Olimpiadas de Sochi: el orgullo nacional en juego

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

Los Juegos Olímpicos de Sochi son un “proyecto de prestigio” y un símbolo del “renacer ruso”: frases como estas se pueden leer prácticamente en todos los artículos publicados sobre el tema. ¿Pero qué significa el prestigio olímpico para los rusos?

El vínculo cultural más evidente lo constituyen los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980, el apogeo de la destreza deportiva soviética. Durante un breve período, se ha podido ver en la televisión estatal rusa una grabación de 1980 en la que se hacía una alusión explícita al vínculo entre Moscú y Sochi. Esta tendencia también se puede extender a las mascotas de los juegos: Misha, el oso de 1980, vuelve a dejarse ver por televisión y a imprimirse en algunas camisetas, y el fuerte parecido con Bieli Mishka (Mishka blanco), una de las tres mascotas de Sochi, es probable que no sea casual.

Para las generaciones anteriores, Sochi rememora un momento de orgullo vivido en su juventud en la Unión Soviética, pero el acontecimiento no tiene tanta resonancia para los menores de 25 años, que solo han tenido una identidad rusa, no soviética. A la generación anterior pertenece también la élite rusa, que recuerda el efecto positivo de la propaganda de los Juegos de 1980. Por supuesto, el objetivo entonces era demostrar la superioridad del nuevo hombre socialista, una idea que hoy resulta bastante pintoresca. 

Todos los países que acogen unos Juegos Olímpicos están ansiosos por ganar medallas ante de la afición local. Pero en Rusia el éxito deportivo nutre la cultura y la política del país de un modo particular. El deporte ruso es “poder vertical” en su forma más pura. Los atletas dependen de sus entrenadores, que gozan de una inmensa autoridad, capaces incluso de denegarles el contacto con sus familias semanas antes de las competiciones. Estos entrenadores están controlados por las federaciones nacionales de deportes, quienes a su vez deben cumplir los objetivos de medalla establecidos por el Ministerio de Deportes, en la práctica, una forma de cuota de producción.

Si el poder vertical es el principio político dominante, entonces la acogida de unos Juegos Olímpicos debe ser una demostración del poder de organización del Estado ruso. La obtención de medallas, supuestamente, validaría el poder vertical como un concepto de gestión administrativa. Hasta cierto punto, funciona. Los aficionados rusos se aproximan a las Olimpíadas con una soberbia que surge de la familiaridad. Mientras que muchos británicos se sentirían incómodos al ganar todas las medallas olímpicas de cada evento durante años, el dominio ruso en natación sincronizada y gimnasia rítmica durante 12 años es una fuente sorprendente de orgullo nacional.
Un aspecto con el que Sochi introduce un cambio en la cultura del país eslavo es el programa de voluntariado. Con un programa inspirado en los Games Makers de Londres 2012, los organizadores olímpicos han seleccionado a 28 mil voluntarios de entre los más de 200 mil candidatos de todo el país.

He conocido a muchos de ellos en los preparativos de los eventos y me ha parecido un grupo de personas servicial, encantador y muy variado. Se está redefiniendo el voluntariado en Rusia, lejos de la deteriorada idea soviética de un trabajo llamado comunitario, impuesto bajo la amenaza de perjudicar las perspectivas de carrera de quienes no cumplieran.

Los Juegos Olímpicos de Sochi significan mucho para los rusos, y una cosa está clara: los Juegos de Invierno no son solo una muestra del renacer ruso para los extranjeros, sino una fuerza capaz de moldear la idea de un país sobre sí mismo.

James Ellingworth es redactor deportivo establecido en Moscú.