La amistad con Occidente no es garantía de democracia

Dibujado por Alekséi Iorsh

Dibujado por Alekséi Iorsh

Numerosos analistas creen que la situación en Ucrania responde a una cuestión de valores. Pero si analizamos la situación en las antiguas repúblicas soviéticas veremos que la situación es mucho más compleja y que acercarse a Occidente no implica necesariamente un proceso de democratización.

La actual crisis en Ucrania ha acelerado una vez más la discusión sobre si la elección a favor de la Unión Europea o de la integración euroasiática es también una elección de valores. No es la primera vez que se plantea esta cuestión. En el periodo de las llamadas 'revoluciones de colores' la aspiración de las antiguas repúblicas soviéticas de “escaparse de la geografía” a través de la intensificación de la relaciones con la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN era interpretada por una parte significativa de los expertos, tanto en Occidente como en Eurasia, como una condición para su democratización.

Al mismo tiempo, la cooperación estratégica con Rusia se veía como sinónimo del mantenimiento del autoritarismo y de un sistema de gobierno arcaico. Pero, ¿podemos afirmar que ese esquema es aplicable hoy a los procesos políticos postsoviéticos?

La identificación de las prioridades en política exterior con la elección de valores se basa en la noción de que la diplomacia de los principales actores internacionales se construye en base a principios ideológicos. Sin duda en la retórica de los representantes de EE UU y de los países de la UE el mercado y la democracia ocupan el sitio principal, mientras que los políticos rusos prefieren hablar de estabilidad, conservadurismo en el derecho internacional y primacía de la soberanía nacional sobre la injerencia extranjera.

Sin embargo, en la práctica la retórica y el interés nacional no siempre coinciden.

El 'contrato del siglo' que firmaron Azerbaiyán y las grandes compañías petroleras occidentales en el año 1994, así como la participación de la república del Caspio en proyectos energéticos impulsados por Occidente como el oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceijan, no convirtieron al país en líder de la democracia. Se trata del único país entre las repúblicas de la extinta Unión Soviética donde el poder pasó de padre a hijo.

Sin embargo, Azerbaiyán nunca ha formado parte de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva propuesta por Rusia y no tiene intención de sumarse a la Unión Aduanera. En cuanto a Turkmenistán, las organizaciones de defensa de los derechos humanos internacionales, incluidas las norteamericanas, han denunciado repetidamente el autoritarismo de este país. Sin embargo, esto no es ningún obstáculo para que la UE y EEUU exploten la cooperación energética.

La situación es parecida en Uzbekistán, donde el presidente Islam Karímov gobierna ininterrumpidamente desde hace 22 años. Y esto tampoco es ningún obstáculo para ver el gobierno de Tashkent situado entre los “socios valiosos de la OTAN” en la operación en Afganistán. A propósito, el año pasado esta república suspendió su participación en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva y, al igual que Azerbaiyán, no tiene intención de ingresar en la Unión Aduanera. Turkmenistán tiene estatus de estado neutral pero es poco probable que alguien se arriesgue a compararlo con Suiza por su nivel de democracia.

Durante mucho tiempo los medios occidentales calificaban Georgia como “puerto de la democracia”. Sin embargo, tras las escandalosas historias sobre las disoluciones de las manifestaciones en Tbilisi en el 2007 y en el 2011, y también después de la publicación de materiales sobre la violencia en las instituciones penitenciarias, la imagen de Mijaíl Saakashvili como demócrata de vanguardia en el territorio de la antigua URSS se marchitó. Cabe observar que Georgia no tiene relaciones diplomáticas con Rusia desde el año 2008 y antes de esto Tbilisi fue durante muchos años uno de los socios más problemáticos de Moscú.

Mientras tanto, muchas repúblicas postsoviéticas intentar no hacer una elección radical entre el vector occidental y el ruso. Algunas lo consiguen con más éxito (Kazajistán, Uzbekistán) y otras no tanto (Armenia, Ucrania). Sin embargo, en este contexto la cuestión de los valores se desplaza a un segundo plano.

Además, el desarrollo de los contactos con la OTAN o con la UE de ninguna manera es una garantía para la aceptación de estos países en estas estructuras, ni tampoco para la construcción de la democracia. Actualmente hay muchos analistas que hablan del “sueño perdido europeo de Ucrania”. En realidad el Acuerdo de Asociación con la UE tampoco prevé un régimen sin visados por no hablar de la pertenencia total como miembro en la familia europea. Europa tiene acuerdos similares con una serie de países de África del Norte y Oriente Próximo (Argelia, Egipto, Jordania, Túnez).

En general se trata de una moda extraña; vivir a la expectativa de que algún benefactor exterior hará todo el trabajo complicado en lugar suyo. Muchos líderes postsoviéticos han sustituido la imagen del generoso y justo Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética por una idea clara del papel benefactor de Bruselas y de Washington.

Sin embargo, la vida real no es ningún esquema. Para la comprensión de los complicados procesos geopolíticos en los espacios de la antigua URSS difícilmente se puede sustituir un esquema progresivo lineal del arsenal del “comunismo científico” por el de la “democracia científico” que construye una dependencia artificial entre los intereses nacionales y una elección casi existencial y supuestamente motivada por los valores.

Efectivamente, hoy en día Eurasia no se parece en nada al 'extranjero cercano' de principios de los años 1990.

Además de Rusia, en este espacio actúan muchos actores nuevos y las propias repúblicas  exsoviéticas divergen  cada vez más en sus intereses. Incluso las tres repúblicas caucásicas dieron tres respuestas distintas a la elección entre la integración europea o la euroasiática. Pero la propia elección es mucho más complicada que el hecho de seguir unos esquemas retóricos. En cuanto antes tomen conciencia de esto expertos y profesionales, más fácil será abstenerse de esperanzas innecesarias que inevitablemente van acompañadas de grandes decepciones. 

 Serguéi Markedónov, politólogo, de mayo del 2010 a octubre del 2013 fue colaborador científico del Centro de Investigaciones Estratégicas e Internacionales, Washington, EE UU.