Occidente y sencilla regla de 'divide y vencerás'

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

El intento de dividir a las hermanas eslavas Rusia y Ucrania con motivos peregrinos es parte de una bien pensada estrategia occidental que se usaba ya desde antes de los tiempos de Julio César.

Cuando asistía a un curso en la histórica ciudad toscana de Siena, conocí a dos compañeras de clase muy inteligentes que venían de Odesa, Ucrania. Nada de su aspecto, del modo en que hablaban o se comportaban podía hacer pensar que no eran rusas. Hablaban italiano con un adorable acento ruso, eran tan abiertas y amigables como cualquier chica rusa y sí, incluso a las 8 de la mañana, estaban en clase bien vestidas y perfectamente maquilladas.

Aunque sabía que ambas procedían de una ciudad que es esencialmente rusa en carácter, me sorprendió el hecho de que hablasen ruso entre ellas. Ambas estaban orgullosas de ser ucranianas, pero no podían hablar la lengua de su propio país con la misma fluidez que el ruso. Estas chicas, que habían nacido con posterioridad a 1990, me contaron que hablaban ruso en casa y que recibieron toda su educación en esa lengua. También tenían apellidos rusos. Por tanto ¿de dónde viene esa necesidad de afirmar la identidad ucraniana? me pregunté. Era la esperanza de integrarse en la Unión Europea y no necesitar un visado Schengen lo que hacía que estas dos chicas mirasen hacia Occidente.

El prestigioso concepto de “miembro de la Unión Europea” es el dulce con el que se tienta a los ucranianos para que den la espalda a Rusia y elijan un gobierno abiertamente hostil tanto a este país como a su lengua. Muchos ucranianos tienen hacia Europa y Occidente la misma actitud que tenían muchos rusos inmediatamente después de la caída de la Unión Soviética.

Es una creencia ampliamente extendida que Occidente es una tierra que mana leche y miel. Cuando esto se rebate describiendo las dificultades económicas de muchos países del sur de Europa, el contraargumento es que a los vecinos de al lado les va muy bien y que Ucrania se convertirá en la próxima Polonia.

Los ucranianos comparten cultura y origen étnico con los rusos y, por lo general, no son pragmáticos y ambiciosos como muchos nordeuropeos. Los que creen que los ucranianos deberían recibir una cálida bienvenida en la familia de naciones europeas deberían preguntar a los letones y lituanos, que tenían esperanzas de vivir una vida ideal en Suecia, cómo les está saliendo. ¿O quizá deberían simplemente leer la prensa británica para ver qué tipo de recibimiento se les está ofreciendo a los búlgaros y rumanos en la UE?

Dividir a las hermanas eslavas Rusia y Ucrania para dominarlas es coherente con una estrategia ampliamente utilizada y perfeccionada que se remonta a la política de la antigua Grecia. Se llevó a la perfección desde el siglo XIX por los poderes occidentales a medida que colonizaban gran parte de África y Asia.

Antes de la llegada del colonialismo, los pasaportes, las fronteras y los carnés de identidad no existían en ninguno de los dos continentes. Las fronteras fueron trazadas de forma tan arbitraria que cuando, por fin se retiraron los colonizadores, se produjeron terribles derramamientos de sangre y violencia sin sentido.

La existencia y prolongación del colonialismo se basa en esencia en este principio de divide y vencerás. Los ingleses lo aplicaron con gran pericia en India y, antes de abandonarla, convencieron a un gran número de personas de que los hindúes y los musulmanes eran en realidad dos naciones diferentes. Los ingleses ni siquiera pudieron dejar tranquila a una pequeña isla como Irlanda y dividieron el país en grupos enfrentados.

El sucesor del Imperio británico, los EE UU, y su red global de estados vasallos han puesto sus ojos ahora en el vecindario de Rusia. Un simple vistazo a los comentarios occidentales basta para convencer hasta al observador más neutral de que el “gran plan” es hacer que Ucrania se una a la OTAN; después de esto, se impulsará artificialmente la economía del país y se emplearán tantas tácticas como sea necesario para crear revueltas y disturbios en Rusia, con el fin de devolverla a lo que fue la época de Borís Yeltsin. Es un escenario extraño e incluso cómico, pero los que se gastaron 5.000 millones de dólares en un golpe de Estado en Kiev creen que es posible llevar aún más allá sus planes neoliberales y subyugar a Rusia.

Básicamente, Occidente está tratando de conseguir sus objetivos creando una falsa sensación de enemistad entre rusos y ucranianos.

Si el pueblo ucraniano realmente quiere llegar a formar parte del experimento fallido que es la UE, es asunto suyo. Si la mayoría del país no se da cuenta de que el centro del poder global se está desplazando desde el oeste hacia el este, y prefiere centrarse en ganancias a corto plazo, que lo haga. Pero deben tener en cuenta que los rusos sienten de veras un cariño fraternal por Ucrania. Incluso el director del FMI admitió esta semana que la economía ucraniana se habría desplomado sin la ayuda rusa.

Como miembro potencial de la UE, Ucrania se podría parecer a los llamados países PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España) más que Polonia, vista la actual situación. Pero la campaña de propaganda que se lleva a cabo en Ucrania occidental y Kiev está diseñada para que los ucranianos no vean que son simples peones en un juego más importante. Les toca a los ucranianos darse cuenta del engaño de la política de “divide y vencerás” de Occidente. Sin embargo, pase lo que pase en Ucrania, Rusia no dejará que forme parte de la mayor alianza militar anti rusa del mundo: la OTAN.