El ‘excepcionalismo’ en política exterior: entre la ideología y la diferencia cultural

Dibujado por Alekséi Iorsh

Dibujado por Alekséi Iorsh

Mientras el excepcionalismo estadounidense tiene cada vez más dificultad para adaptarse a la globalización, el nuevo mundo multipolar requiere una reconsideración de los antiguos planteamientos que dé lugar a nuevos enfoques.

El excepcionalismo, como uno de los pilares básicos de la ideología estadounidense y una de las tradiciones fundamentales de su política exterior, está fuertemente ligado a la unipolaridad. Se podría decir incluso que el excepcionalismo es la principal razón de que a Estados Unidos le cueste tanto aceptar la realidad de un mundo multipolar y renunciar a su afán por el liderazgo como paradigma de su política exterior, como filosofía de las relaciones internacionales estadounidenses en su conjunto.

El excepcionalismo sostiene que en Estados Unidos se ha formado el sistema socio-político más avanzado, el más progresista, el más compatible con el ser humano y, en definitiva, el mejor. Un sistema de gobierno superior, orientado a la defensa de las libertades del hombre y del ciudadano. Un sistema en cuyo centro se sitúa el individuo, su libertad, sus derechos y sus intereses.

Originariamente, bajo las condiciones imperantes en el siglo XVIII y principios del XIX, así era. De este modo, el excepcionalismo se convirtió en el fundamento ideológico de la política aislacionista de EE UU, la cual rigió el país hasta mediados del siglo XX. En un mundo dominado por imperios ideológicos europeos contrarios a los EE UU, no existía una mejor forma de conservar el excepcionalismo del sistema norteamericano, su estilo de vida.

Excepcionalismo americano un término polisémico e ideológico

Otro sentido que se le da al excepcionalismo americano en política exterior es el que hace referencia a la creencia de que EE UU es indispensable para el resto. Se trata, como han desvelado algunos especialistas (como Stephen M. Walt) de un mito, cultivado por EE UU. Este sentido se da desde que Madeleine Albrigth, exsecretaria de Estado estadounidense declaró en 1998 que su país era indispensable para el mundo.

Otro sentido que se le da al excepcionalismo americano en política exterior es el que hace referencia a la creencia de que EE UU es indispensable para el resto. Se trata, como han desvelado algunos especialistas (como Stephen M. Walt) de un mito, cultivado por EE UU. Este sentido se da desde que Madeleine Albrigth, exsecretaria de Estado estadounidense declaró en 1998 que su país era indispensable para el mundo.

Más adelante, cuando Estados Unidos pasó a aplicar una política exterior internacionalista, el excepcionalismo se convirtió en la base ideológica de su apego al liderazgo. No es casualidad que este país carezca históricamente de experiencia en la participación igualitaria del orden mundial, como uno más de los centros de poder que conforman el mundo multipolar. Estados Unidos pasó de no intervenir en un orden mundial ‘ajeno’ (en el siglo XVIII, XIX y la primera mitad del XX) a instaurar uno propio en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI.

La razón de este cambio vuelve a ser el excepcionalismo. Este impide el diálogo de igual a igual e imposibilita que los Estados Unidos se conviertan en un centro de poder más; no admite su participación igualitaria en el sistema internacional de toma de decisiones, en la determinación del orden del día; y dificulta su participación en la creación y gestión de un orden mundial multipolar (en lugar de estadounidense). Y es que, quién mejor para sostener el liderazgo que el país con el mejor sistema del mundo y el estilo de vida más avanzado, quién mejor que el pionero en la propagación de los valores universales.

El excepcionalismo es la razón por la que Estados Unidos solo puede liderar un proceso internacional o no participar en él en absoluto. La tercera vía —la participación en igualdad de derechos— es impensable.

Asimismo, en las condiciones actuales, el excepcionalismo está empujando a los Estados Unidos a aplicar una política exterior ideológica orientada a la propagación de la democracia y la división del mundo en países democráticos y no democráticos. El papel de estos últimos y el lugar que ocupan en la política exterior de EE UU es, tradicionalmente, inferior.

Sin embargo, el problema reside en que ni su afán de liderazgo ni una política exterior ideologizada encajan con la multipolaridad. Tanto el liderazgo, entendido como única forma admisible de intervención en la política exterior y única alternativa al aislacionismo, como el mesianismo ideológico se vuelven contraproducentes en un momento en que Estados Unidos no está en condiciones de lograr sus principales intereses de forma efectiva sin la ayuda de Rusia, China o la India (entre otros) y, lo que es peor, en contra de los criterios de estos países.

Estas son las causas principales de los problemas que afectan a las relaciones de EE UU con los centros de poder no occidentales, como Rusia y China, así como el origen de la profunda crisis que afronta el pensamiento político internacional de esta potencia. De nuevo, es el excepcionalismo el principal culpable. Mientras esta siga siendo la filosofía fundamental de la política exterior norteamericana, persistirán los problemas en sus relaciones con otros centros de poder, que no reconocen el liderazgo de los EE UU ni la universalidad de sus valores.

Sin embargo, el hecho de que EE UU, al menos de momento, no esté en condiciones de renunciar al concepto de excepcionalismo origina un dilema en este sentido. Este concepto ocupa un lugar tan céntrico en la identidad de Norteamérica y de los norteamericanos, en su código de identificación cultural, que renunciando a él Estados Unidos se perdería a sí mismo.

Es difícil predecir de momento cuál será la salida de esta situación. Aparentemente, tarde o temprano, Estados Unidos tendrá que encontrar un punto intermedio entre el liderazgo, el aislacionismo y la interacción en igualdad de condiciones, lo que le permitirá seguir considerándose una nación excepcional. Pero esta transformación llevará tiempo y no será sencilla.

En cuanto al excepcionalismo de los demás países, este se diferencia esencialmente del norteamericano, el cual incluye un marcado carácter ideológico y, una vez más, centrado en la ideología norteamericana. Para Rusia, China, Japón y la India, el excepcionalismo reside en su singularidad cultural, en el hecho de que son diferentes, y no en el de ser los mejores o los más avanzados.

Si el excepcionalismo obliga a los demás países a desechar la idea de imponer sus modelos de desarrollo y resalta sus singularidades, para Estados Unidos, por el contrario, el excepcionalismo es inherente a otro de los pilares de su ideología: el universalismo, el cual sostiene que los Estados Unidos no solo difunden sus propios valores, sino también los valores universales. Al mismo tiempo, Estados Unidos basa su excepcionalismo en el carácter precursor que implica la creación del ya mencionado mejor y más válido de los sistemas.

En este sentido, los excepcionalismos de los demás centros de poder son perfectamente compatibles entre sí y con la multipolaridad. Ninguno de ellos, excepto el norteamericano, pretende ser el mejor ni el más avanzado. 

Artículo publicado originalmente en inglés en Russia Direct. 

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