La propaganda homosexual como cortina de humo

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

La atención que recibe esta cuestión en Occidente muestra que hay un doble rasero a la hora de juzgar a diferentes países. Por otro lado, el Kremlin consigue desviar la atención sobre los verdaderos problemas del país.

Sin duda el año 2013 estuvo marcado por la gran atención que recibió la comunidad homosexual en la Federación Rusa. Para los que seguimos la situación había dos importantes factores: la firma por parte del presidente Putin de la ley que prohíbe la llamada 'propaganda homosexual'.

Activistas LGBT en EE UU y Europa lanzaron una agresiva campaña para boicotear los Juegos Olímpicos de invierno y los productos rusos, entre los que destacó el boicot a la marca de vodka Stolichnaya. Los medios, tanto online como escritos, mostraban gran apetito por el hashtag "Rusia-Putin-propaganda homosexual-vodka-Sochi. Creo que es el momento adecuado para preguntarnos qué ha conseguido esta campaña. A mi parecer ha conseguido lo contrario de lo que pretendía. 

Algunos agudas críticas dijeron en voz alta que la cuestión de la 'propaganda gay' no era más que una campaña de relaciones públicas del Kremlin que tenía como objetivo distraer la atención acerca de los verdaderos problemas de Rusia: el estancamiento de la economía, la corrupción, el encarcelamiento ilegal y las torturas en las detenciones, los presos de conciencia y la catástrofe demográfica fuera de las mayores zonas urbanas, con unos índices de VIH y de abuso de drogas en números de récord. 

El interés casi exclusivo en la ley de 'propaganda homosexual' es un error imprudente de los activistas que hace que la estrategia del Kremlin sea un éxito. No hay dudas de que esta ley es errónea y arbitraria, pero no es ni mucho menos la razón principal para criticar el clima sociopolítico en Rusia. Y mientras pasamos un buen rato vertiendo vodka ruso en las calles de la relativamente tolerante ciudad de Nueva York, muchos de los miembros de la comunidad LGTB en Rusia consideran estas acciones absurdas, si no directamente una traición. 

Durante las vacaciones de invierno hablé por Skype con un amigo que vive en Moscú con su novio desde hace cinco años. Son una pareja de éxito: buen trabajo, una apartamento amplio dentro del Anillo de los Jardines, vacaciones en el extranjero y un spaniel con pedigree. Mi amigo es abiertamente gay con su familia, sus amigos y compañeros de trabajo. No es un activista, pero es que no todo el mundo tiene que serlo. Me comentó que tanto él como sus amigos estaban frustrados porque los activistas LGTB de EE UU trataban de perturbar los Juegos Olímpicos que Rusia había esperado durante tanto tiempo. 

La homofobia auspiciada por parte del Estado no es una invención rusa. Llegué a EE UU en 2004 cuando el entonces presidente George Bush y su partido trataban de sacar adelante una enmienda a la Constitución para prohibir los matrimonios entre personas del mismo sexo con el objetivo de distraer la atención acerca de la desastrosa guerra en Irak y de la difícil situación financiera que se avecinaba. 

En varios países africanos se han aprobado leyes draconianas en contra de los homosexuales, hacen que Moscú y San Petersburgo sean como un lugar mágico lleno de arociris y unicornios. Sin embargo no he visto en las calles de Nueva York protestas contra los mandatarios de Nigeria, Uganda o Malawi, o de Arabia Saudí, donde los actos homosexuales entre adultos están castigados con la pena capital. 

Así, se ha creado un peligroso cocktail de ignorancia y de doble rasero, que produce un discurso estrecho y no muy elaborado, una amalgama de hashtags de moda que apenas produce un argumento en claro acerca de los derechos y libertades de los que viven en Rusia, sean estos homosexuales o heterosexuales. 

Iván Savvine, nacido en San Petersburgo es un historiador del arte, escritor y galerista con base en Nueva York. Inmigró a EE UU en 2004 y recibió asilo en 2006.