El escenario ruso para Ucrania

Dibujado por Konstantín Máler

Dibujado por Konstantín Máler

La estabilidad de Ucrania interesa a Rusia, pero la situación se encuentra en un callejón sin salida.

El encuentro del presidente de Rusia, Vladímir Putin, y su homólogo suizo Didier Burkhalter del 7 de mayo no se distinguió por grandes declaraciones. En el contexto de un cierto sarcasmo respecto a Europa se anunció una hoja de ruta para salir del conflicto ucraniano y reforzar el papel de la OSCE.

Sin embargo, no se ha estudiado ninguna vía para salir de este callejón sin salida. La cuestión ucraniana ya fue discutida durante las negociaciones bilaterales de Ginebra entre Rusia y Estados Unidos, aunque la crisis política de Ucrania se está desarrollando de modo totalmente independiente y solucionarla sin lograr el diálogo de sus participantes internos no será posible.

Con esto se muestra de acuerdo Putin, que ha apoyado la idea de una mesa redonda y ha señalado: “Siempre que nuestros socios de Europa y Estados Unidos hacen que una situación llegue a un callejón sin salida dicen ‘ahora la clave de la resolución del problema está en manos de Moscú, sobre Rusia recae toda la responsabilidad’”.

Los principales resultados de la reunión, que son prueba de la estrategia rusa para el conflicto, fueron la petición de aplazar el referéndum en el sureste de Ucrania y la cuestión sobre las garantías que recibirán los habitantes de esta región tras las elecciones presidenciales en Ucrania. Si lo primero se convertía en un desafío al nuevo gobierno ucraniano para iniciar el diálogo, lo segundo era más bien una especie de ultimátum.

La propuesta de aplazar el referéndum no obligaba al Kremlin a hacer nada. Sin embargo, contribuye a acortar la lista de reclamaciones de los países occidentales hacia la política rusa.

Kiev, a pesar de que Rusia no reconoce al nuevo gobierno, se encuentra sin duda en contacto con el gobierno ruso y en líneas generales está dispuesta a participar en las negociaciones. Por esta razón se liberó, al tiempo que Putin hacía sus últimas declaraciones, al “gobernador popular” de la región de Donetsk, Pável Gúbarev. Mientras este se encontraba detenido era imposible negociar con él. Ahora podría convertirse en uno de los representantes del sureste de Ucrania.

La mencionada cuestión sobre las garantías para la oposición y el pueblo del sureste de Ucrania es muy importante, ya que dicta el contenido de las futuras negociaciones si estas acaban celebrándose. A todas luces, se trata de establecer un formato para las negociaciones, definir cuáles serán sus participantes de parte de las regiones surorientales, establecer las cuestiones principales y transmitir todas estas tareas al futuro presidente, Piotr Poroshenko.

Rusia está interesada en que se celebren las elecciones presidenciales en Ucrania. Moscú desea conseguir unas negociaciones legítimas con sus socios en Kiev. De lo contrario, todas las vías de comunicación del gobierno ucraniano con Occidente quedarán cerradas y entonces comenzará a escribirse la historia ucraniana. El nuevo gobierno de Ucrania lo sabe, aunque continúa extendiendo el pánico intentando convencer a todo el mundo de que Rusia planea introducir a su ejército para frustrar las elecciones.

A Rusia le interesa que Ucrania se estabilice. La reciente participación indirecta de Rusia en la crisis ucraniana ha sido una reacción inevitable a la desestabilización de un país vecino muy importante para Moscú desde un punto de vista internacional, económico, histórico y humanitario. Una inestabilidad continuada es capaz de romper todos los vínculos establecidos tras siglos de historia común, además de dañar los intereses rusos.

Otro interés de Rusia anunciado abiertamente es la federalización de Ucrania. Esta medida posibilitaría a Rusia conservar su influencia sobre el sureste del país en caso de cualquier cambio inesperado en el gobierno en el futuro. Pero el federalismo sería también para Ucrania un importante estabilizador, ya que obligaría a cualquier gobierno de Kiev a preocuparse por mantener el equilibrio entre Este y Oeste tanto en la política interna como externa.

Si consideramos lo sucedido durante el invierno de 2013-2014 en Kiev como una revolución, salta a la vista que este proceso todavía no ha terminado. En lo sucesivo habrá unas dificultades económicas sin precedentes y la protesta social se incrementará. El consenso entre las élites no es algo sencillo, y una serie de políticos, sobre todo Yulia Timoshenko, están dispuestos a seguir luchando por el poder y no hay que descartar un nuevo golpe de Estado.

La revolución ucraniana todavía no ha provocado una rotación en las élites, la aparición de nuevas figuras, el reparto de las propiedades ni grandes víctimas humanas. Todo esto todavía puede hacerse realidad.

La celebración del referéndum en las regiones del este supone que se han roto las negociaciones entre algunas partes del Este del país y el gobierno de Kiev. 

Existe un gran temor de que el nuevo gobierno continúe sin bajar las armas e intente reforzar su ataque durante el tiempo que queda antes de las elecciones. No se descartar que las fuerzas que se queden al margen del proceso de negociaciones intenten romper el consenso. Estas fuerzas podrían ser ante todo Yulia Timoshenko, el Sector de Derechas de Dimitr Yarosh y Svoboda de Oleg Tiagnibok. Próximamente cabe esperar de ellos provocaciones, seguramente también de forma conjunta, cuyo objetivo será romper los posibles acuerdos.

Por otro lado, los grupos de oligarcas, incluido el de Piotr Poroshenko, están interesados en la normalización de la situación y podrían ejercer una influencia más constructiva en el gobierno de Kiev. Las negociaciones también podrían verse afectadas por la propia naturaleza llena de contradicciones del actual gobierno de Kiev. Además, todos los problemas enumerados suceden también en la otra parte, entre las fuerzas de los sublevados en el sureste de Ucrania. 

Dmitri Ofitsérov-Belski es profesor en la Escuela Superior de Economía.

Artículo publicado originalmente en ruso en Foreign Policy.

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