Boicot a los Juegos Olímpicos de Sochi: solo política, nada personal

Dibujado por Natalia Mijáilenko

Dibujado por Natalia Mijáilenko

La campaña de boicot a los Juegos Olímpicos de Sochi bajo la bandera de la lucha por los derechos de los homosexuales poco va a cambiar la vida del colectivo LGBT ruso. Ya puede ser incluida en la lista de boicots sin sentido a los Juegos Olímpicos que ha habido en diferentes años.

La aprobación de la ley que introduce multas por hacer “propaganda de relaciones sexuales no tradicionales” entre menores ha provocado una dura reacción del colectivo LGBT internacional y de los defensores de derechos humanos. Esta reacción era esperada por el Kremlin pero, en el fondo, no le inquietaba demasiado. 

La ley tiene el respaldo del 76% de los ciudadanos y solo un 17% en contra. Esta es la realidad de una sociedad rusa donde cerca de un 90% se identifican con la cultura ortodoxa que predica el conservadurismo en las relaciones familiares. Esta situación, por cierto, apenas se diferencia de la que había en los países occidentales hace apenas 10-15 años.

 Además, las autoridades rusas ya tienen experiencia en polémicas realmente importantes sobre esta cuestión. 

Según se deduce de los materiales del Moscow Helsinki Group de Derechos Humanos, en once de las 83 regiones de Rusia han sido aprobadas, con diferentes formulas, leyes regionales sobre la prohibición de hacer propaganda de la homosexualidad entre los menores de edad, pero solo se han aplicado en la región de Arjánguelsk –cuatro veces–, y en San Petergurgo –una. En las demás regiones, ni una sola vez. 

Sin embargo, las sentencias de Arjánguelsk fueron recurridas en el Tribunal Supremo de la Federación y este, al dictaminar su resolución, fue particularmente esclarecedor: no todo acto público es propaganda. La ley no prohíbe recibir o difundir información de contenido general, neutral, sobre la homosexualidad, y tampoco realizar acciones públicas, incluyendo debates libres sobre el estatus social del colectivo LGBT. 

El problema es que nadie tiene intención de debatir con Rusia. Simplemente se la acusa de seguir el camino de la Alemania fascista. Se habla del genocidio de los judíos en Alemania y se compara con las persecuciones de homosexuales en Rusia. Y, por ello, se propone trasladar los Juegos Olímpicos de 2014 desde Rusia a cualquier otro lugar. Precisamente esto es lo que exige el escritor y actor británico Stephen Fry, quien, como judío y como gay, ha tomado la palabra con una carta abierta dirigida al primer ministro de Gran Bretaña y al COI.

Hay que hacer justicia a su ingenio para la polémica, aunque el diapasón de su declaración recuerda a una miniguía sobre cómo hacer propaganda. Además, hay quejas de mayor orden. 

Berel Lazar, rabino jefe de Rusia opina: “Lamentablemente, estamos viendo otra vez cómo hay gente que intenta utilizar la memoria santa del genocidio de los judíos y el holocausto para sus propios fines... Esto nos subleva e insulta la memoria de las personas que murieron durante la Segunda Guerra Mundial”. Por su parte, el presidente de la Federación de Comunidades Judías de Rusia Alexander Borodá destaca que las especulaciones sobre los Juegos Olímpicos de Sochi y la ley sobre la prohibición de la propaganda homosexual entre los niños son obra de grupos de presión de diferentes países. Aconseja no mezclar el deporte con la vida personal. 

El campeón del mundo de ajedrez Gary Kaspárov, vehemente crítico de Putin, también se muestra contrario al boicot: “(...) Como deportista profesional, no puedo aplaudir el boicot a Sochi por parte de los equipos olímpicos. Estas acciones castigan injustamente a los deportistas, independientemente de sus opiniones personales”, ha declarado en la página web de una radio de la oposición. 

Los argumentos están más que claros. Aun así, la idea del boicot a los Juegos Olímpicos no desaparece. 

El 27 de junio el NewYorkTimesen su editorial concluye: “Los deportistas homosexuales y los defensores de los derechos de los gays podrían renunciar a participar en los Juegos, y los llamamientos al boicot, recién nacidos, van a coger fuerza. Esto permitiría que los Juegos no fueran un triunfo de Putin, quien quiere organizarlos”.

Y este es el objetivo, en realidad: asediar a Putin, quien está demostrando independencia de palabras y de acción, y que, por otra parte, contempla los Juegos Olímpicos de Sochi como un proyecto prioritario para Rusia. Los problemas de los homosexuales en Rusia han servido claramente de pretexto, y los llamamientos al boicot son un medio de presión. 

Para saber lo activa que es la campaña solo hay que seguir las páginas webs de los principales medios de comunicación. El daño no es tan grande si los llamamientos son historias sobre las desgracias de los homosexuales rusos enviadas a las redacciones. Los contenidos enviados por los usuarios están de moda. Pero la interpretación del beso de dos atletas del equipo ruso de relevos que venció en el Campeonato del Mundo de Atletismo, celebrado en Moscú, como una protesta clara contra las leyes antihomosexuales es una derroche manifiesto de la fantasía creador de sus autores. Las dos forman parte de matrimonios heterosexuales. 

Si esto no es así, si las redacciones se preocupan sinceramente sobre los homosexuales en otros países, ¿por qué los medios de comunicación occidentales guardan silencio sobre la situación de los gais en Arabia Saudí o en Qatar? O en Irak, cuyas nuevas autoridades han sido cortadas siguiendo el patrón de EE UU. O en países como Indonesia, Malasia, Marruecos, Nigeria, Pakistán y Sudán, donde la sharía amenaza a los homosexuales con grandes castigos. 

El boicot a los Juegos Olímpicos no es una idea original. Los iraníes amenazaron con boicotear los Juegos de Londres (consiguieron ver en el logotipo, en lugar del número “2012”, la palabra en clave “Sión”), Corea del Norte boicoteó los Juegos de Seúl. Se amenazó con boicotear los Juegos de Pekín a causa del Tibet y de la violación de los derechos humanos; los de Sidney porque los Juegos de 1996, los del aniversario, no le fueron concedidos a Grecia. A Tokio no fueron los indonesios y a Montreal los africanos. La apoteosis fue, claro está, el boicot a los Juegos de Moscú en 1980 por la invasión de Afganistán y la respuesta de la URSS en Los Ángeles. 

Los motivos fueron variados, el funcionamiento el mismo. No es nada personal, simplemente es política.