El mundo necesita más 'espíritu del XIX'

Autor: Konstantin Maler

Autor: Konstantin Maler

Debido a la crisis en Ucrania, la discusión sobre los principios del orden mundial ha pasado a una nueva fase. John Kerry, secretario de Estado de Estados Unidos, ha acusado a Rusia de actuar “en el espíritu del siglo XIX”. Según Kerry, ahora las cuestiones internacionales se resuelven de otra manera. ¿Y en qué consiste propiamente ese 'espíritu del siglo XIX'?

En términos de derecho internacional, el siglo XIX comenzó con el Congreso de Viena de los años 1814-1815. Esta maratón de negociaciones a las que acudieron monarcas (Alejandro I, Francisco I de Habsburgo) y los más importantes diplomáticos y políticos del momento (Metternich, Talleyrand, el duque de Wellington, etc.) puso fin a la época de las Guerras Napoleónicas. El Antiguo Continente había sufrido grandes conmociones desde finales del siglo XVIII, cuando la Revolución Francesa puso del revés la política europea. El fervor revolucionario, temido por los regímenes conservadores, renació en la expansión geopolítica de París, lo cual provocó la unión de las grandes potencias contra Napoleón.

Esta nueva política del siglo XIX duró casi cien años. El sistema nacido en el Congreso de Viena colapsó en agosto de 1914, cuando las diferencias entre las potencias europeas, sus apetitos coloniales y el auge del chauvinismo provocaron la Primera Guerra Mundial. Con esto dejaba de existir la 'antigua y buena Europa', y con ella la época dorada de la diplomacia clásica.

El siglo XX estuvo marcado por varias catástrofes: dos guerras mundiales, la caída de los imperios, el ascenso y la caída de las ideologías totalitarias y repetidos genocidios.

Durante la Guerra Fría, a pesar de tratarse de una confrontación global ideológico-militar, parecía que se vivía en una época de tranquilidad.  El punto muerto en la política de misiles nucleares entre la URSS y Estados Unidos, la amenaza de una aniquilación total mutua garantizaron una estabilidad sin precedentes, y las muestras de poder en la periferia de la política mundial estaban totalmente controladas por los 'grandes jefes'. Pero este control no sobrevivió al final del conflicto.

En este contexto, el 'espíritu del siglo XIX' sugiere más bien la idea de un El Dorado. Entre los años 1815 y 1910, en Europa no se dio ningún enfrentamiento importante entre grandes estados. Eso no quiere decir que no existiera una aguda rivalidad o conflictos armados (basta con recordar la guerra franco-prusiana, la guerra ruso-turca y la guerra de Crimea).

Pero la esencia del Concierto de las naciones conseguido tras el Congreso de Viena consistía en que en cualquier confrontación las potencias tenían la posibilidad de recuperar el equilibrio a través de la diplomacia. Al final de cada conflicto se especificaban las relaciones entre las partes principales y se corregían las condiciones de este equilibrio. Esto es lo que sucedió en 1856 en el congreso de París (tras la guerra de Crimea), en 1871 en la Conferencia de Londres (tras la guerra franco-prusiana) y en el Congreso de Berlín de 1878 (tras la guerra ruso-turca).

El Concierto de las naciones cayó por razones objetivas. La política mundial dejó de ser sinónimo de política europea. El rápido desarrollo del capitalismo, la primera ola de la globalización y la expansión colonial ampliaron el espectro del juego y subieron las apuestas. Creció la excitación interna en las potencias continentales, algo que volvió mucho más complicado mantener el equilibrio.

Doscientos años después de la inauguración del Congreso de Viena y cien años después del comienzo del a Primera Guerra Mundial, parece que son precisamente las cualidades del sistema del siglo XIX lo que se echa de menos hoy en día.

Tras los desastres de la primera mitad del pasado siglo y la estabilidad en suspensión de su segunda mitad, ha llegado el tiempo de la libertad, en todos los sentidos de la expresión. La libertad como el concepto ideológico central de la visión del mundo estadounidense. Y la libertad respecto a las normas internacionales y limitaciones del pasado. En un principio parecía que este segundo tipo de libertad se extendía únicamente al ganador de cada conflicto: Estados Unidos y Occidente. Pero poco a poco se hizo evidente que la libertad es un fenómeno universal.

A medida que las normas se erosionan y se asimila la idea de que cada uno pueda comportarse según su criterio, el escenario internacional se ha vuelto accesible para todos. Y el monopolio económico y poderoso de Occidente a principios del siglo XXI ya no aparece tan impositivo como hace 15 años. Es decir, que Washington y sus aliados ya no pueden obligar al resto de países a seguir sus preceptos.

La crisis ucraniana  es una manifestación parcial del caos conceptual y legal que reina en la escena internacional, aunque se trata de una manifestación clara y sintomática. Demuestra que lo que se necesita es precisamente una diplomacia profesional como la del siglo XIX, una diplomacia que estudiamos en los libros pero que casi hemos olvidado cómo es en la práctica. Y es que parece que, tras la Guerra Fría, la necesidad de compromisos y de acordar los intereses desapareció: la parte ganadora determinaba el grado de responsabilidad de los participantes en los conflictos locales y qué era lo que había que hacer para restaurar la justicia. Sin embargo, incluso este modelo ha expirado ahora: la fuerza y la capacidad ya no son suficientes ni siquiera para las mayores potencias mundiales.

El problema del mundo contemporáneo es que existe un completo desequilibrio en todo: capacidades, intereses y opiniones de unos sobre otros. El 'espíritu del siglo XIX' es útil para encontrar soluciones diplomáticas basadas en el buen juicio y observando una etiqueta y caballerosidad respecto al oponente, sin exaltaciones ideológicas heredadas del siglo XX. El mundo necesita un concierto de las naciones mundial y sus directores necesitan una partitura clásica, aunque sea con una orquestación moderna. 

Fiódor Lukiánov es presidente del Consejo de Política exterior y de Defensa.  

Artículo publicado originalmente en ruso en Rossíyskaya Gazeta

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