Por qué soy liberal

Dibujado por Ígor Demkóvski

Dibujado por Ígor Demkóvski

Hoy en día ser liberal en Rusia es algo que no conviene en absoluto.

 Dibujado por Ígor Demkóvski

 A los liberales en Rusia se les llama con desprecio “liberasti”. Porque “liberal” para el ciudadano medio, que se pasa horas plantado delante del televisor (y este medio en  Rusia es más bien propagandístico que informativo), es un engendro de la naturaleza. Con toda probabilidad, un homosexual o un agente de Occidente.

En la Rusia actual la situación de los liberales es triste porque quien declara serlo no tiene derecho a referirse a los intereses del pueblo. El interés principal de la población en un estado autocrático es la supervivencia. Y el pueblo cree que no hay que irritar al poder que (así lo piensa sinceramente el pueblo) le da de comer.

Cuando digo que el liberalismo se basa en la idea de que el hombre es capaz de cambiar a mejor y sin coacción, que el impulso de libertad siempre ha estado presente en los seres humanos, en Rusia me miran con recelo. Y si digo además que cuando una persona es libre puede alimentarse a sí misma empiezan a mirarme ya con odio. Amigo, conocemos bien vuestra libertad, ¡la misma que había en tiempos de Gorbachov, cuando destruyeron y asolaron el país! ¡No queremos saber nada de eso!

“Libertad” para la mayoría de rusos es sinónimo de crimen, colapso, desorganización. Mientras que “orden” equivale a subordinación al poder y restricción de la libertad personal en nombre de la grandeza del Estado, también significa la omnipotencia del zar o llámese presidente. Como ha señalado acertadamente el historiador y eslavista Richard Pipes, cuando se trata de escoger entre “libertad” y “orden”, en Rusia se escoge invariablemente “el orden”, sin preguntarse si se trata de una opción equivocada.

En otras palabras, en Rusia hoy en día odian a los liberales sin saber prácticamente nada de liberalismo. Mis estudiantes de la Universidad de Moscú, donde imparto un curso especial de periodismo para radio, no conocen, por lo general, el nombre de Pipes. Nunca han oído, por ejemplo, hablar de Noam Chomsky que medio siglo atrás en El gobierno en el futuro describió detalladamente diversos modelos de organización estatal, incluso el liberal. Mis estudiantes de hoy, por lo general, son menos instruidos que cuando yo era estudiante.

Quizá ésta sea la causa de que en las entrañas de la sociedad soviética sedienta de conocimiento haya madurado la idea liberal que exige la supresión de la censura y la autorización de la iniciativa privada y esta idea hizo que la URSS se desmoronara. El ciudadano ruso medio de hoy, conservador convencido, a menudo con poco nivel formativo, toma los mitos por hechos.

Y esta es otra razón por la que soy liberal: es aburrido estar al lado de personas que no quieren saber nada.

Pero hay también un tercer motivo: no creo que a día de hoy el comportamiento moral pueda ser sólo intuitivo, basado en las emociones. Si, por ejemplo, sin tener ningún conocimiento de medicina te lanzas a ayudar a ayudar a alguien que ha sufrido un accidente, puedes matarlo debido a tu ímpetu. La civilización se vuelve cada vez más compleja, la supervivencia se apoya siempre en el conocimiento. ¿Preferiríais que os operara un cirujano sincero o competente?

Es probable que esta mayor complejidad unida a la aceleración del progreso tecnológico lleve a muchos a aferrarse al conservadurismo, aun si se fundamenta sobre mitos (por ejemplo, por “la tradición familiar histórica”, sin tener en cuenta la historia social de la familia). Y así aparecen aquellos que recurren a la “sencillez natural” y a “la época de oro”, “la infancia de la humanidad”, aunque cualquier antropólogo sabe lo poco atractivo que es esta infancia.

Este ataque contra los “fundamentos” inventados estaría bien, como cualquier forma de extravagancia, si no hubieran aparecido tentaciones ideológicas. Estos tentadores saben cómo plasmar los miedos entre quienes se sienten confusos dentro de fórmulas salvadoras que, en Rusia, por regla, están relacionadas con la destrucción de los enemigos. El enemigo es el extranjero, quien profesa otra fe, quien percibe u organiza la vida de un modo diferente: en resumen, los “liberasti”. Y de ellos vienen todas nuestras desgracias. ¡Duro con ellos!

En la actualidad uno de estos tentadores sinceros en Rusia es un escritor de talento (su talento consiste en gran medida en su sinceridad), el escritor Zajar Prilepin

Después de haber pasado por un sinfín de desventuras (formaba parte del partido ilegal nacional-bolchevique, conoció la cárcel y los abusos de la policía), se puso a cantar el himno de aquellos que viven como los empuja el destino, de quienes tiene razón simplemente porque forman parte de la mayoría, porque es igual a todos los otros, pues es ruso y sus abuelos vivieron en esta tierra. A fin de cuentas, las novelas de Prilepin, sinceras hasta el nivel de las sensaciones fisiológicas, cantan el himno del moderno “gopnik” ruso (“vagabundo”, “desempleado”).

Incluso los intelectuales a veces se dejan llevar por el entusiasmo, por la contemplación de la gracia natural de los jóvenes animales, libres del peso de la instrucción, de la cultura, de la capacidad de reflexionar. Pero hay que hacer una distinción entre el placer estético provocado por la visión de un campesino trabajando, sudoriento, con una mano en la azada, y la tentación de poner a este campesino en el centro del mundo, declarando enemigos a todos aquellos que no son de esa manera. Me parece que algo similar pasó en Camboya en los tiempos de Pol Pot.

Y esta es la última razón por la que, a pesar de las desventajas de mis convicciones, soy liberal.