Greenpeace, responsabilidad y los límites de la soberanía

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

La acción de la organización Greenpeace en el mar de Pechora y la posterior respuesta rusa se han convertido en un conflicto internacional. El rompehielos de bandera holandesa “ha encallado” en una de las cuestiones más espinosas del mundo contemporáneo: las relaciones entre el Estado como organismo básico del sistema internacional, frente la sociedad civil global, esa fuerza que pone en duda el papel y los derechos del Estado como tal.

La contundente respuesta de Moscú a los actos de Greenpeace -notables, aunque bastante comunes para el colectivo-, es una afirmación del principio cuya inmutabilidad Rusia considera la clave de la estabilidad internacional. La soberanía del Estado no se toca. En caso contrario, en vez de normas y reglas surge el caos, y todo el sistema mundial se vuelve peligrosamente ingobernable.

Pero los ecologistas parten de la premisa opuesta: existen el bien público y  la responsabilidad compartida, que no pueden someterse a las fronteras ni a las jurisdicciones nacionales y la burocracia de cualquier país está obligada a reconocer esto.

Greenpeace se rige por un enfoque que en la esfera política ha recibido el nombre de “responsabilidad de proteger” y que subyace en las discrepancias sobre Siria, por ejemplo. Si un gobierno no garantiza la defensa y el bienestar a los ciudadanos, las fuerzas externas y la comunidad internacional tienen derecho a intervenir para obligar a un estado concreto a cumplir con sus obligaciones. Incluso hasta el punto de sustituir a aquellos que personifican concretamente a este estado. Mucho tiempo antes de que en la ONU se abriera el debate sobre la “responsabilidad de proteger”, Greenpeace ya había extendido de hecho esta responsabilidad a la protección de la naturaleza como dominio público.

Rusia está dispuesta a demostrar a aquellos que quieran luchar por el bien ecológico que el precio de esta actividad puede ser extremadamente alto, que no es ninguna broma y que su esencia es la más alta política.

La propia imagen de Greenpeace como protector altruista de los intereses generales, le haga o no justicia, sitúa a la autoridad de prácticamente cualquier país en una posición de egoísta insaciable. Rusia no teme quedar en esta posición, ante todo porque por ahora no existe ningún movimiento ecologista importante dentro del país. En cambio, la opinión que tiene la mayoría de la sociedad sobre los intentos externos de inculcar este tipo de conciencia a los ciudadanos no es más positiva que la que le merecen los intentos de las fuerzas externas para llevar a los rusos hacia el progreso político-social.

Y en cuanto a la percepción negativa de Rusia en la arena internacional, el destino del rompehielos no mejorará la imagen del país en Occidente, por supuesto, pero las autoridades rusas empiezan a considerar cada vez más como divergentes la opinión de Occidente y la del resto mundo. La mayor parte de la población de la tierra vive en países que consideran la “obligación de proteger” como un instrumento para entrometerse en sus asuntos y una presión para forzar una determinada política.

Rusia también apela a esta mayoría, actuando en calidad de guardián de los viejos buenos principios. No de los valores que EE UU o Europa consideran el criterio más importante para evaluar el comportamiento y la toma de decisiones, sino de aquellos principios consensuados para el funcionamiento del sistema internacional. 

Artículo abreviado. Publicado originalmente en ruso en Gazeta.ru.  

Fiódor Lukiánov, director del periódico “Rusia en la política global”, presidente del Consejo  de Política Internacional y de Defensa de Rusia.

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