Snowden, nuestro Solzhenitsyn particular

Dibujado por Natalia Mijáilenko

Dibujado por Natalia Mijáilenko

El disidente soviético y el extécnico de la NSA se diferencian en la forma, pero no en el contenido.

Existen muchas interesantes similitudes entre Edward Snowden y el famoso escritor disidente ruso Alexander Solzhenitsin. La entrevista que Snowden concedió a The New York Times, en la que explicaba su proceder y negaba los rumores sobre las revelaciones de secretos de Estados Unidos a espías chinos y rusos, llegaba demasiado tarde. El diario la publicaba pasados varios meses del apogeo del caso Snowden, que culminaba este verano con un aterrizaje forzoso del avión del presidente de Bolivia. Del mismo modo, la vuelta de Solzhenitsyn a Rusia en 1994, veinte años después de su exilio de la Unión Soviética en 1974, fue vista por muchos como un retorno tardío. Si hubiera regresado en los años 1989-1991, cuando la vida política rusa estaba tan agitada debido al colapso de la Unión Soviética… 

En su entrevista, Snowden declara que no considera que sus acciones sean antiamericanas y que no se llevó documentos confidenciales tras revelar la información sobre los programas de espionaje de la NSA a la prensa en Hong Kong. También se defiende de las acusaciones acerca de que trabaja para los servicios de inteligencia chinos o rusos y señala que protegió cuidadosamente toda la información confidencial que poseía de los agentes chinos.  Snowden también escribía en esta entrevista para el diario americano que la NSA es consciente de que él no reveló ningún secreto a los chinos.

El abogado de Snowden, Anatoli Kucherena, informó ayer que el estadounidense comenzará a trabajar el 1 de noviembre en una importante página rusa de internet ruso. No desveló el nombre por motivos de seguridad. Esta semana también se ha visto una foto suya en un barco en Moscú. Al mismo tiempo, se ha ofrecido a colaborar con la justicia alemana por el caso de espionaje.

Estas explicaciones llegaron muy tarde para la reputación de Snowden. Durante varios meses, en primavera y verano de este año los servicios de inteligencia estadounidenses han orquestado una agresiva campaña contra Snowden, calificándole de traidor y especulando sobre cualquier posible interés material que este pudiera estar persiguiendo como razón de sus revelaciones en Hong Kong y Rusia. Solzhenitsyn también fue muy descuidado en cuanto a sus relaciones públicas: en lugar de protegerse contra las acusaciones de traición procedentes de las autoridades soviéticas, siempre hablaba de los problemas globales de Rusia y del mundo en general, sin revelar nunca detalles de su vida personal que pudieran satisfacer la curiosidad del público. 

Las diferencias entre Solzhenitsyn y Snowden se encuentran en la forma, no en el contenido. En los años 50 y 60, época en la que Solzhenitsyn escribió sus mejores obras, la gente todavía leía novelas epistolares, con cartas escritas por un autor ficticio. En la época de Snowden la sociedad prefiere cosas reales: e-mails genuinos filtrados en internet. En la actualidad, los géneros literarios evolucionan más rápidamente que en cualquier otro periodo de la historia del ser humano. 

La principal similitud se encuentra en la reacción de las autoridades. Ni el gobierno soviético en los años 70 ni el estadounidense en 2013 negaron que las revelaciones de ambos perseguidos fueran ciertas, únicamente se limitaron a decir que estaban presentando casos aislados como fenómenos típicos. 

Leonid Brézhnev,  el líder soviético de los años 70, no pudo negar la existencia de los campos de concentración de Stalin que Solzhenitsyn describe en sus novelas. La KGB, por supuesto, únicamente protegía al pueblo ruso de los espías extranjeros. Del mismo modo, los defensores de la NSA en Estados Unidos declararon que el programa PRISM estaba persiguiendo a terroristas. Lo sentimos si algunos ciudadanos pacíficos fueron espiados en ocasiones. Incluso aunque estos “errores individuales” puedan contarse por millones, como sucedió con las revelaciones de Solzhenitsyn acerca de todo el “archipiélago” de los campos de trabajo. 

Tanto Solzhenitsyn como Snowden fueron acusados por algunos de sus compatriotas de revelar sus descubrimientos a los extranjeros y no a sus propios gobiernos. Algunos congresistas se lamentaban de que Snowden “no hubiese optado por la vía del Congreso”. 

Solzhenitsyn fue acusado por el gobierno soviético de comportarse como un “espía extranjero”. Las personas que le ayudaron a sacar sus manuscritos del país tuvieron problemas con la KGB (del mismo modo que las autoridades británicas y estadounidenses presionaron a un periodista del diario The Guardian que transmitió el mensaje de Snowden al mundo). 

Estas acusaciones estarían justificadas si hubiera habido una remota posibilidad de que la voz de Solzhenitsyn o Snowden fuera escuchada en sus países. La reacción de Brézhnev a las novelas sobre los campos de Stalin era predecible. En su entrevista, Snowden describe la reacción de sus superiores en la CIA a sus críticas de las acciones del departamento antes de su “salida del armario” como informante. Su jefe le advirtió que “no moviera las aguas”. 

Dmitri Bábich, es periodista de la radio La voz de Rusia.

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