El marketing y el romanticismo de la Revolución

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

Durante gran parte del siglo XX, los rusos conmemoraron la Revolución de Octubre de 1917, acontecimiento que llevó al poder a Lenin y su partido. Rusia ya no celebra la revolución oficialmente. Bajo la presidencia de Vladimir Putin, en 2005 se estableció una nueva fiesta en su lugar: el Día de la Unidad Nacional. Pero que los festejos por la revolución no estén aprobados oficialmente no significa, en absoluto, que no se realicen.

Una de las características más importantes de las historias oficiales difundidas tras la Revolución de octubre fue que produjeron dos distorsiones simétricas: una se relaciona con la dramática violencia de la Revolución, y la otra, con la paz que la sucedió.

Como ahora sabemos, la Revolución no fue tan dramática como sugieren las reconstrucciones históricas y teatrales posteriores. Ciertamente, gran parte de la violencia provocada en el famoso asalto al Palacio de Invierno fue consecuencia de un estado de confusión generalizado, de saqueos (particularmente de tiendas de bebidas alcohólicas) y de los resultados predecibles de combinar alcohol, bravuconería y armas cargadas. 

Al mismo tiempo, mientras los historiadores no se ponen de acuerdo en el recuento de las decenas de millones de víctimas, queda claro que la URSS no era el paraíso que sus encargados de relaciones públicas pretendían hacer creer.

Sin embargo, a medida que la banalidad de la revolución y la brutalidad de sus consecuencias desaparecen de la memoria colectiva, nuestra capacidad para idealizar ambas se hace cada vez más pronunciada. Y esta no es solamente una tendencia rusa. 

Las cafeterías de moda  en occidente se han convertido en vallas publicitarias para todo tipo de iconografía revolucionaria. El caleidoscopio de imágenes a la vista (un bolso con una estrella roja, una llamativa remera con la cara del Che Guevara, una gorra con la hoz y el martillo) sugieren una reunión de miembros locales de una recién creada Quinta Internacional. Evidentemente no lo es. Se trata de jóvenes banqueros, desarrolladores de software y estudiantes universitarios que revisan Facebook, hojean periódicos y trabajan en red. 

Independientemente de cómo juzguemos esta extraña exhibición revolucionaria, no se trata de algo especialmente sorprendente; solo es una faceta más de una tendencia general en la cultura contemporánea. Como muchas de las baratijas culturales del pasado, la iconografía revolucionaria se ha convertido en un mero conjunto de símbolos que las personas utilizan para obtener ganancias y construir su identidad. 

El Che Guevara fue un marxista argentino, pero también es una gorra, una remera, una taza, un cartel, un sabor de helado (Cherry Guevara) y la base para el diseño de ropa de alta costura de estilo militar. 

Podríamos considerar que este tipo de gestos son burdas, e incluso cínicas, explotaciones capitalistas de símbolos y personajes políticos genuinos. Asociar la hoz y el martillo con una marca es el peor tipo de distorsión. 

Por supuesto, no hay nada intrínsecamente malo con tener un arrebato emocional, vestirse de rojo y vitorear consignas, esas afirmaciones que exigen nuestro asentimiento en el preciso momento en que comenzamos a dudar sobre qué es lo que estamos gritando. A fines de la década de 1960 la izquierda francesa se hizo experta en este tipo de lemas. “¡Sé realista, exige lo imposible!” o “¡Prohibido, prohibir” eran algunas de las consignas que se escuchaban en mayo del 68 en París. Son ejemplos muy adecuados de la retórica revolucionaria. 

Sin embargo, es necesario observar que también podrían ser títulos de libros de Dr. Phil o eslóganes para anunciar la última versión del sistema operativo Windows. En muchos aspectos, la revolución representa una de las campañas de marketing más exitosas de los últimos doscientos años. 

No todos los países se sienten cómodos con los matices revolucionarios de la moda actual, ni siquiera en sus aspectos irónicos. Aunque en Moscú sigue estando la fábrica de chocolate Octubre Rojo y los uniformes de la línea aérea Aeroflot aún llevan la hoz y el martillo, en otras partes de Europa oriental está prohibido utilizar ciertos símbolos comunistas ya que están asociados con una historia de horror totalitario. Esto, al menos, es comprensible. 

Pero para la mayor parte del mundo, la revolución se ha convertido, simplemente, en un símbolo de lo “cool”: brazos llenos de tatuajes se alzan contra enemigos imaginarios por razones imposibles de discernir; esos mismo brazos enseguida  se bajan y los puños rápidamente se relajan cuando llegan los sandwiches de pan integral. 

Ciertamente, las cafeterías contemporáneas à la mode y el puñado de mítines comunistas no hacen mucho para desafiar la sensación de que, para la mayor parte del mundo, la revolución se ha hecho tan pura y tan metafísica que no termina nunca o, por el contrario, que no tiene lugar en absoluto. 

Chris Fleming, es doctor en la Facultad de Humanidades y Comunicación de la Universidad de West Sidney. 

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