La hora del riesgo y de la confianza

La oposición quiere entrar en el Kremlin y Putin necesita que esta entre en el Kremlin. Sin embargo hasta ahora el Gobierno apenas ha asumido riesgos y falta una base de confianza mutua para que puedan darse avances.

 

Dibujado por Serguéi Yolkin

Serguéi Sobianin ha sido proclamado alcalde de Moscú tras las elecciones del pasado 8 de septiembre, que oficialmente le ha ganado a Alexéi Navalni, quien concentró el voto de protesta. En la capital de Rusia esta vez no hubo esas hinchadas cifras dignas de déspotas asiáticos, y Sobianin evitó por muy escaso margen el tener que presentarse a una segunda vuelta, como hubiera ocurrido si no hubiera rebasado el listón del 50 % de los votos emitidos.  

Aunque dicen que estas han sido las elecciones más verídicas de cuantas se han celebrado en los últimos años, las dudas sobre los comicios en Rusia no se disiparán fácilmente, sobre todo teniendo en cuenta que los “porcentajes asiáticos” sí se han dado, sin ir más lejos, en las elecciones a gobernador de la región de Moscú.

Dejando al margen la discusión sobre si hubo robo de votos, aunque fuera un pequeño hurto, en la ciudad de Moscú, y si Asia empieza en el cinturón de circunvalación de la capital, la democracia es un proceso. Así que, de cara al futuro, cabe preguntarse si el presidente Vladímir Putin y su Administración han decidido poner en marcha una apertura, aunque sea controlada, o si, por el contrario, nos encontramos ante una nueva versión de la aldea de Potemkin, es decir, un nuevo escenario ilusorio y engañoso. 

El tiempo y la realidad se encargarán de aclararlo, pero mientras tanto resulta interesante observar las relaciones que se perfilan entre el Kremlin y algunos de los líderes de oposición que participaron en el club de discusión Valdái y que antes, desde las tribunas de los mítines, habían denunciado los fraudes cometidos en las elecciones parlamentarias de diciembre de 2011 y presidenciales de marzo de 2013. 

Los miembros de la oposición que interpelaron a Putin en Valdái daban la impresión de estar deseosos de que las puertas del Kremlin se abrieran de nuevo para ellos. Y parece que el deseo de participar en la vida política se combina con la falta de deseo de Putin y su Administración de quedarse aislados durante los cinco años que quedan aún del mandato del presidente. 

Si se interesa por el destino de su país, Putin debería comprender los beneficios que puede obtener si permite que entren en la vida política personajes críticos capaces de proponer soluciones eficaces para los muchos problemas que se han acumulado en Rusia, incluida la corrupción. Es evidente que el Kremlin puede beneficiarse de las actividades de políticos de oposición deseosos de emplear su energía en ayuntamientos y regiones. La contrapartida son los riesgos, y otra cosa es que los máximos dirigentes del país se arriesguen a perder sus propios puestos y todo el sistema de privilegios y prebendas que éstos conllevan.

Hasta ahora los riesgos asumidos conscientemente por el Gobierno son escasos y controlados, pero si se encuentra un terreno de juego común, si los políticos de oposición llaman a las puertas del Kremlin y el Kremlin las abre y los deja entrar, entonces la interacción entre ambos podría ir evolucionando paulatinamente, siempre y cuando existiera o se fuera creando una base de confianza mutua. 

Pero la confianza es una de las grandes carencias de Rusia en la actualidad, y este es un buen momento para que Vladímir Putin (para quien la desconfianza es parte de su profesión y de su naturaleza) hiciera gestos que la inspirasen a quienes están fuera del Kremlin, ahora que todavía quieren entrar en él, ahora que todavía no emigran, ahora que no desean todavía asaltar ninguna muralla. Putin podría, por ejemplo, poner fin a juicios por los supuestos desórdenes masivos en la plaza de Bolótnaia de Moscú el 6 de mayo, en vísperas de su toma de posesión. 

En Valdái, Vladímir Rizhkov, que en el pasado fue vicepresidente de la Duma Estatal, le sugirió al presidente que amnistiara a los procesados. La idea es mucho mejor que pretender que el poder judicial sea independiente en Rusia. La oposición, por su parte, podría contribuir al entendimiento indicando que no piensa tomar el Kremlin por asalto.

Y ese fue justamente el mensaje de la manifestación convocada por Alexéi Navalni tras las elecciones a la alcaldía. Pese a que seguía sosteniendo que le habían robado una segunda vuelta y que Sobianin obtuvo menos del 50 % de los votos, lo cierto es que Navalni encauzó esa reivindicación por la vía legal y no en la calle. Y Navalni no es solo Navalni, sino toda una generación de rusos que desean el cambio, que desean un país más moderno y con más oportunidades basadas en los méritos y las capacidades de sus ciudadanos, y no en su lealtad personal y aceptación de esquemas viciados. 

La oposición quiere entrar en el Kremlin y Putin necesita que entre en el Kremlin. Si el presidente fuera capaz de actuar como un estadista experimentado que va soltando poco a poco amarras, tal vez pasaría a la historia no como el líder que más tiempo ha gobernado después de Leónidas Breznev, sino como el dirigente que supo guiar una transición democrática con éxito. 

Para ello, sin embargo, hay que aceptar riesgos, esos riesgos de los que ahora están protegidos los miembros del equipo presidencial, los fieles y viejos conocidos de San Petersburgo que, como en el Comité Central de la URSS, están por encima de las leyes que rigen para el resto de la ciudadanía. En los departamentos de aquel Comité Central había personas diversas y entre ellas funcionarios sofisticados que querían una apertura de Rusia al mundo, había gente que no estaba apegada a los bienes materiales y que fue capaz de asumir riesgos. El resultado fue la ‘perestroika’. 

Cualquiera que sea la valoración de aquellas reformas, la clase política en el poder hoy no ha demostrado todavía su desapego. Y sin desapego, sin riesgo, no habrá otra oportunidad para dar—esta vez sí— ese salto histórico para que Rusia se incorpore plenamente al mundo de las democracias occidentales. A no ser que Rusia ya no quiera ser Europa y no quiera ser Occidente. Lo que sería una lástima para todos nosotros.

Pilar Bonet es corresponsal de El País en Moscú. Artículo especial para Rusia Hoy.