Las dos caras del presidente ruso

Según la revista norteamericana 'Forbes' Vladímir Putin ha sido la persona más influyente del 2013. Las negociaciones en torno a Siria y la gestión del caso Snowden han sido algunos de sus logros. Sin embargo, en su propio país el presidente ruso tiene otra manera de hacer política

Dibujado por Serguéi Yolkin

El Vladímir Putin capaz de conducir a Barack Obama por la senda de la negociación en Siria, el líder comprensivo con los problemas de Edward Snowden con la justicia de EE UU, no es el mismo que gobierna Rusia. 

En su país tiene escasa paciencia con los opositores, sean políticos, blogueros, cantantes, periodistas o empresarios. Dentro no defiende la bondad de los derechos humanos ni las ventajas de la diplomacia. En Rusia gobierna con puño de hierro y escaso sentido del humor. 

Son muchos los excesos, la mayoría relacionados con el conflicto de Chechenia, y varias las investigaciones no resueltas. Destaca el asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya, azote permanente de la política de Putin en el Cáucaso; sobre él penden más sospechas que certezas. Lo mismo sucede con la muerte de Natalia Estemírova, destacada defensora de los derechos humanos. Son agujeros negros inaceptables en un Estado de derecho. Como lo son Guantánamo y Lampedusa, en este lado del mundo.

Putin es un autócrata que dirige un país gigantesco que ha logrado sobreponerse a la caída del Muro de Berlín y al hundimiento y desaparición de la URSS. Rusia ha superado los tiempos difíciles de Mijaíl Gorbachov y Borís Yeltsin, devorados ambos por las colas, la hiperinflación, el desplome del Estado y el desabastecimiento. Putin ha logrado ordenar el desbarajuste, reconstruir su país, pero queda lejos de la democracia pese a las elecciones formales y a la economía (intervenida) de libre mercado. 

Con las primeras privatizaciones de Yeltsin ganaron los amigos, los oligarcas, que se creyeron fuertes y desafiaron al Kremlin. Pero con el actual líder ruso perdieron el pulso, llegó la cárcel para Mijaíl Jodorkovski  y el exilio (y muerte reciente) para Borís Berezovski, ambos judíos. Putin no toleró el desafío, se aprovechó de él para asentar su poder político. Unos bajaron la escalera, cayeron en desgracia; otros, la subieron, como Román Abramóvich, el magnate del Chelsea. Putin es un maestro en el juego del ajedrez que tantas glorias dio a la URSS; también en el de los equilibrios y del suspense; fenómeno muy soviético. 

Putin es un superviviente, un tipo duro que tiene olfato político. Ha logrado amoldarse al ritmo de los acontecimientos sin perder el control de las bridas gracias a su amigo Dmitri Medvédev, con quien se cambió el cargo, que no el liderazgo, para sortear las leyes rusas.

Los que le conocen hablan de un hombre frío, poco dado a la ostentación, pero que en el ejercicio del poder se ha aficionado a los excesos que tan bien dan en televisión: la pesca de grandes peces, pectorales de atleta, comentarios machistas (casi berlusconianos) sobre las mujeres y, sobre todo, homofobia. Es parte del personaje. 
Una ley antigay y mucho ruido mediático prometen convertir los Juegos Olímpicos de invierno de Sochi en un desafío a Moscú. Nunca hubo una gran contestación en Rusia, más allá de la tímida protesta ciudadana que pretendió ocupar plazas y parques, como el 15M en Madrid.

En medio de la crisis siria, The New York Times le abrió sus páginas para que defendiera su posición. Al diario le llovieron críticas por ello. Ese rechazo tiene una ventaja: confirma que la derecha norteamericana le considera un enemigo. Aunque son restos del lenguaje de la Guerra Fría, a Putin le gustan porque le ayudan a sentirse de nuevo una superpotencia. Lo ha conseguido. Eso sí, con permiso de China. 

Ramón Lobo es escritor y periodista. Trabaja como independiente.