como una amenaza y porque resulta muy difícil tratar como un igual a un actor de las dimensiones del vecino ruso.

Recordemos que ya en su día la OTAN rechazó la petición de entrada formulada por Moscú y que en estos últimos años no ha sabido reaccionar a ninguna de las propuestas rusas para establecer un sistema de seguridad pan­europeo (es decir, con EE UU fuera), descartando por inimaginable la entrada de Rusia en la UE.

¿Estamos en rumbo colisión o, como mínimo, instalados en la sospecha permanente?

Apelando sin más a los intereses que compartimos, aunque solo sea la estabilidad del continente que habitamos, la lucha contra el terrorismo, la seguridad energética, el control de los flujos de población o la respuesta al cambio climático, existen bases para construir algo en común.

Para ello sería preciso que, previamente, Bruselas lograra un consenso interno sobre su política exterior, de seguridad y defensa, en tanto que Moscú tendría que abandonar su pretensión de dictar los alineamientos de sus vecinos más inmediatos. A partir de ahí, y sobre la base de una interdependencia creciente, se abre un espacio de interrelaciones (hoy únicamente denso en el terreno comercial) que debe incluir medidas de confianza mutua con la intención de disipar los temores recíprocos.

Ninguno puede desear el enfrentamiento y tampoco podemos permitirnos el lujo de vivir de espaldas mientras nos enfrentamos a desafíos que no conocen fronteras.

Nos corresponde, por tanto, entender en la práctica que Europa –todavía por definir en términos geográficos– es, sobre todo, un marco de valores y principios compartidos, abierto a quienes se comprometan a respetarlos.

Ni a Rusia le puede interesar la debilidad política y económica de la UE, ni a los Veintiocho una Federación Rusa inestable y con sentimiento de asedio o de revancha. En definitiva, para romper la dinámica actual de desencuentro ambas partes tienen que superar sus pulsiones de dominio sobre los vecinos.

Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).