Particularidades de la xenofobia rusa

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

La creciente xenofobia establece una responsabilidad colectiva por actos que cometen individuos y además niega la diversidad que hay en esos grupos a los que condena. Esta situación requiere que el Estado adopte políticas de integración en diferentes ámbitos. En caso de que no lo haga, el país está condenado a graves derrotas tanto en política interior como exterior.

Los multitudinarios disturbios del barrio de Biriuliovo Occidental han vuelto a poner el problema de las relaciones interétnicas en la Rusia actual en el foco informativo. Pero la discusión sobre las causas y las posibles consecuencias que ha provocado estos acontecimientos ha dejado al descubierto, por decirlo suavemente, una falta de comprensión del problema nacional ruso. 

Se puso en primer plano el fuerte enfrentamiento entre "los de fuera" y "los nativos". Además se hizo especial énfasis en la responsabilidad colectiva de un grupo étnico por el crimen o delito cometido por un individuo concreto, la palabra más utilizada estos días casi fue "diáspora". Se comenzó a hablar de migración antes que de otros temas de política exterior e interior. Valoraciones de este tipo no solo no son correctas, sino que provocan respuestas administrativas y políticas erróneas.  

A menudo se describe a los grupos étnicos como una estructura monolítica, como una especie de estado dentro del estado. Pero este planteamiento no resiste la mínima crítica al ser contrastado con la realidad. Ante todo, debido al carácter virtual de esta "unidad". Por ejemplo, los azeríes, que fueron el centro de la atención informativa por los alborotos de Biriuliovo, pueden ser, como mínimo, ciudadanos de tres países (Azerbaiyán, Rusia y Georgia: originarios de la región de Kvemo Kartli) y profesar dos tipos de confesión musulmana: sunismo  o chiismo. Si hablamos de los azeríes de Daguestán, resulta que son el sexto grupo por número de habitantes en la república más grande del Cáucaso Norte, y que serían mucho más "locales", en muchos aspectos, que algunos habitantes de la capital de segunda y tercera generación que gritaban consignas nacionalistas como "Rusia para los rusos, Moscú para los moscovitas". 

Esto también valdría para una parte de los armenios del Don, Kubán y Stávropol cuyos antepasados se asentaron en esta parte de Rusia ya en el siglo XVIII. Por cierto que muchos de estos no hablan armenio y el ruso es su idioma materno exactamente igual que para los "locales" de Moscú, San Petersburgo o Novosibirsk. 

Los representantes de la "diáspora" tienen distintos estatus sociales. Sería difícil comparar a los grandes personajes de los negocios rusos como el presidente de Lukoil Vaguit Alekpérov, Alisher Usmánov o Rubén Vardanian con un dependiente del mercado, de una tienda o un trabajador de una pequeña empresa.         

Además, como mínimo sería naif ver en las organizaciones sociales que representan a los distintos grupos étnicos un "ministerio" de asuntos azerí, georgiano o uzbeko. Es cierto que dentro de estos hay mucha gente influyente, pero no tienen ni podrán tener, ningún mecanismo de organización, legal o política ni tampoco recursos financieros para controlar a "los representantes" de sus grupos. 

A menudo dentro de las diásporas hay organizaciones sociales que compiten entre sí, pero no se las puede considerar responsables por el delito de un ciudadano (que además puede que tenga distinto pasaporte).  Sería extremadamente peligroso identificar el principio de la responsabilidad individual al de la culpa colectiva. 

Simplemente porque esto provocaría una movilización nacionalista fundamentada en "la defensa" y demostraría la incapacidad del gobierno de regular cuestiones que tiene la obligación de resolver, que a día de hoy son la lucha contra el crimen y la corrupción. 

A diferencia de EE UU o los países de la Unión Europea (la misma Francia donde desde hace más de un año las organizaciones populistas nacionalistas están tomando fuerza), en Rusia, no solo la migración exterior sino también la migración interna, tienen una enorme importancia.  

Esta última está relacionada con el movimiento dentro del país de miembros de diferentes grupos étnicos, confesiones religiosas, regiones que tienen diferentes experiencias históricas (algunas veces relacionadas con grandes sufrimientos) en su incorporación a Rusia, pero que actualmente son ciudadanos de un solo país. 

Pero el mayor problema de todo esto es que para la conciencia común de los habitantes de Moscú y otras grandes ciudades rusas no hay una gran diferencia entre los chechenos y los daguestaníes que tienen un pasaporte de la Federación Rusa y los azeríes o uzbekos que vienen al país a trabajar temporalmente. 

Continuar por esta línea es peligroso porque puede provocar acciones antirrusas de respuesta en las repúblicas del Cáucaso Norte y del Povolzhie así como un espíritu separatista. O puede llevar a la formación de facto en incluso de iure de un apartheid que podría poner fin a la unidad del país. 

Los intentos de aislarse con una barrera de visados de los migrantes de los países del Cáucaso Sur y de Asia Central terminarán enterrando a la Unión Euroasiática y los proyectos de integración, entre otros el político militar (OTSC), y reforzarán las fuerzas antirrusas en estos gobiernos. Sin olvidar que hoy en día allí viven rusos (en Kazajistán más de tres millones, en Uzbekistán más de un millón, en Azerbaiyán alrededor de 120.000), que en ese caso se convertirían en rehenes de una guerra por la limpieza de sangre. Además, todas estas barreras de visados no nos salvarán de amenazas geopolíticas como la "exportación afgana".

Si no se ataca la creciente xenofobia en Rusia con una estrategia de política nacional que incluya regulaciones de los dos tipos de migración (interna y externa) y una amplia instrucción e incluso, y no tengo miedo a utilizar la palabra, propaganda de una identidad política única así como proyectos de integración en diferentes ámbitos, el país está condenado a graves derrotas tanto en política interior como exterior. 

Serguéi Markedónov, colaborador científico del Centro de Investigaciones Estratégicas e Internacionales, Washington, EE UU.

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