¿Estamos al inicio de un nuevo periodo de las relaciones entre Rusia y Occidente?

Dibujado por Konstantín Máler

Dibujado por Konstantín Máler

La actual crisis en Ucrania ha supuesto un cambio en las relaciones entre Rusia y Ucrania, y es posible que estemos asistiendo a un cambio de paradigma.

Durante mil años Rusia y Ucrania han compartido una historia cuyo significado es motivo de disputa entre ambas. Estas emociones históricas son importantes: cimentan las políticas actuales. Kiev fue la capital de Rus, el primer gran estado eslavo. Pero en 1240 fue destruida por los mongoles.

La tierra posteriormente conocida como Ucrania se la disputaron entre tártaros, cosacos, polacos, lituanos, turcos, suecos, alemanes, austriacos y rusos hasta que todo (excepto una de las regiones occidentales, que le tocó a Polonia) pasó a manos de la URSS. Seis millones de personas murieron durante la hambruna provocada por Stalin; otras tantas murieron durante la Segunda Guerra Mundial. Los nacionalistas ucranianos combatieron contra los soviéticos bajo su líder Stepan Bandera, un héroe para la Ucrania occidental, pero un traidor y un fascista antisemita para muchos rusos. Tras la guerra, volvió la represión soviética. Para muchos ucranianos, los recuerdos son aún muy vívidos.

Los rusos tienen una visión bastante diferente de la historia. Muchos creían lo que muchos ucranianos discuten: que la historia rusa es una línea que va directamente desde la Kiev medieval a la Rusia moderna. Para muchos rusos, la separación de Ucrania en 1991 dolió como una amputación. No podían creerse que fuese a durar.

Cuando se independizó en 1991, Ucrania tenía todas las papeletas para el éxito. Las divisiones étnicas eran gestionables. Pero los entonces nuevos líderes de Ucrania no lograron modernizar la economía. La corrupción pronto estuvo fuera de control. La brecha entre los que miraban a occidente y los que miraban a Rusia era cada vez mayor.

Los Gobiernos occidentales creían que el fin de la Guerra Fría y la caída de la Unión Soviética les darían la oportunidad de rediseñar la geopolítica de Europa oriental. Hicieron movimientos encaminados a atraer a su órbita primero a los exiliados de la URSS pertenecientes al Pacto de Varsovia, y después a antiguas regiones de la Unión Soviética, como los estados bálticos, Ucrania y Georgia. No faltó quien desde Occidente vaticinase que esto provocaría un amargo resentimiento incluso entre los rusos más liberales y que Rusia, cuando se levantase, podría intentar ponerle remedio. Después de todo, eso fue lo que sucedió en la Alemania derrotada tras la Primera Guerra Mundial. Pero se hizo caso omiso de las críticas.

Los rusos se dieron cuenta. Esta sensación de resentimiento e impotencia fue multiplicada en 1999 por el bombardeo de la aliada de Rusia, Serbia, a manos de la OTAN y por sus incursiones en Irak, Afganistán y Libia sin que, en su opinión, hubiese un apoyo legal de las Naciones Unidas. Llegaron a la conclusión de que la retórica occidental sobre “democracia”, “derechos humanos” y “legalidad internacional” era mera hipocresía. No podían creerse (y resultó no ser verdad) que al principio hubiese tan buena voluntad hacia Rusia en Occidente, y que la ayuda occidental estuviese a menudo tan mal dirigida, fuese tan condescendiente e ineficaz.

Putin compartía el sentimiento de humillación de sus conciudadanos cuando cayó la Unión Soviética, sentimiento que se vio reforzado cuando lo percibieron como una conspiración occidental contra su país. Su principal objetivo era devolverle a Rusia su lugar en el mundo. Crimea era un premio de consolación: había sido rusa durante la mayor parte de su historia y la mayor parte de sus habitantes eran rusos. Estaba diciendo “cómeme”. La reunificación de la península, mayormente incruenta, apoyada por una exageradísima propaganda sobre las amenazas extremistas a los pacíficos ciudadanos rusos de Ucrania, le ha granjeado una amplia simpatía popular.

Pero existe el riesgo de que Putin y su pueblo se crean su propia propaganda y que se les suba el éxito a la cabeza. Supo cuándo parar tras su breve guerra contra Georgia en 2008. Si ahora trata de exprimir su suerte e interviene en la misma Ucrania, meterá a Rusia en un gran lío económico y político.

Putin ha abierto la caja de los truenos y está orgulloso de ello. Pero Occidente tiene parte de culpa. Su política ha sido ignorante, a veces irresponsable y a menudo arrogante. No le han dejado muchas opciones: no podía declarar la guerra, de modo que Occidente habla de pacificación, al estilo de Múnich.

Pero Occidente ahora no va a poder ahorrarse varias tareas difíciles, si no quiere perder credibilidad y respeto por sí mismo. Sin duda, apoyará la economía ucraniana, un negocio extremadamente caro; debe aplicar sanciones serias a Rusia, lo que inevitablemente dañará también a Occidente; debe paliar la dependencia de Europa de la energía rusa y encontrar un modo de tranquilizar a los miembros orientales de la OTAN, que están cada vez más nerviosos.

Las dos partes tienen mucho que perder. A mediados de marzo, Rusia se ofreció a dialogar, incluyendo a Ucrania y Occidente, sobre una Ucrania federal y neutral, con la condición de que se dejase de lado el tema de Crimea. Para Occidente, aceptar un diálogo con esas condiciones significaría que se tambaleasen todos los países de Europa del Este que temen el revanchismo ruso.

Se mantienen prudentes contactos diplomáticos sobre la cuestión Siria y sobre Irán, que quizá incluso contribuyan a la solución del conflicto. También Moscú y Kiev dialogan. Pero no se alcanzará pronto un acuerdo diplomático. Se han levantado sospechas que no se disiparán rápidamente. El avance de Rusia hacia un sistema político y económico moderno ha sufrido un duro revés. No es probable que las acciones de Occidente detengan a Putin si está determinado a actuar, pero pueden obligarlo a hacer un alto: la mera amenaza de sanciones económicas ha puesto bajo presión a la ya inestable economía rusa.

Su actual triunfo podría marchitarse cuando los admiradores de Rusia comiencen a sentir las dificultades económicas: podrían ir perdiendo el entusiasmo por él a medida que se vayan desvaneciendo sus expectativas. El juego aún no ha terminado. Pero es muy posible que las relaciones de Occidente con Rusia se congelen durante una temporada. 

Rodric Braithwaite fue embajador británico en Moscú de 1988 a 1992. Su último libro “Afgantasía: los rusos en Afganistán, 1979-89” (Profile Books) ha sido publicado en inglés y en ruso.

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