El final de la “República Socialista Soviética de Ucrania”

Dibujado por Alekséi Iorsh

Dibujado por Alekséi Iorsh

En Ucrania ha habido una ruptura, ha comenzado una nueva época. Nadie se atreve a predecir qué va a pasar ahora, pero es importante entender bien la esencia de los acontecimientos.

En plena crisis política, cuando esta todavía no había alcanzado la culminación de la violencia, algunos periodistas ucranianos escribían que lo que estaba sucediendo era el final de la República Socialista Soviética de Ucrania. El final de un Estado que había formado parte de la Unión Soviética y que durante los últimos veintitantos años había arrastrado los principales rasgos de una república de la URSS. Posiblemente, esta sea la definición más exacta.

A Ucrania le fue dada la independencia desde arriba, gracias a la abnegada lucha de un movimiento demócrata ruso (que más tarde fue el gobierno de la RSFSR) contra el Kremlin y Gorbachov.

El pueblo ucraniano no sacrificó ninguna víctima en el altar de la libertad, sino que pasó suavemente de una realidad a otra. Desde 1991 hasta 2014, la política ucraniana se ha construido sobre un informal principio de coalición: la mirada puesta en Europa, pero manteniendo un formato propio, sobre todo la configuración económica, heredada del Estado anterior.

Es perfectamente posible que suceda algo parecido a las consecuencias de la Revolución Naranja: los vencedores podrían comenzar a pelearse unos contra otros.

Debido a la ausencia de alternativa, para formar la base de la identidad nacional se tomó la parte occidental del país, más íntegra en el sentido ideológico, aunque hubo que reducir la concentración de sentimiento 'nacional autóctono', ya que esto era algo que el resto de la población no habría podido asumir.

Por otro lado, como base económica se tomaron las regiones del este, concretamente la propia herencia soviética. No sólo las empresas propiamente industriales, sino también el sistema de las relaciones económicas, comerciales y humanitarias con Rusia, que ayudó a muchos ciudadanos a sobrevivir y a la élite de los oligarcas a enriquecerse.

Ucrania pasó a ser de facto un régimen parasitario a la espera de que sus problemas fueran resueltos por agentes externos a cambio de una elección “correcta” en materia geopolítica. 

El modelo se agota

Este modelo de existencia se agotó por muchas razones, tanto de carácter interno como externo. La principal de ellas es que este sistema dejó de aportar desarrollo al país, ya que únicamente estaba al servicio de una clase dirigente cada vez más corrupta.

Todo lo sucedido respecto al Acuerdo de Asociación de Ucrania con la UE fue la prueba de que las élites ucranianas carecían de ningún tipo de motivación más allá del deseo de conservar el poder y procurar su propio enriquecimiento.

Los acontecimientos que siguieron demostraron también que el Gobierno no tenía el más mínimo instinto político. La quiebra intelectual y moral que sobrevino a Víktor Yanukóvich fue en gran medida responsabilidad suya. Es más, fue él seguramente quien puso el último clavo en el ataúd de la prolongada “República Socialista Soviética de Ucrania”. 

Se pone en marcha el proceso de la “revolución nacional”

Las fuerzas que mueven el Maidán son una forma de “revolución nacional” que ha alcanzado dimensiones míticas: actos heroicos, derramamiento de sangre y sacrificio en la lucha por la libertad.

Este es el modelo (si se toman otros ejemplos recientes) de los países bálticos o de Azerbaiyán, donde en el centro de Bakú se puede pasear por una monumental Avenida de los mártires en recuerdo de las víctimas de la represión del 20 de enero de 1990.

La revolución nacional tiene un orden propio de acontecimientos que la parte más ideologizada de los actuales vencedores tendrá que seguir obligatoriamente: la denuncia de todas las fuerzas “antinacionales”, la prohibición de las ideologías relacionadas con el “pasado maldito”, la depuración de los elementos soviéticos y la exigencia de jurar lealtad no sólo al nuevo gobierno, sino al nuevo sistema de símbolos.


