¿Destrozar una estatua de Lenin para asustar a los rusos?

Las acciones de la oposición radical ucraniana, que ha derribado una estatua de Lenin y ha repartido entre la gente simbólicos trozos del cuerpo del líder soviético, han provocado cierto estupor en Rusia. Esta reacción no está relacionada con el amor por Lenin en la población rusa, ya que una mayoría aplastante de las menciones a Vladímir Ilich en los medios de comunicación, así como en los libros de historia escolares y universitarios durante los últimos 20 años tienen un matiz negativo.

 

Dibujado por Konstantín Máler

La mayoría de los rusos cada vez están más de acuerdo con la nueva opinión oficial que se ha establecido en la Rusia postcomunista según la cual Lenin, durante la Revolución de 1917-1921, interrumpió el curso natural de la evolución de Rusia.

En este caso, pues, no se trata de justificar a Lenin, sino de los métodos que han utilizado los manifestantes radicales ucranianos destrozando el monumento. Para los rusos, así como para los ucranianos moderados, ha sido una desagradable sorpresa el cariz de las acciones llevadas a cabo por los nacionalistas, miembros con toda seguridad del partido 'Svoboda' (Libertad). El odio con el que golpeaban la estatua caída pone de relieve el rasgo principal de los nacionalistas ucranianos, un rasgo que les acerca a los nacionalistas polacos: la percepción de hechos remotos en la historia como si fueran agravios personales recientes por los que es justo cobrar venganza en la actualidad.

Para los nacionalistas radicales antirrusos, la hambruna provocada en 1933 por el régimen estalinista, desaparecido hace ya mucho tiempo no sólo en Ucrania, sino también en Rusia y en Kazajistán, parece que ocurrió ayer. De los

acontecimientos de la época de la colectivización algunos se recuerdan de manera acertada y otros no, aunque en todos los casos la culpable absoluta es la Rusia actual, que al parecer cometió a sabiendas este genocidio del pueblo ucraniano (¡!).

Los políticos ucranianos en la oposición, como por ejemplo el alcalde de Lvov, asustan a sus ciudadanos con el argumento de que, si Yanukóvich no cambia de opinión y no firma el Acuerdo de Asociación con la UE, aquella hambruna se volverá a repetir.  

Y todo esto únicamente debido a la decisión soberana del gobierno ucraniano de posponer (¡no cancelar!) el acuerdo con la Unión Europea. 

El odio ciega hasta tal punto a los nacionalistas ucranianos que se olvidan de que el Lenin que han derribado no organizó la hambruna ucraniana, ya que murió una década antes. 

En la Ucrania Occidental, donde los ciudadanos se muestran más activos en las protestas de Kiev, Lenin ni siquiera llegó a gobernar: tras la caída del Imperio ruso y la breve guerra ruso-polaca, en 1921 Ucrania Occidental, que había sido parte durante muchos siglos de la Mancomunidad de Polonia-Lituania y del Imperio austrohúngaro de los Habsburgo, pasó a formar parte de Polonia, Rumanía y otros países del 'cordón sanitario', creado por los países de la Entente en Europa Oriental tras la Revolución rusa de 1917. 

Los ucranianos occidentales, sufrieron en estas jóvenes potencias con gobiernos nacionalistas una gran discriminación étnica y religiosa. Polonia, que hoy en día apoya a los herederos ideológicos de la tristemente conocida Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN), logra extrañamente mezclar la simpatía hacia estas personas con el culto al dictador polaco Józef Piłsudski, que persiguió a los abuelos de estos. Si añadimos que en los años 1939-1942 los soldados de la OUN y otras organizaciones nacionalistas ucranianas cooperaron activamente con los nazis en su lucha contra las tropas polacas y soviéticas y que en 1944 llevaron a cabo contra los ciudadanos de ascendencia polaca un auténtico genocidio en Volinia, la situación se vuelve mucho más ambigua para Polonia. 

Y a pesar de todo, estos hechos nunca han impedido a los rusófobos ucranianos o polacos acusar de todos sus problemas a Rusia. 

En estas medias verdades y omisiones históricas se basa también la percepción de Rusia como una fuerza históricamente antiucraniana que impera en las protestas de estos días. 

Si los ucranianos hubieran sufrido realmente una discriminación en la URSS, durante la época de Brézhnev la mitad del Politburó no habría estado formada por personas procedentes de ese país, así como muchos de los más altos puestos en el ejército, la policía e incluso la anatematizada KGB del a URSS. 

Ucrania tampoco se habría convertido en miembro independiente de la ONU con todos sus correspondientes atributos tras la guerra, sino que habría seguido siendo parte de la URSS. A duras penas habría logrado Ucrania durante su historia soviética las sólidas expansiones territoriales que obtuvo: en 1920 se anexionó los territorios con población rusa de Novorossii (Ucrania oriental) y los territorios cosacos del antiguo ejército del Don (en el Mar de Azov); en 1940 obtuvo las regiones multiétnicas de Bucovina y Budzhak, robadas a Rumanía; en 1945 Checoslovaquia le entregó la región de Zakarpatia, poblada históricamente por rutenos y húngaros y en 1954 la península rusa de Crimea pasó a ser territorio ucraniano. 

No hay que olvidar que la nación de Ucrania se unió a Rusia (¡por primera vez en mil años!) en 1939 como resultado del cínico pacto Mólotov-Ribbentrop, cuando el régimen estalinista privó a Polonia de varias regiones de la actual Ucrania occidental, entre ellas la región de Lvov, con el pretexto de “reunir al gran pueblo ucraniano en un único estado”. 

Es evidente que el odio feroz a todo lo que tiene que ver con el comunismo, que por alguna razón se asocia a Rusia, resulta de gran utilidad para ciertos círculos de oligarcas y políticos que no son ni mucho menos nacionalistas y que dirigen a los participantes de las protestas en Euromaidán. 

Dmitri Bábich es  periodista de la radio La voz de Rusia.

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