Horas decisivas para el futuro de Ucrania

Ucrania es mucho más complicada que Bielorrusia y las tensiones entre el Este y el Oeste pueden agudizarse a consecuencia de lo que está ocurriendo en Kiev. Fuente: AFP / East News

Ucrania es mucho más complicada que Bielorrusia y las tensiones entre el Este y el Oeste pueden agudizarse a consecuencia de lo que está ocurriendo en Kiev. Fuente: AFP / East News

Ucrania vive unos momentos decisivos debido a las turbulencias de los últimos días relacionadas con las manifestaciones que desestabilizan el Gobierno del país.

Escribo estas líneas cuando el Euromaidán resiste el avance de las unidades especiales antidisturbios, el Berkut, que en la madrugada del 11 de diciembre emprendieron una acción para limpiar la plaza de la Independencia de Kiev. Allí,  durante más de dos semanas los manifestantes han exigido al presidente Víctor Yanukóvich que continúe la integración europea frenada bajo las presiones de Rusia. 

En el Ayuntamiento de Kiev resisten grupos nacionalistas radicales y dicen que hay combates. Hay que comprobarlo. Nos preparamos para un largo y complicado día. En estos momentos de futuro incierto surgen preguntas y también temores. ¿Acaso se puede ser tan torpe como para emprender una acción tan arriesgada con una alta posibilidad de que corra la sangre y haya víctimas mortales, cuando estaban en el aire distintas posibilidades de organizar una mesa redonda y de encontrar un compromiso entre el presidente y los manifestantes? ¿Acaso se puede ser tan torpe o tan incompetente como para disolver esta manifestación pacífica cuando están en Kiev la jefa de la política exterior de la Unión Europea y la vicesecretaria de Estado norteamericana?

La intervención de las tropas en la plaza puede alejar a Yanukóvich de la Unión Europea, el objetivo declarado de su política exterior. En estas dramáticas circunstancias hay muchas preguntas en el aire y mucho dependerá del resultado de los acontecimientos. ¿Será Yanukóvich aislado a consecuencia de lo que está sucediendo? ¿Servirá lo que está ocurriendo para evidenciar que en las filas de la oposición hay elementos incontrolados dispuestos a verter su sangre y la de sus compatriotas? 

Resulta inevitable recordar al líder de Bielorrusia, Alexánder Lukashenko, quien tras las últimas elecciones presidenciales cargó contra los que protestaban por la falsificación de los comicios y congeló así las relaciones de Bielorrusia con Occidente. En diciembre de 2010 se acabó para Lukashenko la política de zigzag entre Moscú y Bruselas. La represión lo alineó con Rusia, su vecino oriental, que no 
suele pedir cuentas a sus aliados por la sangre derramada. Pero Ucrania es mucho más complicada que Bielorrusia y las tensiones entre el Este y el Oeste pueden agudizarse a consecuencia de lo que está ocurriendo en Kiev.

Antes de que nos asomáramos al abismo esta madrugada, yo había escrito que los manifestantes de la plaza de la Independencia de Kiev tenían una visión idealizada de la Unión Europea y creían que la integración de Ucrania en esta comunidad solucionaría sus problemas, que en gran parte son los mismos que en otros países postsoviéticos: la corrupción en la clase política en el poder y la existencia de un grupo privilegiado (los oligarcas) que se aprovecha de sus conexiones personales para enriquecerse en detrimento de la mayoría de la sociedad.

Con acentuado paternalismo, los ucranios emplean con frecuencia la palabra niños para referirse a los jóvenes manifestantes de Euromaidán. Pero también los adultos, con sus grandes expectativas, tienen algo de ellos. Y si consideramos que los niños se caracterizan por un sentido de la responsabilidad limitado o nulo, podemos decir además que los dirigentes ucranios actuaron de modo infantil, ya que se disponían a firmar el tratado de Asociación con la UE, que presupone un enorme desarme arancelario, sin calcular a fondo las consecuencias para la industria de sus regiones orientales, muy vinculadas al mercado ruso. 

Evidentemente, el equipo negociador ucranio debía haber estudiado en profundidad esas consecuencias y debería haberlas tratado con sus socios rusos. Pero en vez de un diálogo técnico especializado entre los dos vecinos, lo que vimos fue una airada reacción de Rusia que comenzó el pasado verano a castigar a la economía ucrania y a amenazarla con males mayores. Así que Rusia se comportó como un adolescente resentido y posesivo, que chantajeaba a su hermano menor para impedir que este abandonara la habitación común en busca de su propio territorio. 

 

 

Tanto la forma en que Ucrania idealiza a Occidente como la forma en que Rusia quiere retener a Ucrania, hacen pensar que los 22 años transcurridos desde que se desintegró la URSS no bastaron para que estos dos Estados eslavos alcanzaran la madurez. Rusia no ha aceptado que Ucrania haga su propia vida y decida sin consultarla, porque no quiere –o no puede– verlo como un sujeto independiente. 

Los dirigentes rusos piensan que Bruselas les está robando a Ucrania y por eso, han convertido a la UE en el enemigo y en el blanco de burdas campañas propagandísticas en los medios de comunicación. Pero detrás de esa demonización de Europa, que practican las televisiones estatales rusas, está el miedo a que los ciudadanos de Rusia, cuando estén bastante hartos, imiten a los ucranios y comiencen a reclamar otro sistema más democrático, otras reglas de juego más trasparentes, instituciones al servicio de la mayoría y unos valores que aún confieren atractivo a la UE, a pesar de sus muchos defectos.
 

Pilar Bonet es corresponsal del diario El País en Moscú y Kiev. Artículo especial para Rusia Hoy.