Estas pretensiones ya existían en Ucrania antes, pero perdían impulso en un medio oscuro e inarticulado. Ahora las víctimas servirán como catalizador y justificación de las acciones de las fuerzas más radicales. Como estas acciones se corresponden con la práctica de Europa Central y del Este tras la caída del comunismo, no encontrarán una gran oposición en Occidente, incluso en el caso de que el uso de la fuerza se convierta en una práctica sistemática. Sobre todo porque las acciones de los radicales están obviamente dirigidas contra Rusia, algo que complace a Europa y a Estados Unidos.

Paralelamente comienza, por supuesto, un proceso de repintado de las élites políticas de otros colores que se van adaptando a las circunstancias cambiantes. En el país de los vencedores sobran representantes de la oposición “sistémica” que quiere permanecer en el poder. Esta oposición tiene más experiencia que los “comandantes de campo”, de modo que en el juego político que acaba de comenzar jugará con ventaja.

Es perfectamente posible que suceda algo parecido a las consecuencias de la Revolución naranja: los vencedores podrían comenzar a pelearse unos contra otros. Las ambiciones de sus líderes, desde una Yulia Timoshenko recién puesta en libertad hasta los representantes del sector de la derecha, no admiten la presencia de un competidor fuerte. Por desgracia, este enfrentamiento tendrá lugar en el nivel de la retórica más radical.

¿Qué puede significar todo esto para Rusia?

En primer lugar, un posible retorno a aquellos acuerdos de Járkov sobre la Flota del Mar Negro que se firmaron en 2010 y la aprobación del estatus de país neutral para Ucrania. La cuestión de la adhesión de Ucrania a la OTAN provocará una auténtica colisión entre la configuración de la seguridad internacional y la reacción de Rusia.

En segundo lugar, las relaciones entre la parte occidental y la parte oriental del país en estas nuevas circunstancias podrían provocar enormes complicaciones. Si las partes de Ucrania que no apoyan masivamente el Maidán no se organizan en una sola fuerza, se verán sometidas a una poderosa presión psicológica y política.

El congreso que se celebró el sábado en Járkov, así como las acciones llevadas a cabo por las principales figuras del “ala oriental”, no han resultado especialmente convincentes en cuanto a la energía y la auténtica disposición a la hora de imponer sus intereses. Y la “revolución nacional” conlleva una “ucranización” sistemática y, por lo tanto, una destrucción de todo el estilo de vida que se mantenía cuando las regiones de habla rusa se encontraban en superioridad.

Rusia se encuentra ante un intrincado dilema. Esta situación, parecida a la de los países Bálticos, podría adquirir unas dimensiones mucho mayores: los ciudadanos ucranianos cuyos derechos se vean amenazados en el curso de una construcción nacional podrían dirigirse a Moscú en busca de ayuda.

Rusia puede, o bien ignorarlos, o bien enviar notas amenazantes desde su Ministerio de Asuntos Exteriores que no tendrán una gran repercusión, y todo esto se reflejará tanto en su percepción de sí misma como en su prestigio.

No obstante, la intervención en los asuntos del Estado vecino exigirá una firme voluntad política, una clara consciencia del objetivo final y una gran confianza en este objetivo, ya que se trata de un paso tremendamente arriesgado. 

Un nuevo principio para Ucrania

El fin de la historia de la “República Socialista Soviética de Ucrania” inicia una nueva página, similar por su contenido a lo que sucedió en Europa del Este tras la caída del bloque soviético.

Sin embargo, si tenemos en cuenta sus dimensiones, su complejidad y las circunstancias específicas del país, todos los graves problemas con los que se encontraron los antiguos países comunistas, en Ucrania se verán reflejados de forma más violenta y perversa.

Por último, la Ucrania actual debe agradecer a los gobernantes soviéticos el territorio que ha heredado. Además, el fin de la “República Socialista Soviética de Ucrania” no sólo implica el final de un determinado modelo sociopolítico, sino que también permite (como mínimo) plantear la cuestión de la configuración del propio Estado. 

Fiódor Lukiánov es presidente del Consejo de Política exterior y de Defensa.

Artículo publicado originalmente en ruso en Gazeta.ru.